20 de noviembre
Mañana
Lamentaciones 3:58«Abogaste, Señor, la causa de mi alma»Observa cuán afirmativamente habla el profeta. No dice: «Espero, confío, a veces pienso que Dios ha defendido las causas de mi alma»; sino que habla de ello como de un hecho que no admite disputa. «Abogaste, Señor, la causa de mi alma». Sacudamos, con la ayuda del bondadoso Consolador, aquellas dudas y aquellos temores que tanto menoscaban nuestra paz y nuestro consuelo. Sea esta nuestra oración: que hayamos acabado con la voz áspera y graznante de la conjetura y la sospecha, y podamos hablar con la voz clara y melodiosa de la plena certeza. Nota cuán agradecidamente habla el profeta, ¡atribuyendo toda la gloria solo a Dios! Percibes que no hay una palabra acerca de sí mismo ni de sus propios alegatos. No atribuye su liberación, en medida alguna, a ningún hombre, y mucho menos a su propio mérito; sino que es «tú»: «Abogaste, Señor, la causa de mi alma; redimiste mi vida.» Un espíritu agradecido debe cultivarlo siempre el cristiano; y especialmente después de las liberaciones debemos preparar un cántico para nuestro Dios. La tierra debería ser un templo lleno de los cánticos de santos agradecidos, y cada día debería ser un incensario que humea con el dulce incienso de la acción de gracias. Cuán gozoso parece Jeremías mientras registra la misericordia del Señor. ¡Con qué triunfo levanta el canto! Ha estado en la cárcel profunda, y aun ahora no es otro que el profeta que llora; y sin embargo, en el mismo libro que se llama «Lamentaciones», claro como el cántico de María cuando golpeaba el pandero con los dedos, agudo como la nota de Débora cuando salió al encuentro de Barac con gritos de victoria, oímos la voz de Jeremías que sube al cielo: «Abogaste, Señor, la causa de mi alma; redimiste mi vida.» Oh hijos de Dios, busquen una experiencia viva de la misericordia del Señor, y cuando la tengan, hablen de ella con certeza; canten con gratitud; griten con triunfo.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana
Tarde
Proverbios 30:26«Los conejos, pueblo nada esforzado, y ponen su casa en la piedra;»Conscientes de su propia indefensión natural, los conejos acuden a madrigueras en las rocas, y quedan a salvo de sus enemigos. Corazón mío, disponte a recoger una lección de este pueblo nada esforzado. Eres tan débil y estás tan expuesto al peligro como el tímido conejo; sé igual de sabio para buscar un abrigo. Mi mejor seguridad está dentro de las fortificaciones del inmutable Jehová, donde sus promesas inalterables se yerguen como murallas gigantescas de roca. Te irá bien, corazón mío, si puedes esconderte siempre en los baluartes de sus atributos gloriosos, todos los cuales son garantías de seguridad para los que ponen en él su confianza. Bendito sea el nombre del Señor: así lo he hecho, y me he hallado como David en Adullam, a salvo de la crueldad de mi enemigo. Ya no tengo que descubrir la bienaventuranza del hombre que pone su confianza en el Señor, porque hace mucho, cuando Satanás y mis pecados me perseguían, huí a la hendidura de la roca, Cristo Jesús, y en su costado abierto hallé un delicioso lugar de descanso. Corazón mío, corre a él de nuevo esta noche, sea cual sea tu dolor presente; Jesús se compadece de ti; Jesús te consuela; Jesús te ayudará. Ningún monarca en su fortaleza inexpugnable está más seguro que el conejo en su madriguera de roca. El señor de diez mil carros no está ni un ápice mejor protegido que el pequeño morador de la hendidura del monte. En Jesús los débiles son fuertes, y los indefensos están seguros; no podrían ser más fuertes si fueran gigantes, ni estar más seguros si estuvieran en el cielo. La fe da a los hombres en la tierra la protección del Dios del cielo. Más no pueden necesitar, ni tienen por qué desear. Los conejos no pueden edificar un castillo, pero se valen de lo que ya está ahí: yo no puedo hacerme un refugio, pero Jesús lo ha provisto, su Padre lo ha dado, su Espíritu lo ha revelado, y he aquí que otra vez esta noche entro en él, y estoy a salvo de todo enemigo.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde