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1 de diciembre

Mañana

Salmos 74:17«el verano y el invierno tú los formaste.»

Alma mía, comienza este mes invernal con tu Dios. Las nieves frías y los vientos penetrantes, todos ellos, te recuerdan que él guarda su pacto con el día y la noche, y tienden a asegurarte que también guardará aquel pacto glorioso que ha hecho contigo en la persona de Cristo Jesús. Quien es fiel a su Palabra en las revoluciones de las estaciones de este pobre mundo contaminado por el pecado, no se mostrará infiel en su trato con su propio Hijo bien amado.

El invierno en el alma no es, ni mucho menos, una estación cómoda, y si ahora mismo está sobre ti, te será muy doloroso; pero hay este consuelo, a saber, que el Señor lo hace. Él envía las ráfagas cortantes de la adversidad para marchitar los brotes de la expectación; esparce la escarcha como ceniza sobre los prados, antes verdes, de nuestro gozo; echa su hielo como pedazos, congelando las corrientes de nuestro deleite. Él lo hace todo; él es el gran Rey del Invierno, y gobierna en los reinos de la escarcha, y por tanto no puedes murmurar. Pérdidas, cruces, pesadumbre, enfermedad, pobreza y mil otros males son enviados del Señor, y nos llegan con designio sabio. Las heladas matan los insectos dañinos y ponen coto a las enfermedades que hacen estrago; rompen los terrones y endulzan el suelo. ¡Oh, si tales buenos resultados siguieran siempre a nuestros inviernos de aflicción!

¡Cómo apreciamos el fuego ahora mismo! ¡Cuán agradable es su resplandor alegre! Apreciemos de la misma manera a nuestro Señor, que es la fuente constante de calor y de consuelo en todo tiempo de angustia. Acerquémonos a él, y hallemos en él gozo y paz en el creer. Envolvámonos en las vestiduras cálidas de sus promesas, y salgamos a labores que convienen a la estación, pues mal estaría ser como el perezoso que no ara a causa del frío; porque mendigará en el verano, y nada tendrá.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

Salmos 107:8«Alaben la misericordia de Jehová, y sus maravillas para con los hijos de los hombres.»

Si nos quejáramos menos y alabáramos más, seríamos más felices, y Dios sería más glorificado. Alabemos cada día a Dios por las misericordias comunes —comunes, como con frecuencia las llamamos, y con todo tan inapreciables que, privados de ellas, estamos a punto de perecer. Bendigamos a Dios por los ojos con que contemplamos el sol, por la salud y las fuerzas para andar fuera, por el pan que comemos, por la ropa que vestimos. Alabémoslo porque no estamos arrojados entre los que no tienen esperanza, ni confinados entre los culpables; agradezcámosle la libertad, los amigos, los lazos de familia y sus consuelos; alabémoslo, en efecto, por todo cuanto recibimos de su mano generosa, pues merecemos poco, y sin embargo estamos dotados con grandísima abundancia. Pero, amados, la nota más dulce y la más sonora en nuestros cánticos de alabanza debe ser la del amor redentor. Los actos redentores de Dios para con sus elegidos son para siempre los temas predilectos de su alabanza. Si sabemos lo que la redención significa, no retengamos nuestros sonetos de acción de gracias. Hemos sido redimidos del poder de nuestras corrupciones, levantados de la profundidad del pecado en que estábamos hundidos por naturaleza. Hemos sido conducidos a la cruz de Cristo: los grillos de nuestra culpa han sido rotos; ya no somos esclavos, sino hijos del Dios vivo, y podemos anticipar el momento en que seremos presentados ante el trono sin mancha ni arruga ni cosa semejante. Aun ahora, por la fe, agitamos la palma y nos envolvemos en el lino fino que ha de ser nuestro atavío eterno; ¿y no daremos gracias sin cesar al Señor, nuestro Redentor? Hijo de Dios, ¿puedes callar? Despierten, despierten, herederos de la gloria, y lleven cautiva su cautividad, mientras claman con David: «BENDICE, alma mía, á Jehová; y [bendigan] todas mis entrañas su santo nombre.» Que el mes nuevo comience con cánticos nuevos.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde