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9 de diciembre

Mañana

Isaías 30:18«Empero Jehová esperará para tener piedad de vosotros»

Dios a menudo tarda en responder la oración. Tenemos varios ejemplos de esto en la Sagrada Escritura. Jacob no obtuvo la bendición del ángel sino hasta cerca del rayar del alba; tuvo que luchar toda la noche por ella. A la pobre mujer Sirofenisa no se le respondió palabra por largo tiempo. Pablo rogó al Señor tres veces que le fuese quitado «el aguijón en la carne», y no recibió seguridad de que le sería quitado, sino, en lugar de ello, una promesa de que la gracia de Dios le bastaría. Si has estado llamando a la puerta de la misericordia, y no has recibido respuesta, ¿he de decirte por qué el poderoso Hacedor no ha abierto la puerta y te ha dejado entrar? Nuestro Padre tiene razones que le son peculiares para hacernos esperar así. A veces es para mostrar su poder y su soberanía, a fin de que los hombres sepan que Jehová tiene derecho de dar o de retener. Más a menudo la demora es para nuestro provecho. Quizá se te mantiene esperando para que tus deseos sean más fervientes. Dios sabe que la demora avivará y aumentará el deseo, y que si te mantiene esperando verás tu necesidad con mayor claridad, y buscarás con más ahínco; y que apreciarás la misericordia tanto más por su larga tardanza. Puede haber también algo malo en ti que es menester quitar, antes de que sea dado el gozo del Señor. Quizá tu modo de ver el plan del evangelio esté confuso, o puede que estés poniendo alguna pequeña confianza en ti mismo, en vez de confiar sencilla y enteramente en el Señor Jesús. O bien, Dios te hace esperar un tiempo para desplegar ante ti al fin, con más plenitud, las riquezas de su gracia. Todas tus oraciones están archivadas en el cielo, y si no son respondidas de inmediato, ciertamente no están olvidadas, sino que dentro de poco se cumplirán para tu deleite y satisfacción. No dejes que la desesperación te haga callar, sino persevera con instancia en la súplica ferviente.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

Isaías 32:18«Y mi pueblo habitará en morada de paz, y en habitaciones seguras, y en recreos de reposo.»

La paz y el reposo no pertenecen a los no regenerados; son la posesión peculiar del pueblo del Señor, y solo de ellos. El Dios de paz da paz perfecta a aquellos cuyo corazón está apoyado en él. Cuando el hombre no había caído, su Dios le dio las enramadas floridas del Edén como sus quietos lugares de reposo; ¡ay!, ¡cuán pronto el pecado marchitó la bella morada de la inocencia! En el día de la ira universal, cuando el diluvio barrió a una raza culpable, la familia escogida estaba quietamente asegurada en el lugar de reposo del arca, que los llevó a flote desde el viejo mundo condenado hasta la nueva tierra del arco iris y del pacto, tipificando en esto a Jesús, el arca de nuestra salvación. Israel reposó a seguro bajo las moradas de Egipto rociadas de sangre, cuando el ángel destructor hirió a los primogénitos; y en el desierto, la sombra de la columna de nube y la roca que manaba dieron a los peregrinos cansados un dulce reposo. En esta hora descansamos en las promesas de nuestro Dios fiel, sabiendo que sus palabras están llenas de verdad y de poder; descansamos en las doctrinas de su palabra, que son la consolación misma; descansamos en el pacto de su gracia, que es un puerto de deleite. Más altamente favorecidos somos nosotros que David en Adullam, o que Jonás debajo de su calabacera, porque nadie puede invadir ni destruir nuestro refugio. La persona de Jesús es el quieto lugar de reposo de su pueblo, y cuando nos acercamos a él en el partimiento del pan, en el oír la palabra, en el escudriñar las Escrituras, en la oración o en la alabanza, hallamos que cualquier forma de acercarnos a él es el retorno de la paz a nuestros espíritus.

Oigo las palabras de amor, contemplo la sangre, veo el poderoso sacrificio, y tengo paz con Dios. Es paz eterna, segura como el nombre de Jehová, estable como su trono firme, por siempre la misma: Las nubes pueden ir y venir, y las tormentas barrer mi cielo, esta amistad sellada con sangre no cambia, la cruz está siempre cerca.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde