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17 de noviembre

Mañana

Romanos 11:36«A él sea gloria por siglos. Amén.»

«A él sea gloria por siglos.» Este debería ser el único deseo del cristiano. Todos los demás deseos han de ser subordinados y tributarios de este único. El cristiano puede desear prosperidad en su negocio, pero solo en cuanto lo ayude a promover esto: «A él sea gloria por siglos.» Puede desear alcanzar más dones y más gracias, pero solo ha de ser para que «A él sea gloria por siglos.» No estás obrando como debes cuando te mueve cualquier otro motivo que no sea un ojo sencillo puesto en la gloria de tu Señor. Como cristiano, eres «de Dios, y por Dios»; vive, pues, «para Dios». Que nada haga jamás latir tu corazón con tanta fuerza como el amor a él. Que esta ambición encienda tu alma; sea este el fundamento de toda empresa en que entres, y este tu motivo que sostiene siempre que tu celo empiece a enfriarse; haz de Dios tu único objeto. Tenlo por cierto: donde empieza el yo, empieza el dolor; pero si Dios es mi deleite supremo y mi único objeto,

Para mí es igual que el amor ordene mi vida o mi muerte; que me asigne descanso o dolor.

Que tu deseo de la gloria de Dios sea un deseo creciente. Lo bendijiste en tu juventud; no te contentes con alabanzas como las que entonces le diste. ¿Te ha prosperado Dios en el negocio? Dale más, conforme él te ha dado más. ¿Te ha dado Dios experiencia? Alábalo con una fe más fuerte que la que ejerciste al principio. ¿Crece tu conocimiento? Canta, entonces, con más dulzura. ¿Gozas tiempos más felices que los que tuviste antes? ¿Has sido restaurado de la enfermedad, y tu tristeza se ha vuelto paz y gozo? Entonces dale más música; echa más carbones y más dulce olíbano en el incensario de tu alabanza. En la práctica de tu vida dale honra, poniendo el «Amén» a esta doxología a tu Señor grande y benigno, mediante tu propio servicio individual y una santidad creciente.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

Eclesiastés 10:9«el que cortare la leña, en ella peligrará.»

Los opresores pueden hacer su voluntad con los hombres pobres y menesterosos tan fácilmente como pueden hender troncos de leña, pero más les vale tener cuidado, porque es un negocio peligroso, y una astilla del árbol ha matado a menudo al leñador. Jesús es perseguido en cada santo a quien se daña, y es poderoso para vengar a sus amados. El éxito en hollar a los pobres y menesterosos es cosa de la que hay que temblar: si no hay peligro para los perseguidores aquí, habrá gran peligro en el más allá.

Hender leña es un quehacer común de todos los días, y con todo tiene sus peligros; así también, lector, hay peligros ligados a tu oficio y a tu vida diaria que bien te conviene conocer. No nos referimos a los riesgos del agua y del campo, ni a la enfermedad y la muerte repentina, sino a peligros de índole espiritual. Tu ocupación puede ser tan humilde como hender troncos, y aun así el diablo puede tentarte en ella. Puedes ser criado, labrador o artesano, y puedes estar muy resguardado de las tentaciones a los vicios más groseros, y con todo algún pecado secreto puede hacerte daño. Los que habitan en casa, y no se mezclan con el mundo áspero, pueden peligrar precisamente por su retiro. En ninguna parte está seguro el que se cree tal. El orgullo puede entrar en el corazón de un pobre; la avaricia puede reinar en el pecho de quien vive en una cabaña; la impureza puede atreverse a entrar en el hogar más quieto; y la ira, y la envidia, y la malicia pueden insinuarse en la morada más campestre. Aun al decir unas pocas palabras a un criado podemos pecar; una compra pequeña en una tienda puede ser el primer eslabón de una cadena de tentaciones; el mero asomarse a una ventana puede ser el comienzo del mal. ¡Oh Señor, qué expuestos estamos! ¡Cómo hemos de quedar en seguro! Guardarnos a nosotros mismos es obra demasiado dura para nosotros: solo tú mismo eres capaz de preservarnos en un mundo tal de males. Extiende tus alas sobre nosotros, y nosotros, como polluelos, nos acurrucaremos debajo de ti, y nos sentiremos seguros.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde