27 de noviembre
Mañana
Zacarías 3:1«Josué, el gran sacerdote, el cual estaba delante del ángel de Jehová»En Josué, el gran sacerdote, vemos un retrato de todos y cada uno de los hijos de Dios, que han sido hechos cercanos por la sangre de Cristo, y enseñados a ministrar en las cosas santas y a entrar en aquello que está dentro del velo. Jesús nos ha hecho sacerdotes y reyes para Dios, y aun aquí, sobre la tierra, ejercemos el sacerdocio de una vida consagrada y de un servicio santificado. Pero de este gran sacerdote se dice que «estaba delante del ángel de Jehová», esto es, en pie para ministrar. Esta ha de ser la posición perpetua de todo verdadero creyente. Todo lugar es ahora templo de Dios, y su pueblo puede servirle con tanta verdad en las ocupaciones diarias como en su casa. Han de estar siempre «ministrando», ofreciendo el sacrificio espiritual de la oración y de la alabanza, y presentándose a sí mismos en «sacrificio vivo». Pero fíjate dónde está Josué para ministrar: delante del ángel de Jehová. Solo por medio de un mediador podemos nosotros, pobres contaminados, llegar alguna vez a ser sacerdotes para Dios. Yo presento lo que tengo delante del mensajero, el ángel del pacto, el Señor Jesús; y por medio de él mis oraciones hallan aceptación, envueltas en sus oraciones; mis alabanzas se vuelven dulces al ir ligadas con manojos de mirra, de áloe y de casia, del propio huerto de Cristo. Si no puedo traerle otra cosa que mis lágrimas, él las pondrá con sus propias lágrimas en su propia redoma, porque una vez lloró; si no puedo traerle otra cosa que mis gemidos y mis suspiros, él los aceptará como sacrificio aceptable, porque una vez estuvo quebrantado de corazón y suspiró hondamente en su espíritu. Yo mismo, en pie en él, soy acepto en el Amado; y todas mis obras contaminadas, aunque en sí mismas no son más que objetos del aborrecimiento divino, son de tal modo recibidas que Dios huele un olor suave. Él queda contento, y yo, bendecido. Mira, pues, la posición del cristiano: «un sacerdote—en pie—delante del ángel de Jehová».
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana
Tarde
Efesios 1:7«la remisión de pecados por las riquezas de su gracia»¿Podría haber en lengua alguna palabra más dulce que la palabra «perdón», cuando suena al oído de un pecador culpable como las notas de plata del jubileo al israelita cautivo? ¡Bendita, bendita para siempre sea esa querida estrella del perdón, que alumbra dentro de la celda del condenado y da al que perece un destello de esperanza en medio de la medianoche de la desesperación! ¿Será posible que el pecado, un pecado como el mío, pueda ser perdonado, perdonado del todo y para siempre? El infierno es mi porción como pecador: no hay posibilidad de que yo escape de él mientras el pecado permanezca sobre mí. ¿Podrá alzarse la carga de la culpa, quitarse la mancha carmesí? ¿Podrán jamás soltarse de sus encajes las piedras adamantinas de mi cárcel, o ser levantadas de sus goznes las puertas? Jesús me dice que aún puedo quedar limpio. ¡Bendita para siempre sea la revelación del amor expiatorio, que no solo me dice que el perdón es posible, sino que está asegurado para todos los que descansan en Jesús! He creído en la propiciación designada, a saber, Jesús crucificado, y por tanto mis pecados están, en este momento y para siempre, perdonados en virtud de sus dolores y de su muerte sustitutivos. ¡Qué gozo es este! ¡Qué dicha ser un alma perfectamente perdonada! Mi alma dedica todas sus potencias a aquel que, por su propio amor no comprado, se hizo mi fiador y obró para mí la redención por medio de su sangre. ¡Qué riquezas de gracia despliega el perdón gratuito! Perdonar siquiera; perdonar del todo; perdonar gratuitamente; ¡perdonar para siempre! Aquí hay una constelación de prodigios; y cuando pienso en cuán grandes fueron mis pecados, cuán costosas fueron las preciosas gotas que me limpiaron de ellos, y cuán llena de gracia fue la manera en que el perdón me fue sellado y traído hasta mí, me hallo en un laberinto de afecto que se asombra y adora. Me postro ante el trono que me absuelve, abrazo la cruz que me libra, y sirvo de aquí en adelante, todos mis días, al Dios encarnado, por quien soy esta noche un alma perdonada.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde