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10 de noviembre

Mañana

Deuteronomio 33:27«El eterno Dios es [tu] refugio»

La palabra refugio puede traducirse «morada», o «lugar de permanencia», lo cual da la idea de que Dios es nuestra habitación, nuestro hogar. Hay plenitud y dulzura en la metáfora, porque el hogar es querido para nuestro corazón, aunque sea la cabaña más humilde o el desván más mísero; y mucho más querido es nuestro Dios bendito, en quien «vivimos, y nos movemos, y somos». Es en el hogar donde nos sentimos seguros: dejamos fuera al mundo y habitamos en tranquila seguridad. Así, cuando estamos con nuestro Dios, «no temeré mal alguno». Él es nuestro abrigo y nuestro retiro, nuestro refugio permanente. En el hogar descansamos; allí hallamos reposo después de la fatiga y el afán del día. Y así nuestros corazones hallan descanso en Dios cuando, cansados del combate de la vida, nos volvemos a él, y nuestra alma habita en sosiego. En el hogar, además, damos rienda suelta al corazón; no tememos que se nos malentienda, ni que nuestras palabras se interpreten mal. Así, cuando estamos con Dios, podemos tener libre comunión con él, poniendo al descubierto todos nuestros deseos escondidos; porque si «El secreto de Jehová es para los que le temen», los secretos de los que le temen deben estar, y tienen que estar, con su Señor. El hogar es también el lugar de nuestra felicidad más verdadera y más pura; y es en Dios donde nuestros corazones hallan su deleite más profundo. Tenemos en él un gozo que supera con mucho todo otro gozo. También por el hogar trabajamos y nos afanamos. Pensar en él da fuerza para sobrellevar la carga de cada día, y aviva los dedos para cumplir la tarea; y en este sentido también podemos decir que Dios es nuestro hogar. El amor hacia él nos fortalece. Pensamos en él en la persona de su Hijo amado; y un vislumbre del rostro sufriente del Redentor nos constriñe a trabajar en su causa. Sentimos que debemos trabajar, porque aún tenemos hermanos que han de ser salvos, y tenemos el corazón de nuestro Padre que alegrar, trayendo a casa a sus hijos extraviados; quisiéramos llenar de santo júbilo a la familia sagrada en medio de la cual moramos. ¡Felices los que tienen así al Dios de Jacob por refugio!

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

Mateo 10:25«Bástale al discípulo ser como su maestro»

Nadie pondrá en duda esta afirmación, porque sería indecoroso que el siervo fuera exaltado por encima de su Maestro. Cuando nuestro Señor estuvo en la tierra, ¿qué trato recibió? ¿Fueron reconocidas sus pretensiones, seguidas sus instrucciones, adoradas sus perfecciones, por aquellos a quienes vino a bendecir? No; «Despreciado y desechado entre los hombres». Fuera del campamento estaba su lugar; llevar la cruz era su ocupación. ¿Le dio el mundo consuelo y descanso? «Las zorras tienen cavernas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del hombre no tiene donde recueste su cabeza.» Esta tierra inhóspita no le brindó abrigo alguno: lo echó fuera y lo crucificó. Tal cosa —si eres seguidor de Jesús y mantienes un andar y una conducta consecuentes, semejantes a los de Cristo— debes esperar que sea la suerte de aquella parte de tu vida espiritual que, en su desarrollo exterior, queda bajo la observación de los hombres. La tratarán como trataron al Salvador: la despreciarán. No sueñes que los mundanos te admirarán, ni que, cuanto más santo y más semejante a Cristo seas, con tanta más paz se portará la gente contigo. No apreciaron la gema pulida; ¿cómo habrían de valorar la joya en bruto? «Si al padre de la familia llamaron Beelzebub, ¿cuánto más á los de su casa?» Si fuéramos más semejantes a Cristo, seríamos más odiados por sus enemigos. Triste deshonra sería para un hijo de Dios ser el favorito del mundo. Es muy mal agüero oír a un mundo malvado batir palmas y gritar «¡Bien hecho!» al cristiano. Bien puede empezar a examinar su carácter, y a preguntarse si no habrá estado haciendo mal, cuando los injustos le dan su aprobación. Seamos fieles a nuestro Maestro, y no tengamos amistad con un mundo ciego y vil que lo escarnece y lo rechaza. Lejos de nosotros buscar una corona de honor donde nuestro Señor halló una diadema de espinas.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde