4 de diciembre
Mañana
Hechos 18:10«yo tengo mucho pueblo en esta ciudad.»Esto debe ser un gran estímulo para procurar hacer el bien, pues Dios tiene, entre los más viles de los viles, los más réprobos, los más disolutos y borrachos, un pueblo elegido que ha de ser salvo. Cuando les llevas la Palabra, lo haces porque Dios te ha ordenado ser el mensajero de vida para sus almas, y ellos tienen que recibirla, porque así corre el decreto de la predestinación. Están tan redimidos por la sangre como los santos que están ante el trono eterno. Son propiedad de Cristo, y sin embargo quizá aman la taberna y aborrecen la santidad; pero si Jesucristo los compró, él los tendrá. Dios no es tan infiel que olvide el precio que su Hijo ha pagado. No consentirá que su sustitución sea, en caso alguno, una cosa ineficaz y muerta. Decenas de millares de redimidos no están regenerados todavía, pero regenerados tienen que estar; y este es nuestro consuelo cuando salimos hacia ellos con la Palabra vivificante de Dios.
Más aún: Cristo ora por estos impíos ante el trono. «Mas no ruego solamente por éstos», dice el gran Intercesor, «sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos.» Pobres almas ignorantes, nada saben de orar por sí mismas, pero Jesús ora por ellas. Sus nombres están en su pectoral, y dentro de poco han de doblar su rodilla obstinada, exhalando el suspiro de penitencia ante el trono de la gracia. «Aún no es tiempo de higos.» El momento predestinado no ha sonado todavía; pero, cuando llegue, obedecerán, porque Dios tendrá a los suyos; tienen que hacerlo, porque al Espíritu no se le puede resistir cuando sale con plenitud de poder: han de llegar a ser los siervos voluntarios del Dios vivo. «Tu pueblo [serálo] de buena voluntad en el día de tu poder.» «Justificará mi siervo justo á muchos.» «Del trabajo de su alma verá.» «Yo le daré parte con los grandes, y con los fuertes repartirá despojos.»
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana
Tarde
Romanos 8:23«nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, [es á saber], la redención de nuestro cuerpo.»Este gemido es universal entre los santos: en mayor o menor grado, todos lo sentimos. No es el gemido de la murmuración ni de la queja: es más la nota del deseo que la de la angustia. Habiendo recibido las arras, deseamos la totalidad de nuestra porción; suspiramos anhelando que todo nuestro ser humano, en su trinidad de espíritu, alma y cuerpo, sea libertado del último vestigio de la caída; anhelamos despojarnos de la corrupción, de la debilidad y de la deshonra, y envolvernos en la incorrupción, en la inmortalidad, en la gloria, en el cuerpo espiritual que el Señor Jesús otorgará a su pueblo. Anhelamos la manifestación de nuestra adopción como hijos de Dios. «Gemimos», pero es «dentro de nosotros mismos». No es el gemido del hipócrita, con el cual querría hacer creer a los hombres que es un santo porque es miserable. Nuestros suspiros son cosas sagradas, demasiado santas para que las divulguemos. Guardamos nuestros anhelos solo para nuestro Señor. Luego el apóstol dice que estamos «esperando», por lo cual aprendemos que no hemos de ser malhumorados, como Jonás o Elías, cuando dijeron: «Déjame morir»; ni hemos de lloriquear y suspirar por el fin de la vida porque estamos cansados del trabajo, ni desear escapar de nuestros sufrimientos presentes hasta que se haga la voluntad del Señor. Hemos de gemir por la glorificación, pero hemos de esperarla con paciencia, sabiendo que lo que el Señor dispone es lo mejor. Esperar implica estar preparados. Hemos de estar en pie a la puerta, esperando que el Amado la abra y nos lleve consigo. Este «gemido» es una prueba. Puedes juzgar a un hombre por aquello tras lo cual gime. Algunos hombres gimen por las riquezas: adoran a Mammón; algunos gimen sin cesar bajo las aflicciones de la vida: son tan solo impacientes; pero el hombre que suspira por Dios, que no tiene reposo hasta ser hecho semejante a Cristo, ese es el hombre bienaventurado. Que Dios nos ayude a gemir por la venida del Señor, y por la resurrección que él nos traerá.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde