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12 de noviembre

Mañana

1 Pedro 1:7«la prueba de vuestra fe»

La fe no probada puede ser fe verdadera, pero de seguro será fe pequeña, y es probable que siga siendo enana mientras carezca de pruebas. La fe nunca prospera tan bien como cuando todo está contra ella: las tempestades son sus adiestradoras, y los relámpagos, sus iluminadores. Cuando reina la calma en el mar, tiende las velas cuanto quieras: el barco no se mueve hacia su puerto; porque en un océano dormido también duerme la quilla. Deja que los vientos se lancen rugiendo, y que las aguas se levanten; entonces, aunque la nave se balancee, y las olas laven su cubierta, y su mástil cruja bajo la presión de la vela llena e hinchada, es entonces cuando avanza hacia el puerto deseado. Ninguna flor viste un azul tan hermoso como las que crecen al pie del glaciar helado; ninguna estrella brilla tanto como las que relucen en el cielo polar; ninguna agua sabe tan dulce como la que brota en medio de la arena del desierto; y ninguna fe es tan preciosa como la que vive y triunfa en la adversidad. La fe probada trae experiencia. No habrías creído tu propia debilidad si no te hubieran obligado a pasar por los ríos; y nunca habrías conocido la fuerza de Dios si no hubieras sido sostenido en medio de las aguas desbordadas. La fe aumenta en solidez, en certeza y en intensidad cuanto más se ejercita con la tribulación. La fe es preciosa, y preciosa es también su prueba.

No desanime esto, sin embargo, a quienes son jóvenes en la fe. Tendrán pruebas de sobra sin ir a buscarlas: la porción completa les será medida a su tiempo. Entretanto, si todavía no pueden reclamar el fruto de una larga experiencia, den gracias a Dios por la gracia que tienen; alábenlo por el grado de santa confianza al que han llegado: anden conforme a esa regla, y aún tendrán más y más de la bendición de Dios, hasta que su fe mueva montes y venza imposibilidades.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

Lucas 6:12«Y aconteció en aquellos días, que fué al monte á orar, y pasó la noche orando á Dios.»

Si alguno nacido de mujer hubiera podido vivir sin oración, ese fue nuestro Señor sin mancha y perfecto; y, sin embargo, ¡ninguno estuvo jamás tan entregado a la súplica como él! Tal era su amor al Padre, que amaba mucho estar en comunión con él; tal su amor a su pueblo, que deseaba interceder mucho por ellos. El hecho de esta eminente oración de Jesús es lección para nosotros: él nos ha dado un ejemplo, para que sigamos sus pisadas. El tiempo que escogió fue admirable: era la hora del silencio, cuando la multitud no había de turbarlo; el tiempo de la inacción, cuando todos menos él habían dejado de trabajar; y la estación en que el sueño hacía a los hombres olvidar sus penas y cesar de acudir a él en busca de alivio. Mientras otros hallaban descanso en el sueño, él se refrescaba con la oración. El lugar también estaba bien escogido. Estaba solo donde nadie había de entrometerse, donde nadie podía observarlo: así quedaba libre de la ostentación farisaica y de la interrupción vulgar. Aquellos montes oscuros y silenciosos eran un oratorio apto para el Hijo de Dios. El cielo y la tierra, en la quietud de la medianoche, oyeron los gemidos y los suspiros del Ser misterioso en quien se fundían ambos mundos. Es notable la continuación de sus ruegos: las largas vigilias no fueron demasiado largas; el viento frío no enfrió su devoción; la hosca oscuridad no oscureció su fe, ni la soledad detuvo su importunidad. No podemos velar con él una hora, pero él veló por nosotros noches enteras. Es notable la ocasión de esta oración: fue después de que sus enemigos se habían enfurecido —la oración fue su refugio y su consuelo—; fue antes de enviar a los doce apóstoles —la oración fue la puerta de su empresa, el heraldo de su nueva obra—. ¿No hemos de aprender de Jesús a acudir a una oración especial cuando estamos bajo una prueba particular, o cuando meditamos nuevos empeños para la gloria del Maestro? Señor Jesús, enséñanos a orar.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde