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16 de noviembre

Mañana

Lamentaciones 3:24«Mi parte es Jehová, dijo mi alma»

No es «el Señor es en parte mi porción», ni «el Señor está en mi porción»; sino que él mismo constituye la suma total de la heredad de mi alma. Dentro de la circunferencia de ese círculo yace todo lo que poseemos o deseamos. «Mi parte es Jehová». No meramente su gracia, ni su amor, ni su pacto, sino Jehová mismo. Él nos ha escogido como su porción, y nosotros lo hemos escogido como la nuestra. Es verdad que el Señor tiene que escoger primero nuestra heredad por nosotros, o de lo contrario nunca la escogeremos por nosotros mismos; pero si de veras somos llamados conforme al propósito del amor electivo, podemos cantar:

Amado de mi Dios, por él otra vez con amor intenso ardo; escogido de él antes que el tiempo empezara, yo lo escojo a mi vez.

El Señor es nuestra porción todo-suficiente. Dios se llena a sí mismo; y si Dios es todo-suficiente en sí mismo, ha de ser todo-suficiente para nosotros. No es fácil saciar los deseos del hombre. Cuando sueña que está saciado, al poco despierta a la percepción de que todavía hay algo más allá, y al instante la sanguijuela de su corazón clama: «Trae, trae.» Pero todo cuanto podemos desear se halla en nuestra porción divina, de modo que preguntamos: «¿A quién tengo yo en los cielos? Y fuera de ti nada deseo en la tierra.» Bien podemos «poner nuestra delicia en Jehová», el cual nos hace beber del río de sus delicias. Nuestra fe extiende sus alas y se remonta como águila al cielo del amor divino, como a su morada propia. «Las cuerdas nos cayeron en lugares deleitosos, y es hermosa la heredad que nos ha tocado.» Gocémonos en el Señor siempre; mostremos al mundo que somos un pueblo feliz y bienaventurado, y así induzcámoslos a que exclamen: «Iremos con vosotros, porque hemos oído que Dios está con vosotros.»

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

Isaías 33:17«Tus ojos verán al Rey en su hermosura»

Cuanto más conoces a Cristo, menos te satisfarán las miradas superficiales de él; y cuanto más a fondo estudies sus tratos en el pacto eterno, sus compromisos a favor tuyo como Fiador eterno, y la plenitud de su gracia que resplandece en todos sus oficios, más verdaderamente verás al Rey en su hermosura. Permanece mucho en tales miradas. Anhela más y más ver a Jesús. La meditación y la contemplación son a menudo como ventanas de ágata y puertas de carbunclo, a través de las cuales contemplamos al Redentor. La meditación pone el telescopio ante el ojo, y nos permite ver a Jesús de mejor modo del que habríamos podido verlo si hubiéramos vivido en los días de su carne. Ojalá nuestra ciudadanía estuviera más en el cielo, y estuviéramos más absortos en la persona, la obra, la hermosura de nuestro Señor encarnado. Más meditación, y la hermosura del Rey relampaguearía sobre nosotros con mayor resplandor. Amados, es muy probable que tengamos una visión de nuestro Rey glorioso como nunca antes la tuvimos, cuando lleguemos a morir. Muchos santos, al morir, han alzado la mirada desde en medio de las aguas tormentosas, y han visto a Jesús caminando sobre las olas del mar, y lo han oído decir: «Yo soy; no tengáis miedo.» ¡Ah, sí! Cuando la morada empieza a estremecerse, y el barro se desprende, vemos a Cristo a través de las grietas, y entre las vigas la luz del sol del cielo entra a raudales. Pero si queremos ver cara a cara al «Rey en su hermosura», hemos de ir al cielo para esa visión, o el Rey ha de venir aquí en persona. ¡Oh, que viniera sobre las alas del viento! Él es nuestro Esposo, y su ausencia nos deja viudos; es nuestro Hermano querido y hermoso, y sin él estamos solos. Densos velos y nubes penden entre nuestras almas y su verdadera vida: ¿cuándo apuntará el día, y huirán las sombras? ¡Oh día largamente esperado, comienza!

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde