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2 de diciembre

Mañana

Cantares 4:7«Toda tú eres hermosa, amiga mía»

La admiración del Señor por su Iglesia es cosa muy maravillosa, y la descripción que hace de la hermosura de ella es muy encendida. No es meramente hermosa, sino «Toda tú eres hermosa». Él la contempla en sí mismo, lavada en su sangre que expía el pecado y vestida de su justicia meritoria, y la considera llena de gracia y de hermosura. No es de extrañar que así sea, pues no es sino su propia excelencia perfecta lo que él admira; porque la santidad, la gloria y la perfección de su Iglesia son sus propias vestiduras gloriosas sobre la espalda de su propia esposa bien amada. No es simplemente pura, o bien proporcionada; ¡es positivamente amable y hermosa! ¡Tiene mérito real! Las deformidades del pecado le han sido quitadas; pero hay más: por medio de su Señor ha obtenido una justicia meritoria, por la cual se le confiere una hermosura real. A los creyentes se les da una justicia positiva cuando llegan a ser «aceptos en el Amado» (Efesios 1:6). Tampoco es la Iglesia apenas hermosa; lo es en grado superlativo. Su Señor la llama «oh hermosa entre las mujeres». Tiene un valor y una excelencia reales que no pueden ser igualados por toda la nobleza y la realeza del mundo. Si Jesús pudiera cambiar a su novia elegida por todas las reinas y emperatrices de la tierra, o aun por los ángeles del cielo, no lo haría, pues la pone primera y por delante de todas: «hermosa entre las mujeres». Como la luna, eclipsa con mucho a las estrellas. Ni es esta una opinión de la que se avergüence, pues invita a todos los hombres a oírla. Pone un «he aquí» delante de ella, una nota especial de exclamación, que invita y detiene la atención. «He aquí que tú eres hermosa, amiga mía; he aquí que tú eres hermosa» (Cantares 4:1). Su opinión la publica aun ahora, y un día, desde el trono de su gloria, confesará la verdad de ella ante el universo reunido. «Venid, benditos de mi Padre» (Mateo 25:34) será su solemne afirmación de la hermosura de sus elegidos.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

Eclesiastés 1:14«he aquí, todo ello es vanidad»

Nada puede satisfacer al hombre entero sino el amor del Señor y el Señor mismo. Los santos han intentado anclar en otras radas, pero han sido arrojados de tales refugios fatales. A Salomón, el más sabio de los hombres, le fue permitido hacer experimentos por todos nosotros, y hacer por nosotros lo que no debemos atrevernos a hacer por nosotros mismos. Aquí está su testimonio en sus propias palabras: «Y fuí engrandecido, y aumentado más que todos los que fueron antes de mí en Jerusalem: á más de esto perseveró conmigo mi sabiduría. No negué á mis ojos ninguna cosa que desearan, ni aparté mi corazón de placer alguno, porque mi corazón gozó de todo mi trabajo: y ésta fué mi parte de toda mi faena. Miré yo luego todas las obras que habían hecho mis manos, y el trabajo que tomé para hacer[las]: y he aquí, todo vanidad y aflicción de espíritu, y no hay provecho debajo del sol.» «Vanidad de vanidades, todo vanidad.» ¡Qué! ¿Todo ello vanidad? Oh monarca favorecido, ¿no hay nada en toda tu riqueza? ¿Nada en aquel vasto dominio que llega desde el río hasta el mar? ¿Nada en los gloriosos palacios de Palmira? ¿Nada en la casa del bosque del Líbano? En toda tu música y tu danza, y el vino y el lujo, ¿no hay nada? «Nada», dice, «sino cansancio de espíritu.» Este fue su veredicto cuando hubo recorrido todo el círculo del placer. Abrazar a nuestro Señor Jesús, morar en su amor y estar plenamente asegurados de la unión con él: esto lo es todo. Querido lector, no necesitas probar otras formas de vida para ver si son mejores que la del cristiano: si recorres el mundo entero, no verás espectáculo como la vista del rostro del Salvador; si pudieras tener todas las comodidades de la vida y perdieras a tu Salvador, serías miserable; pero si ganas a Cristo, entonces, aunque te pudrieras en un calabozo, lo hallarías un paraíso; aunque vivieras en la oscuridad, o murieras de hambre, con todo estarás satisfecho de favor y lleno de la bondad del Señor.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde