13 de diciembre
Mañana
Esdras 7:22«sal sin tasa.»La sal se usaba en toda ofrenda hecha por fuego al Señor, y por sus propiedades de preservar y de purificar era el grato emblema de la gracia divina en el alma. Merece nuestra atenta consideración que, cuando Artajerjes dio sal a Esdras el sacerdote, no puso límite a la cantidad, y podemos estar del todo ciertos de que, cuando el Rey de reyes distribuye gracia entre su real sacerdocio, el suministro no es acortado por él. A menudo estamos estrechos en nosotros mismos, pero nunca en el Señor. El que escoge recoger mucho maná hallará que puede tener tanto como desea. No hay tal hambre en Jerusalén que los ciudadanos hayan de comer su pan por peso y beber su agua por medida. Algunas cosas en la economía de la gracia están medidas; por ejemplo, nuestro vinagre y nuestra hiel se nos dan con tal exactitud que nunca tenemos una sola gota de más, pero de la sal de la gracia no se hace tasa alguna: «Pide lo que quieras, y te será dado.» Los padres necesitan cerrar con llave la alacena de la fruta y los frascos de los dulces, pero no hay necesidad de guardar la caja de la sal bajo llave, pues pocos niños comerán de ella con demasiada avidez. Un hombre puede tener demasiado dinero, o demasiado honor, pero no puede tener demasiada gracia. Cuando Jeshurun engrosó en la carne, tiró coces contra Dios, pero no hay temor de que un hombre llegue a estar demasiado lleno de gracia: una plétora de gracia es imposible. Más riqueza trae más preocupación, pero más gracia trae más gozo. El aumento de la sabiduría es aumento de tristeza, pero la abundancia del Espíritu es plenitud de gozo. Creyente, ve al trono por un abundante abastecimiento de sal celestial. Ella sazonará tus aflicciones, que son desabridas sin sal; preservará tu corazón, que se corrompe si la sal está ausente, y matará tus pecados así como la sal mata a los reptiles. Mucho necesitas; busca mucho, y ten mucho.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana
Tarde
Isaías 54:12«Tus ventanas pondré de piedras preciosas»La Iglesia está simbolizada, del modo más instructivo, por un edificio levantado por poder celestial y diseñado por habilidad divina. Semejante casa espiritual no ha de estar a oscuras, pues los israelitas tenían luz en sus habitaciones; ha de haber, por tanto, ventanas que dejen entrar la luz y permitan a los moradores mirar hacia fuera. Estas ventanas son preciosas como las ágatas [N. del T.: la versión inglesa dice «ágatas», allí donde la RV1909 lee «piedras preciosas»]: los modos en que la Iglesia contempla a su Señor y el cielo, y la verdad espiritual en general, han de tenerse en la más alta estima. Las ágatas no son las más transparentes de las gemas; en el mejor de los casos, no pasan de semitranslúcidas:
Nuestro conocimiento de aquella vida es escaso, tenue es el ojo de nuestra fe.
La fe es una de estas preciosas ventanas de ágata, pero, ¡ay!, a menudo está tan brumosa y anublada que solo vemos oscuramente, y erramos en mucho de lo que sí vemos. Sin embargo, si no podemos mirar a través de ventanas de diamantes y conocer como somos conocidos, es cosa gloriosa contemplar a aquel que es todo él codiciable, aunque el vidrio esté velado como el ágata. La experiencia es otra de estas ventanas tenues pero preciosas, que nos da una luz religiosa amortiguada, a cuya luz vemos los sufrimientos del Varón de dolores a través de nuestras propias aflicciones. Nuestros ojos débiles no podrían soportar ventanas de vidrio transparente que dejaran entrar la gloria del Maestro, pero cuando están empañados por el llanto, los rayos del Sol de justicia se templan, y brillan a través de las ventanas de ágata con un suave resplandor, indeciblemente consolador para las almas tentadas. La santificación, al conformarnos a nuestro Señor, es otra ventana de ágata. Solo en la medida en que nos hacemos celestiales podemos comprender las cosas celestiales. Los puros de corazón ven a un Dios puro. Los que son semejantes a Jesús lo ven tal como él es. Porque nos parecemos a él tan poco, la ventana no es más que ágata; porque nos parecemos a él en algo, es ágata. Damos gracias a Dios por lo que tenemos, y anhelamos más. ¿Cuándo veremos a Dios y a Jesús, y el cielo y la verdad, cara a cara?
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde