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19 de noviembre

Mañana

Tito 3:9«las cuestiones necias, y genealogías, y contenciones, y debates acerca de la ley, evita»

Nuestros días son pocos, y se emplean mucho mejor en hacer el bien que en disputar sobre materias que, en el mejor de los casos, son de importancia menor. Los antiguos escolásticos hicieron un mundo de daño con su discusión incesante de asuntos sin importancia práctica; y nuestras Iglesias padecen mucho por guerras mezquinas sobre puntos abstrusos y cuestiones sin importancia. Después de haberse dicho todo lo que puede decirse, ninguna de las partes queda más sabia, y por tanto la discusión no promueve ni el conocimiento ni el amor, y es necio sembrar en campo tan estéril. Las cuestiones sobre puntos en que la Escritura calla; sobre misterios que pertenecen solo a Dios; sobre profecías de interpretación dudosa; y sobre meros modos de observar ceremonias humanas, son todas necias, y los sabios las evitan. Lo nuestro no es preguntar ni responder cuestiones necias, sino evitarlas por completo; y si observamos el precepto del apóstol (Tito 3:8), de tener cuidado de mantener las buenas obras, nos hallaremos demasiado ocupados en un quehacer provechoso como para interesarnos gran cosa en contiendas indignas, contenciosas e innecesarias.

Hay, sin embargo, algunas cuestiones que son lo contrario de necias, que no debemos evitar, sino enfrentar con equidad y honradez, tales como estas: ¿Creo en el Señor Jesucristo? ¿Estoy renovado en el espíritu de mi mente? ¿Ando no conforme a la carne, sino conforme al Espíritu? ¿Crezco en la gracia? ¿Adorna mi conducta la doctrina de Dios mi Salvador? ¿Aguardo la venida del Señor, y velo como debe hacerlo un siervo que espera a su señor? ¿Qué más puedo hacer por Jesús? Tales preguntas reclaman con urgencia nuestra atención; y si en algo nos hemos dado a las cavilaciones, volvamos ahora nuestra capacidad crítica a un servicio tanto más provechoso. Seamos pacificadores, y esforcémonos por llevar a otros, tanto con nuestro precepto como con nuestro ejemplo, a «evitar las cuestiones necias».

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

Job 23:3«¡Quién me diera el saber dónde hallar á Dios!»

En el último extremo de su angustia, Job clamó en pos del Señor. El deseo anhelante de un hijo de Dios afligido es ver una vez más el rostro de su Padre. Su primera oración no es: «¡Oh, si yo sanara de la enfermedad que ahora supura en cada parte de mi cuerpo!», ni siquiera: «¡Oh, si yo viera a mis hijos restaurados de las fauces del sepulcro, y mis bienes traídos otra vez de la mano del despojador!», sino que el clamor primero y más alto es: «¡Quién me diera el saber dónde hallar á Dios!», a aquel que es mi Dios; «yo iría hasta su silla». Los hijos de Dios corren a casa cuando se desata la tormenta. Es el instinto, nacido del cielo, de un alma agraciada buscar refugio de todos los males bajo las alas de Jehová. «El que ha hecho de Dios su refugio» podría servir de título de un verdadero creyente. El hipócrita, cuando Dios lo aflige, se resiente del golpe y, como un esclavo, huiría del Amo que lo azotó; mas no así el verdadero heredero del cielo: besa la mano que lo hirió, y busca abrigo contra la vara en el seno del Dios que le frunció el ceño. El deseo de Job de tener comunión con Dios se intensificó por el fracaso de todas las demás fuentes de consuelo. El patriarca se apartó de sus míseros amigos y alzó la mirada al trono celestial, así como un viajero se aparta de su odre vacío y se encamina a toda prisa al pozo. Se despide de las esperanzas nacidas de la tierra, y clama: «¡Quién me diera el saber dónde hallar a mi Dios!» Nada nos enseña tanto lo precioso del Creador como aprender el vacío de todo lo demás. Apartándonos con amargo desprecio de las colmenas de la tierra, donde no hallamos miel, sino muchos aguijones agudos, nos gozamos en aquel cuya palabra fiel es más dulce que la miel o el panal. En cada aflicción debemos buscar primero reconocer la presencia de Dios con nosotros. Con solo que gocemos de su sonrisa, podemos llevar nuestra cruz de cada día con corazón dispuesto, por amor de él.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde