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17 de diciembre

Mañana

Jeremías 2:2«Heme acordado de ti»

Notemos que Cristo se deleita en pensar en su Iglesia, y en mirar su hermosura. Como el ave vuelve a menudo a su nido, y como el caminante se apresura hacia su hogar, así la mente persigue continuamente el objeto de su elección. No podemos mirar con demasiada frecuencia el rostro que amamos; deseamos tener siempre a la vista nuestras cosas preciosas. Así es también con nuestro Señor Jesús. Desde toda la eternidad, «mis delicias son con los hijos de los hombres»; sus pensamientos rodaban hacia adelante, hasta el tiempo en que sus elegidos nacerían en el mundo; los contemplaba en el espejo de su presciencia. «En tu libro», dice, «estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin [faltar] una de ellas» (Salmos 139:16). Cuando el mundo fue asentado sobre sus columnas, él estaba allí, y fijó los términos de los pueblos según el número de los hijos de Israel. Muchas veces, antes de su encarnación, descendió a esta tierra de abajo en semejanza de hombre; en las llanuras de Mamre (Génesis 18), junto al arroyo de Jaboc (Génesis 32:24-30), al pie de los muros de Jericó (Josué 5:13) y en el horno de fuego de Babilonia (Daniel 3:19, 25), el Hijo del Hombre visitó a su pueblo. Porque su alma se deleitaba en ellos, no podía reposar lejos de ellos, pues su corazón los anhelaba. Nunca estuvieron ausentes de su corazón, porque había escrito sus nombres en sus manos, y los había grabado en su costado. Como el pectoral que contenía los nombres de las tribus de Israel era el ornamento más brillante que llevaba el sumo sacerdote, así los nombres de los elegidos de Cristo eran sus joyas más preciosas, y resplandecían sobre su corazón. Nosotros podemos olvidar a menudo el meditar en las perfecciones de nuestro Señor, pero él nunca deja de acordarse de nosotros. Reprendámonos por el olvido pasado, y oremos por gracia para traerlo siempre en el más cariñoso recuerdo. Señor, pinta en los globos de los ojos de mi alma la imagen de tu Hijo.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

Juan 10:9«Yo soy la puerta: el que por mí entrare, será salvo; y entrará, y saldrá, y hallará pastos.»

Jesús, el gran YO SOY, es la entrada en la verdadera Iglesia, y el camino de acceso a Dios mismo. Da al hombre que viene a Dios por él cuatro privilegios escogidos.

  1. Será salvo. El homicida fugitivo pasó la puerta de la ciudad de refugio, y quedó a salvo. Noé entró por la puerta del arca, y quedó seguro. Nadie puede perderse de entre los que toman a Jesús como la puerta de la fe para sus almas. La entrada por Jesús a la paz es la garantía de la entrada, por la misma puerta, al cielo. Jesús es la única puerta, una puerta abierta, una puerta ancha, una puerta segura; y bienaventurado aquel que descansa toda su esperanza de ser admitido en la gloria sobre el Redentor crucificado.

  2. Entrará. Tendrá el privilegio de entrar en la familia divina, participando del pan de los hijos y tomando parte en todos sus honores y sus goces. Entrará a las cámaras de la comunión, a los banquetes del amor, a los tesoros del pacto, a los almacenes de las promesas. Entrará hasta el Rey de reyes en el poder del Espíritu Santo, y el secreto del Señor estará con él.

  3. Saldrá. Esta bendición se olvida mucho. Salimos al mundo a trabajar y a sufrir, pero ¡qué misericordia salir en el nombre y en el poder de Jesús! Somos llamados a dar testimonio de la verdad, a animar al desconsolado, a amonestar al descuidado, a ganar almas y a glorificar a Dios; y como el ángel dijo a Gedeón: «Ve con esta tu fortaleza», así quiere el Señor que procedamos como mensajeros suyos, en su nombre y en su fuerza.

  4. Hallará pastos. El que conoce a Jesús nunca tendrá falta. El entrar y el salir le serán igualmente provechosos: en la comunión con Dios crecerá, y al regar a otros será regado. Habiendo hecho de Jesús su todo, hallará el todo en Jesús. Su alma será como huerta de riego, y como manadero de aguas cuyas aguas nunca faltan.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde