29 de octubre
Mañana
Mateo 6:9«Vosotros pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre.»Esta oración comienza donde ha de comenzar toda oración verdadera: con el espíritu de adopción, «Padre nuestro». No hay oración aceptable hasta que podamos decir: «Me levantaré, é iré á mi padre». Este espíritu de niño pronto percibe la grandeza del Padre «en los cielos», y asciende a la adoración devota: «santificado sea tu nombre». El niño que balbucea «Abba, Padre» crece hasta ser el querubín que clama: «Santo, santo, santo». No hay más que un paso de la adoración arrebatada al ardiente espíritu misionero, que es un brote seguro del amor filial y de la adoración reverente: «Venga tu reino. Sea hecha tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra». Sigue luego la expresión cordial de la dependencia de Dios: «Danos hoy nuestro pan cotidiano». Iluminado todavía más por el Espíritu, descubre que no solo es dependiente, sino pecador; por eso implora misericordia: «perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos á nuestros deudores»; y, ya perdonado, teniendo imputada la justicia de Cristo y sabiendo que es acepto delante de Dios, suplica humildemente la perseverancia santa: «no nos metas en tentación». El hombre que de veras está perdonado está ansioso por no ofender otra vez; la posesión de la justificación conduce a un deseo ansioso de santificación. «Perdónanos nuestras deudas», eso es justificación; «no nos metas en tentación, mas líbranos del mal», eso es la santificación en sus formas negativa y positiva. Como resultado de todo esto, sigue una atribución triunfante de alabanza: «tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén». Nos gozamos de que nuestro Rey reine en la providencia y haya de reinar en la gracia, desde el río hasta los fines de la tierra, y su señorío no habrá fin. Así, desde el sentido de la adopción hasta la comunión con nuestro Señor reinante, este breve modelo de oración conduce el alma. Señor, enséñanos a orar así.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana
Tarde
Lucas 24:16«Mas los ojos de ellos estaban embargados, para que no le conociesen.»Los discípulos debían haber conocido a Jesús: habían oído su voz tantas veces, y contemplado aquel rostro desfigurado con tanta frecuencia, que es maravilla que no lo descubrieran. ¿Y no es así también contigo? Últimamente no has visto a Jesús. Has estado a su mesa, y no te has encontrado con él allí. Esta tarde estás en una aflicción oscura y, aunque él dice con toda claridad: «yo soy; no tengáis miedo», con todo no puedes discernirlo. ¡Ay! Nuestros ojos están embargados. Conocemos su voz; hemos mirado su rostro; hemos reclinado la cabeza sobre su seno y, sin embargo, aunque Cristo está muy cerca de nosotros, estamos diciendo: «¡Quién me diera el saber dónde hallar á Dios!». Deberíamos conocer a Jesús, pues tenemos las Escrituras para reflejar su imagen y, con todo, ¡cuán posible es que abramos ese libro precioso y no tengamos ni un vislumbre del Amado! Querido hijo de Dios, ¿estás en ese estado? Jesús apacienta entre los lirios de la Palabra, y tú andas entre esos lirios, y sin embargo no lo contemplas. Él acostumbra caminar por los claros de la Escritura y conversar con su pueblo, como el Padre conversaba con Adán al aire del día; y, sin embargo, estás en el huerto de la Escritura, pero no puedes verlo, aunque él está siempre allí. ¿Y por qué no lo vemos? Ha de atribuirse, en nuestro caso como en el de los discípulos, a la incredulidad. Ellos evidentemente no esperaban ver a Jesús, y por eso no lo conocieron. En gran medida, en las cosas espirituales recibimos del Señor lo que esperamos. Solo la fe puede llevarnos a ver a Jesús. Haz de esto tu oración: «Señor, abre tú mis ojos, para que vea a mi Salvador presente conmigo». Es cosa bendita querer verlo; pero ¡oh!, mucho mejor es contemplarlo. Con los que lo buscan es bondadoso; pero con los que lo hallan, ¡es querido más allá de toda expresión!
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde