4 de noviembre
Mañana
2 Corintios 12:9«porque mi potencia en la flaqueza se perfecciona.»Una condición primordial para servir a Dios con cualquier medida de éxito, y para hacer la obra de Dios bien y triunfalmente, es el sentido de nuestra propia debilidad. Cuando el guerrero de Dios marcha a la batalla, fuerte en su propio poder, cuando se jacta: «Sé que venceré; mi propio brazo derecho y mi espada vencedora me alcanzarán la victoria», la derrota no está lejos. Dios no saldrá con el hombre que marcha en su propia fuerza. El que así cuenta con la victoria ha contado mal, porque «No con ejército, ni con fuerza, sino con mi espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos.» Los que salen a pelear jactándose de su proeza volverán con sus banderas vistosas arrastradas en el polvo, y su armadura manchada de deshonra. Los que sirven a Dios han de servirle a la manera de él y en la fuerza de él, o él nunca aceptará su servicio. Lo que el hombre hace, sin ayuda de la fuerza divina, Dios nunca puede reconocerlo por suyo. Los meros frutos de la tierra los desecha; solo segará aquel grano cuya semilla fue sembrada desde el cielo, regada por la gracia y madurada por el sol del amor divino. Dios vaciará todo lo que tú tienes antes de poner en ti lo suyo; primero limpiará tus graneros antes de llenarlos con lo más fino del trigo. El río de Dios está lleno de agua; pero ni una sola gota de ella fluye de manantiales terrenos. Dios no querrá que en sus batallas se use otra fuerza sino la que él mismo comunica. ¿Lamentas tu propia debilidad? Cobra ánimo, porque tiene que haber conciencia de la debilidad antes de que el Señor te dé la victoria. Tu vacío no es sino la preparación para que seas lleno, y tu abatimiento no es sino el prepararte para ser levantado.
Cuando soy débil, entonces soy fuerte; la gracia es mi escudo, y Cristo mi cántico.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana
Tarde
Salmos 36:9«en tu luz veremos la luz.»Ningunos labios pueden declarar al corazón el amor de Cristo hasta que Jesús mismo hable adentro. Todas las descripciones quedan flojas y sin vida, a menos que el Espíritu Santo las llene de vida y de poder; hasta que nuestro Emmanuel se revele en lo interior, el alma no lo ve. Si quisieras ver el sol, ¿juntarías los medios comunes de alumbrado, y buscarías por ese camino contemplar el astro del día? No; el sabio sabe que el sol ha de revelarse a sí mismo, y solo por su propio resplandor puede verse esa lámpara poderosa. Así es con Cristo. «Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás», le dijo a Pedro, «porque no te lo reveló carne ni sangre». Purifica la carne y la sangre por cualquier proceso educativo que elijas; eleva las facultades mentales al más alto grado de poder intelectual; y, con todo, nada de esto puede revelar a Cristo. El Espíritu de Dios ha de venir con poder y cubrir al hombre con la sombra de sus alas; y entonces, en aquel místico lugar santísimo, el Señor Jesús ha de mostrarse al ojo santificado, como no se muestra a los hijos de los hombres, cortos de vista. Cristo ha de ser su propio espejo. La gran masa de este mundo legañoso nada puede ver de las glorias inefables de Emmanuel. Está delante de ellos sin parecer ni hermosura, raíz de una tierra seca, rechazado por los vanidosos y despreciado por los soberbios. Solo donde el Espíritu ha tocado el ojo con colirio, vivificado el corazón con vida divina y educado el alma para un gusto celestial, solo allí es él entendido. «[Ella] es pues honor á vosotros que creéis»; para ustedes es la principal piedra del ángulo, la Roca de su salvación, su todo en todo; pero para los demás es «Piedra de tropiezo, y roca de escándalo». Dichosos aquellos a quienes nuestro Señor se manifiesta, porque su promesa a los tales es que hará morada con ellos. ¡Oh Jesús, Señor nuestro, nuestro corazón está abierto: entra, y no salgas más para siempre! ¡Muéstrate a nosotros ahora! Favorécenos con un vislumbre de tus encantos, que todo lo vencen.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde