6 de noviembre
Mañana
Isaías 44:3«yo derramaré aguas sobre el secadal»Cuando un creyente ha caído en un estado de ánimo bajo y triste, a menudo intenta levantarse castigándose con temores oscuros y lúgubres. Ese no es el camino para salir del polvo, sino para seguir en él. Tanto valdría encadenar el ala del águila para hacerla remontarse, como dudar a fin de aumentar nuestra gracia. No es la ley, sino el evangelio, lo que salva al principio al alma que busca; y no es una servidumbre legal, sino la libertad del evangelio, lo que puede restaurar después al creyente desfallecido. El temor servil no hace volver a Dios al que se ha apartado, sino que los dulces reclamos del amor lo atraen al seno de Jesús. ¿Tienes sed esta mañana del Dios vivo, y estás triste porque no puedes hallarlo para el deleite de tu corazón? ¿Has perdido el gozo de la religión, y es esta tu oración: «Vuélveme el gozo de tu salud»? ¿Tienes también conciencia de que estás estéril, como la tierra seca; de que no das para Dios el fruto que él tiene derecho a esperar de ti; de que no eres tan útil en la Iglesia, ni en el mundo, como tu corazón desea serlo? Pues aquí está exactamente la promesa que necesitas: «yo derramaré aguas sobre el secadal». Recibirás la gracia que tanto requieres, y la tendrás hasta el último alcance de tus necesidades. El agua refresca al sediento: tú serás refrescado; tus deseos serán satisfechos. El agua aviva la vida vegetal dormida: tu vida será avivada por gracia fresca. El agua hincha los brotes y hace madurar los frutos; tendrás gracia que da fruto: serás hecho fructífero en los caminos de Dios. Cualquier buena cualidad que haya en la gracia divina, la gozarás en plenitud. Todas las riquezas de la gracia divina las recibirás en abundancia; quedarás, por así decirlo, empapado de ella; y como a veces los prados se inundan cuando los ríos se desbordan, y los campos se vuelven estanques, así serás tú: «el secadal en manaderos de aguas».
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana
Tarde
Hebreos 9:20«Diciendo: Esta es la sangre del testamento que Dios os ha mandado.»Hay un poder extraño en el solo nombre de la sangre, y su vista siempre conmueve. Un corazón bondadoso no puede soportar ver sangrar a un gorrión y, si el uso no lo ha familiarizado, aparta la vista con horror ante la matanza de una bestia. En cuanto a la sangre de los hombres, es cosa consagrada: es homicidio derramarla con ira, es un crimen espantoso malgastarla en la guerra. ¿Nace esta solemnidad del hecho de que la sangre es la vida, y el derramarla, la señal de la muerte? Así lo pensamos. Cuando nos elevamos a contemplar la sangre del Hijo de Dios, nuestra reverencia crece aún más, y nos estremecemos al pensar en la culpa del pecado y en la pena terrible que el Portador del pecado soportó. La sangre, siempre preciosa, no tiene precio cuando brota del costado de Emmanuel. La sangre de Jesús sella el pacto de gracia y lo hace seguro para siempre. Los pactos de antiguo se hacían mediante sacrificio, y el pacto eterno fue ratificado de la misma manera. ¡Oh, el deleite de ser salvo sobre el fundamento seguro de compromisos divinos que no pueden ser deshonrados! La salvación por las obras de la ley es una nave frágil y rota, cuyo naufragio es seguro; pero la nave del pacto no teme tormentas, porque la sangre lo asegura todo. La sangre de Jesús hizo válido su testamento. Los testamentos no tienen fuerza a menos que mueran los testadores. A esta luz, la lanza del soldado es una ayuda bendita para la fe, pues probó que nuestro Señor estaba realmente muerto. No puede haber dudas sobre ese punto, y podemos apropiarnos con denuedo de los legados que él ha dejado para su pueblo. Felices los que ven asegurado su título a las bendiciones celestiales por un Salvador moribundo. Pero ¿no tiene esta sangre voz para nosotros? ¿No nos manda santificarnos para aquel por quien hemos sido redimidos? ¿No nos llama a novedad de vida, y nos incita a una consagración entera al Señor? ¡Ojalá el poder de la sangre sea conocido y sentido en nosotros esta noche!
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde