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7 de diciembre

Mañana

1 Corintios 1:28«lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios»

Recorre las calles a la luz de la luna, si te atreves, y entonces verás pecadores. Observa cuando la noche está oscura, y el viento aúlla, y la ganzúa rechina en la puerta, y entonces verás pecadores. Ve a aquella cárcel, recorre los pabellones, y fíjate en los hombres de cejas pesadas y salientes, hombres con quienes no querrías encontrarte de noche, y allí hay pecadores. Ve a los reformatorios, y observa a los que han revelado una depravación juvenil desenfrenada, y allí verás pecadores. Cruza los mares hasta el lugar donde un hombre roerá un hueso sobre el cual humea carne humana, y allí hay un pecador. Ve adonde quieras: no necesitas rebuscar la tierra para hallar pecadores, porque son bastante comunes; puedes hallarlos en cada callejón y cada calle de cada ciudad, y pueblo, y aldea, y caserío. Por los tales murió Jesús. Si me escoges el ejemplar más grosero de la humanidad, con tal que haya nacido de mujer, todavía tendré esperanza de él, porque Jesucristo ha venido a buscar y a salvar a los pecadores. El amor elector ha escogido a algunos de los peores para hacer de ellos los mejores. La gracia convierte los guijarros del arroyo en joyas para la corona real. La escoria sin valor, él la transforma en oro puro. El amor redentor ha apartado a muchos de los peores del género humano para que sean la recompensa de la pasión del Salvador. La gracia eficaz llama a muchos de los más viles de entre los viles a sentarse a la mesa de la misericordia, y por tanto, que nadie desespere.

Lector, por aquel amor que mira desde los ojos llorosos de Jesús, por aquel amor que brota de aquellas heridas sangrantes, por aquel amor fiel, aquel amor fuerte, aquel amor puro, desinteresado y permanente; por el corazón y por las entrañas de la compasión del Salvador, te conjuramos a que no te apartes como si no fuera cosa tuya, sino que creas en él, y serás salvo. Confía tu alma a él, y él te llevará a la diestra de su Padre, en gloria eterna.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

1 Corintios 9:22«á todos me he hecho todo, para que de todo punto salve á algunos.»

El gran objeto de Pablo no era meramente instruir y mejorar, sino salvar. Cualquier cosa que se quedara corta de esto lo habría decepcionado; él quería hombres renovados en el corazón, perdonados, santificados; en una palabra, salvos. ¿Han apuntado nuestros trabajos cristianos a algo por debajo de este gran punto? Entonces enmendemos nuestros caminos, porque ¿de qué servirá en el gran día final haber enseñado y moralizado a los hombres, si comparecen ante Dios sin ser salvos? Rojas de sangre quedarán nuestras faldas si a lo largo de la vida hemos buscado objetos inferiores, y hemos olvidado que los hombres necesitaban ser salvos. Pablo conocía la ruina del estado natural del hombre, y no procuraba educarlo, sino salvarlo; veía a los hombres hundiéndose en el infierno, y no hablaba de refinarlos, sino de salvarlos de la ira que vendrá. Para conseguir su salvación, se entregó con celo incansable a pregonar el evangelio, a advertir y a rogar a los hombres que se reconcilien con Dios. Sus oraciones eran importunas y sus trabajos incesantes. Salvar almas era su pasión consumidora, su ambición, su vocación. Se hizo siervo de todos los hombres, afanándose por la raza humana, sintiendo un ay dentro de sí si no predicaba el evangelio. Dejó a un lado sus preferencias para evitar el prejuicio; sometió su voluntad en las cosas indiferentes, y con tal que los hombres recibieran el evangelio, no levantaba cuestiones acerca de formas o ceremonias: el evangelio era para él el único negocio de suma importancia. Si podía salvar a algunos, se daba por contento. Esta era la corona por la cual luchaba, la única y suficiente recompensa de todos sus trabajos y de todas sus abnegaciones. Querido lector, ¿hemos vivido tú y yo para ganar almas en esta noble medida? ¿Estamos poseídos del mismo deseo que todo lo absorbe? Si no, ¿por qué no? Jesús murió por los pecadores; ¿no podemos nosotros vivir por ellos? ¿Dónde está nuestra ternura? ¿Dónde nuestro amor a Cristo, si no buscamos su honra en la salvación de los hombres? ¡Oh, que el Señor nos empapara de parte a parte con un celo que no muere por las almas de los hombres!

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde