8 de noviembre
Mañana
Colosenses 2:6«de la manera que habéis recibido al Señor Jesucristo»La vida de fe se representa como un recibir: un acto que implica todo lo contrario de cualquier cosa que se parezca al mérito. Es sencillamente la aceptación de un don. Como la tierra bebe la lluvia, como el mar recibe los ríos, como la noche acepta la luz de las estrellas, así nosotros, sin dar nada, participamos libremente de la gracia de Dios. Los santos no son, por naturaleza, pozos ni corrientes; no son más que cisternas en las que fluye el agua viva; son vasos vacíos en los que Dios vierte su salvación. La idea de recibir implica un sentido de realización, de hacer del asunto una realidad. No se puede recibir muy bien una sombra; recibimos lo que es sustancial: así es en la vida de fe, Cristo se nos vuelve real. Mientras estamos sin fe, Jesús es para nosotros un mero nombre: una persona que vivió hace mucho tiempo, ¡tanto tiempo que su vida no es ahora para nosotros más que una historia! Por un acto de fe, Jesús se vuelve una persona real en la conciencia de nuestro corazón. Pero recibir significa también asir, o entrar en posesión. La cosa que recibo se vuelve mía: me apropio de lo que se me da. Cuando recibo a Jesús, él se vuelve mi Salvador, tan mío que ni la muerte ni la vida podrán arrebatármelo. Todo esto es recibir a Cristo: tomarlo como don gratuito de Dios, realizarlo en mi corazón y apropiármelo como mío.
La salvación puede describirse como el ciego que recibe la vista, el sordo que recibe el oído, el muerto que recibe la vida; pero no solo hemos recibido estas bendiciones: hemos recibido a Cristo Jesús mismo. Es verdad que él nos dio vida de entre los muertos. Nos dio perdón del pecado; nos dio justicia imputada. Todas estas son cosas preciosas, pero no nos contentamos con ellas; hemos recibido a Cristo mismo. El Hijo de Dios ha sido derramado en nosotros, y lo hemos recibido y nos lo hemos apropiado. ¡Qué corazón lleno ha de ser Jesús, pues ni el cielo mismo puede contenerlo!
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana
Tarde
Marcos 14:14«El Maestro dice: ¿Dónde está el aposento donde he de comer la pascua con mis discípulos?»Jerusalén en el tiempo de la pascua era una gran posada; cada padre de familia había convidado a sus propios amigos, pero nadie había convidado al Salvador, y él no tenía morada propia. Fue por su propio poder sobrenatural como se halló un aposento alto en el cual celebrar la fiesta. Así es aun hasta hoy: Jesús no es recibido entre los hijos de los hombres, salvo allí donde, por su poder sobrenatural y su gracia, hace nuevo el corazón. Todas las puertas están bastante abiertas al príncipe de las tinieblas, pero Jesús ha de abrirse camino él mismo, o alojarse en las calles. Fue por el poder misterioso que ejerció nuestro Señor como el padre de familia no puso reparo alguno, sino que al punto, con alegría y gozo, abrió su aposento. Quién era, y qué era, no lo sabemos, pero aceptó de buena gana el honor que el Redentor se proponía conferirle. De la misma manera se descubre todavía quiénes son los escogidos del Señor y quiénes no; porque, cuando el evangelio llega a algunos, pelean contra él y no lo quieren; pero allí donde los hombres lo reciben y lo acogen, esto es indicio seguro de que hay una obra secreta en el alma, y de que Dios los ha escogido para vida eterna. ¿Estás dispuesto, querido lector, a recibir a Cristo? Entonces no hay dificultad en el camino; Cristo será tu huésped; su propio poder está obrando contigo y te hace dispuesto. ¡Qué honor hospedar al Hijo de Dios! Los cielos de los cielos no pueden contenerlo y, sin embargo, se digna hallar casa dentro de nuestros corazones. No somos dignos de que entre debajo de nuestro techado; pero ¡qué privilegio indecible cuando se digna entrar! Porque entonces hace banquete, y hace que banqueteemos con él manjares de rey; nos sentamos a un convite cuyas viandas son inmortales, y dan inmortalidad a quienes de ellas se alimentan. Bendito entre los hijos de Adán es aquel que hospeda al Señor de los ángeles.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde