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26 de diciembre

Mañana

1 Corintios 15:45«el postrer Adam»

Jesús es la cabeza federal de sus elegidos. Así como en Adán todo heredero de carne y sangre tiene un interés personal, porque él es la cabeza del pacto y el representante de la raza considerada bajo la ley de las obras; así, bajo la ley de la gracia, toda alma redimida es una con el Señor venido del cielo, pues él es el segundo Adán, el Fiador y Sustituto de los elegidos en el nuevo pacto de amor. El apóstol Pablo declara que Leví estaba en los lomos de Abraham cuando Melquisedec le salió al encuentro: es verdad cierta que el creyente estaba en los lomos de Jesucristo, el Mediador, cuando en la eternidad antigua fueron decretadas, ratificadas y aseguradas para siempre las disposiciones del pacto de la gracia. Así, cuanto Cristo ha hecho, lo ha obrado para todo el cuerpo de su Iglesia. Fuimos crucificados en él y sepultados juntamente con él (léase Colosenses 2:10-13), y, para hacerlo aún más maravilloso, hemos resucitado con él y aun ascendido con él a los asientos de lo alto (Efesios 2:6). Así es como la Iglesia ha cumplido la ley, y es aceptada «en el Amado». Así es como ella es mirada con complacencia por el justo Jehová, porque él la ve en Jesús, y no la mira como separada de su cabeza del pacto. Como Redentor Ungido de Israel, Cristo Jesús no tiene nada distinto de su Iglesia, sino que todo lo que tiene lo retiene para ella. La justicia de Adán fue nuestra mientras él la mantuvo, y su pecado fue nuestro en el momento en que lo cometió; y del mismo modo, todo lo que el segundo Adán es o hace es nuestro tanto como suyo, puesto que él es nuestro representante. Aquí está el fundamento del pacto de la gracia. Este sistema de gracia, de representación y de sustitución, que movió a Justino Mártir a clamar: «¡Oh cambio bienaventurado, oh dulce permutación!», este es el cimiento mismo del evangelio de nuestra salvación, y ha de recibirse con fe firme y gozo arrebatado.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

Mateo 28:20«he aquí, yo estoy con vosotros todos los días»

El Señor Jesús está en medio de su Iglesia; anda entre los candeleros de oro; su promesa es: «he aquí, yo estoy con vosotros todos los días». Está tan ciertamente con nosotros ahora como estuvo con los discípulos junto al lago, cuando vieron ascuas de fuego, y un pez puesto encima, y pan. No de un modo carnal, pero sí en realidad verdadera, Jesús está con nosotros. Y es una verdad bienaventurada, porque donde está Jesús, el amor se inflama. De todas las cosas del mundo que pueden hacer arder el corazón, ¡no hay nada como la presencia de Jesús! Un vislumbre de él nos vence de tal modo, que estamos prontos a decir: «Aparta tus ojos de delante de mí, porque ellos me vencieron.» Hasta el olor del áloe, y de la mirra, y de la casia, que destilan de sus vestiduras perfumadas, hace que el enfermo y el desfallecido cobren fuerza. Basta un momento de reclinar la cabeza sobre aquel pecho lleno de gracia, y de recibir su amor divino en nuestros pobres corazones fríos, y ya no estamos fríos, sino que ardemos como serafines, a la altura de todo trabajo y capaces de todo sufrimiento. Si sabemos que Jesús está con nosotros, toda facultad se desarrollará, y toda gracia se fortalecerá, y nos arrojaremos al servicio del Señor con el corazón, y el alma, y las fuerzas; por tanto, la presencia de Cristo ha de desearse por encima de todas las cosas. Su presencia será más real para aquellos que más se le parecen. Si deseas ver a Cristo, has de crecer en conformidad con él. Llégate, por el poder del Espíritu, a la unión con los deseos, los motivos y los planes de acción de Cristo, y es probable que se te favorezca con su compañía. Recuerda que su presencia puede tenerse. Su promesa es tan verdadera como siempre. Él se deleita en estar con nosotros. Si él no viene, es porque lo estorbamos con nuestra indiferencia. Él se revelará a nuestras oraciones fervientes, y por gracia se dejará detener por nuestros ruegos y por nuestras lágrimas, porque estas son las cadenas de oro que atan a Jesús a su pueblo.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde