‹ Devocional

28 de noviembre

Mañana

3 Juan 1:3«Ciertamente me gocé mucho cuando vinieron los hermanos y dieron testimonio de tu verdad, así como tú andas en la verdad.»

La verdad estaba en Gaio, y Gaio andaba en la verdad. Si lo primero no hubiera sido así, lo segundo jamás habría podido ocurrir; y si lo segundo no pudiera decirse de él, lo primero habría sido mero fingimiento. La verdad tiene que entrar en el alma, penetrarla y saturarla, o de lo contrario no vale nada. Las doctrinas tenidas solo como credo son como el pan en la mano, que ningún sustento da al cuerpo; pero la doctrina aceptada por el corazón es como el alimento digerido, que, por la asimilación, sostiene y edifica el cuerpo. En nosotros la verdad ha de ser una fuerza viva, una energía activa, una realidad que habita dentro, parte de la trama y de la urdimbre de nuestro ser. Si está en nosotros, ya no podemos desprendernos de ella. Un hombre puede perder sus vestidos o sus miembros, pero sus partes internas son vitales, y no se las puede arrancar sin pérdida absoluta de la vida. Un cristiano puede morir, pero no puede negar la verdad. Ahora bien, es regla de la naturaleza que lo interior afecta a lo exterior, como la luz brilla desde el centro de la linterna a través del vidrio: así, cuando la verdad se enciende adentro, su resplandor pronto irradia en la vida exterior y en la conducta. Se dice que el alimento de ciertos gusanos colorea los capullos de seda que hilan; y así también el nutrimento del cual vive la naturaleza interior de un hombre da su tinte a cada palabra y a cada hecho que de él proceden. Andar en la verdad significa una vida de integridad, de santidad, de fidelidad y de sencillez: el producto natural de aquellos principios de verdad que el evangelio enseña, y que el Espíritu de Dios nos capacita para recibir. De los secretos del alma podemos juzgar por su manifestación en la conducta del hombre. Sea hoy nuestro, oh Espíritu de gracia, el ser regidos y gobernados por tu autoridad divina, de modo que nada falso ni pecaminoso reine en nuestros corazones, no sea que extienda su influencia maligna a nuestro andar de cada día entre los hombres.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

Ester 10:3«procurando el bien de su pueblo»

Mardochêo fue un verdadero patriota y, por eso, exaltado al puesto más alto bajo Assuero, usó su eminencia para promover la prosperidad de Israel. En esto fue tipo de Jesús, quien, sobre su trono de gloria, no busca lo suyo, sino que gasta su poder por su pueblo. Bien estaría que todo cristiano fuera un Mardochêo para la iglesia, esforzándose conforme a su capacidad por la prosperidad de ella. Algunos están puestos en lugares de opulencia e influencia: que honren a su Señor en los lugares altos de la tierra, y den testimonio de Jesús delante de los grandes. Otros tienen lo que es mucho mejor, a saber, una comunión estrecha con el Rey de reyes: que no dejen de interceder cada día por los débiles del pueblo del Señor, por los que dudan, por los tentados y por los desconsolados. Les redundará en honra si hacen mucha intercesión por los que están en tinieblas y no se atreven a acercarse al propiciatorio. Los creyentes instruidos pueden servir en gran manera a su Maestro si emplean sus talentos para el bien general, y comunican a otros su riqueza de saber celestial, enseñándoles las cosas de Dios. El más pequeño de nuestro Israel puede, por lo menos, procurar el bien de su pueblo; y su deseo, si no puede dar más, será aceptable. Para un creyente, cesar de vivir para sí mismo es a un tiempo el camino más semejante al de Cristo y el más dichoso. Quien bendice a otros no puede dejar de ser él mismo bendecido. Por otra parte, buscar nuestra propia grandeza personal es un plan de vida malvado e infeliz; su camino será gravoso y su fin será fatal.

Aquí cabe preguntarte, amigo mío, si con lo mejor de tu poder estás procurando el bien de la iglesia de tu vecindad. Confío en que no le estás haciendo daño con la amargura y el escándalo, ni la estás debilitando con tu negligencia. Amigo, únete a los pobres del Señor, lleva la cruz de ellos, hazles todo el bien que puedas, y no te faltará tu recompensa.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde