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15 de noviembre

Mañana

Deuteronomio 32:9«la parte de Jehová es su pueblo»

¿Cómo son suyos? Por su propia elección soberana. Los escogió, y puso su amor sobre ellos. Esto lo hizo del todo aparte de cualquier bondad que hubiera en ellos entonces, o de cualquier bondad que previera en ellos. Tuvo misericordia de quien quiso tener misericordia, y ordenó una compañía escogida para vida eterna; así, pues, son suyos por su elección no coaccionada.

No solo son suyos por elección, sino por compra. Los ha comprado y ha pagado por ellos hasta el último cuadrante; de ahí que acerca de su título no pueda haber disputa. No con cosas corruptibles, como con plata y oro, sino con la sangre preciosa del Señor Jesucristo, la porción del Señor ha sido redimida por completo. No hay hipoteca sobre su heredad; ningún pretendiente contrario puede entablar pleito; el precio se pagó en audiencia pública, y la Iglesia es el pleno dominio del Señor para siempre. Mira la marca de sangre sobre todos los escogidos, invisible al ojo humano, pero conocida de Cristo, porque «Conoce el Señor á los que son suyos»; no olvida a ninguno de los que ha redimido de entre los hombres; cuenta las ovejas por las cuales puso su vida, y recuerda bien a la Iglesia por la cual se entregó a sí mismo.

También son suyos por conquista. ¡Qué batalla libró en nosotros antes de que quisiéramos dejarnos ganar! ¡Cuánto tiempo tuvo en sitio nuestros corazones! ¡Cuántas veces nos envió condiciones de capitulación! Pero nosotros atrancamos nuestras puertas y fortificamos nuestros muros contra él. ¿No recordamos aquella hora gloriosa en que tomó nuestros corazones por asalto? ¿Aquella en que puso su cruz contra el muro, escaló nuestros baluartes y plantó sobre nuestras fortalezas la bandera roja de sangre de su misericordia omnipotente? Sí, somos, en verdad, los cautivos conquistados de su amor omnipotente. Así escogidos, comprados y sometidos, los derechos de nuestro divino poseedor son inalienables: nos gozamos de que nunca podamos ser nuestros; y deseamos, día tras día, hacer su voluntad y manifestar su gloria.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

Salmos 68:28«confirma, oh Dios, lo que has obrado en nosotros.»

Es sabiduría nuestra, y también necesidad, rogar a Dios sin cesar que confirme lo que ha obrado en nosotros. Es por su descuido en esto por lo que muchos cristianos pueden culparse a sí mismos de aquellas pruebas y aflicciones del espíritu que nacen de la incredulidad. Es verdad que Satanás procura inundar el hermoso jardín del corazón y convertirlo en escena de desolación, pero también es verdad que muchos cristianos dejan ellos mismos abiertas las compuertas, y dejan entrar el diluvio espantoso por descuido y por falta de oración a su fuerte Ayudador. A menudo olvidamos que el Autor de nuestra fe ha de ser también su Conservador. La lámpara que ardía en el templo nunca se dejaba apagar, pero había que reponerla cada día con aceite nuevo; de la misma manera, nuestra fe solo puede vivir sustentada con el aceite de la gracia, y este solo podemos obtenerlo de Dios mismo. Vírgenes fatuas resultaremos, si no aseguramos el sustento necesario para nuestras lámparas. El que edificó el mundo lo sostiene, o caería en un solo estrépito tremendo; el que nos hizo cristianos ha de mantenernos por su Espíritu, o nuestra ruina será pronta y definitiva. Vayamos, pues, tarde tras tarde, a nuestro Señor por la gracia y la fuerza que necesitamos. Tenemos un argumento fuerte que alegar, porque es su propia obra de gracia la que le pedimos que confirme: «lo que has obrado en nosotros». ¿Piensas que dejará de proteger y sostener eso? Basta que tu fe se aferre a su fuerza, y todos los poderes de las tinieblas, acaudillados por el demonio mayor del infierno, no podrán echar nube ni sombra sobre tu gozo y tu paz. ¿Por qué desmayar cuando puedes ser fuerte? ¿Por qué sufrir derrota cuando puedes vencer? ¡Oh!, lleva tu fe vacilante y tus gracias decaídas a aquel que puede reavivarlas y volver a llenarlas, y ora con fervor: «confirma, oh Dios, lo que has obrado en nosotros».

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde