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6 de diciembre

Mañana

1 Corintios 15:48«cual el celestial, tales también los celestiales.»

La cabeza y los miembros son de una misma naturaleza, y no como aquella imagen monstruosa que Nabucodonosor vio en su sueño. La cabeza era de oro fino, pero el vientre y los muslos eran de bronce, las piernas de hierro, y los pies, en parte de hierro y en parte de barro. El cuerpo místico de Cristo no es una combinación absurda de contrarios; los miembros eran mortales, y por eso Jesús murió; la cabeza glorificada es inmortal, y por eso el cuerpo también es inmortal, porque así consta lo escrito: «porque yo vivo, y vosotros también viviréis.» Como es nuestra amorosa Cabeza, así es el cuerpo, y cada miembro en particular. Una Cabeza escogida y miembros escogidos; una Cabeza acepta y miembros aceptos; una Cabeza viva y miembros vivos. Si la cabeza es de oro puro, todas las partes del cuerpo son también de oro puro. Hay así una doble unión de naturaleza como base para la comunión más estrecha. Detente aquí, lector devoto, y mira si puedes, sin un asombro extático, contemplar la infinita condescendencia del Hijo de Dios al exaltar así tu miseria a una unión bienaventurada con su gloria. Eres tan bajo que, al recordar tu mortalidad, puedes decirle a la corrupción: «Mi padre eres tú», y al gusano: «Tú eres mi hermana»; y, sin embargo, en Cristo eres tan honrado que puedes decirle al Todopoderoso: «Abba, Padre», y al Dios encarnado: «Tú eres mi hermano y mi esposo.» Ciertamente, si el parentesco con familias antiguas y nobles hace que los hombres se estimen en mucho, nosotros tenemos de qué gloriarnos por encima de las cabezas de todos ellos. Que el creyente más pobre y más despreciado eche mano de este privilegio; que una indolencia insensata no lo haga negligente para rastrear su linaje, y que no permita que un apego necio a las vanidades presentes ocupe sus pensamientos hasta excluir esta gloriosa, esta celestial honra de la unión con Cristo.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

Apocalipsis 1:13«ceñido por los pechos con una cinta de oro.»

Se apareció a Juan en Patmos «uno semejante al Hijo del hombre», y el discípulo amado observó que llevaba un cinto de oro. Un cinto, porque Jesús nunca estuvo desceñido mientras estuvo en la tierra, sino que siempre estuvo pronto para el servicio; y ahora, ante el trono eterno, no suspende su santo ministerio, sino que, como sacerdote, está ceñido con «el artificio de su cinto». Bueno es para nosotros que no haya cesado de desempeñar sus oficios de amor para con nosotros, pues esta es una de nuestras salvaguardas más escogidas: que vive siempre para interceder por nosotros. Jesús nunca es un ocioso; sus vestiduras nunca están sueltas, como si sus oficios hubieran acabado; él lleva adelante con diligencia la causa de su pueblo. Un cinto de oro, para manifestar la superioridad de su servicio, la realeza de su persona, la dignidad de su estado, la gloria de su recompensa. Ya no clama desde el polvo, sino que aboga con autoridad, Rey tanto como Sacerdote. Bien segura está nuestra causa en las manos de nuestro Melquisedec entronizado.

Nuestro Señor presenta a todo su pueblo un ejemplo. Nunca debemos desatar nuestros cintos. Este no es el tiempo de recostarse a gusto; es la estación del servicio y de la guerra. Necesitamos ceñir el cinto de la verdad cada vez más apretado en torno a nuestros lomos. Es un cinto de oro, y así será nuestro más rico ornamento, y mucho lo necesitamos, porque un corazón que no está bien ceñido con la verdad tal como está en Jesús, y con la fidelidad obrada por el Espíritu, fácilmente se enredará con las cosas de esta vida, y lo harán tropezar los lazos de la tentación. En vano poseemos las Escrituras si no las ceñimos en torno a nosotros como un cinto, rodeando toda nuestra naturaleza, manteniendo en orden cada parte de nuestro carácter y dando cohesión a todo nuestro hombre. Si en el cielo Jesús no desata el cinto, mucho menos podemos nosotros desatarlo en la tierra. «Estad pues firmes, ceñidos vuestros lomos de verdad.»

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde