25 de noviembre
Mañana
Lucas 4:18«para pregonar á los cautivos libertad»Nadie sino Jesús puede dar liberación a los cautivos. La verdadera libertad no viene sino de él. Es una libertad otorgada con justicia; porque el Hijo, que es Heredero de todas las cosas, tiene derecho de hacer libres a los hombres. Los santos honran la justicia de Dios, la cual asegura ahora su salvación. Es una libertad que ha sido comprada a gran precio. Cristo la pronuncia por su poder, pero la compró con su sangre. Él te hace libre, pero es por sus propias cadenas. Tú sales libre, porque él llevó tu carga por ti; eres puesto en libertad, porque él ha padecido en tu lugar. Pero, aunque comprada a gran precio, él la da gratuitamente. Jesús no nos pide nada como preparación para esta libertad. Nos halla sentados en cilicio y ceniza, y nos manda vestir el hermoso atavío de la libertad; nos salva tal como somos, y todo sin nuestra ayuda ni nuestro mérito. Cuando Jesús pone en libertad, la libertad queda vinculada a perpetuidad; ninguna cadena puede atar de nuevo. Que el Maestro me diga: «Cautivo, yo te he librado», y queda hecho para siempre. Satanás puede tramar esclavizarnos, pero si el Señor está de nuestra parte, ¿a quién temeremos? El mundo, con sus tentaciones, puede procurar enredarnos, pero más poderoso es el que está por nosotros que todos los que están contra nosotros. Las maquinaciones de nuestros propios corazones engañosos pueden hostigarnos e importunarnos, pero el que comenzó en nosotros la buena obra la llevará adelante y la perfeccionará hasta el fin. Los enemigos de Dios y los adversarios del hombre pueden juntar sus huestes, y venir con furia concentrada contra nosotros, pero si Dios absuelve, «¿quién es el que condenará?» No es más libre el águila que sube a su nido en la roca, y después se remonta por encima de las nubes, que el alma a la cual Cristo ha librado. Si ya no estamos bajo la ley, sino libres de su maldición, que nuestra libertad se muestre en la práctica al servir a Dios con gratitud y deleite. «Yo soy tu siervo, yo tu siervo, hijo de tu sierva: rompiste mis prisiones.» «Señor, ¿qué quieres que haga?»
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana
Tarde
Romanos 9:15«Mas á Moisés dice: Tendré misericordia del que tendré misericordia, y me compadeceré del que me compadeceré.»En estas palabras el Señor reclama, del modo más claro, el derecho de dar o de retener su misericordia según su propia voluntad soberana. Así como la prerrogativa de la vida y de la muerte está conferida al monarca, así el Juez de toda la tierra tiene derecho de perdonar o de condenar a los culpables, según mejor parezca a sus ojos. Los hombres, por sus pecados, han perdido todo derecho a reclamar de Dios; merecen perecer por sus pecados, y si todos perecen, no tienen de qué quejarse. Si el Señor interviene para salvar a alguno, puede hacerlo, siempre que no se frustren los fines de la justicia; pero si juzga mejor dejar a los condenados para que padezcan la sentencia justa, nadie puede acusarlo ante el tribunal de los hombres. Necios y desvergonzados son todos esos discursos acerca de los derechos de los hombres a ser puestos todos en un mismo pie de igualdad; ignorantes, si no peores, son esas contiendas contra la gracia discriminadora, que no son sino las rebeliones de la naturaleza humana orgullosa contra la corona y el cetro de Jehová. Cuando somos llevados a ver nuestra propia ruina absoluta y el mal que merecemos, y la justicia del veredicto divino contra el pecado, ya no ponemos reparos a la verdad de que el Señor no está obligado a salvarnos; no murmuramos si él escoge salvar a otros, como si nos hiciera un agravio, sino que sentimos que, si se digna mirarnos, será su propio acto libre de bondad inmerecida, por el cual bendeciremos su nombre para siempre.
¿Cómo han de adorar suficientemente la gracia de Dios los que son objeto de la elección divina? No les queda lugar para la jactancia, porque la soberanía la excluye del modo más eficaz. Solo la voluntad del Señor es glorificada, y la noción misma del mérito humano es arrojada al desprecio eterno. No hay en la Escritura doctrina más humillante que la de la elección, ninguna que promueva más la gratitud y, por consiguiente, ninguna más santificadora. Los creyentes no deben temerla, sino regocijarse en ella con adoración.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde