‹ Devocional

30 de octubre

Mañana

Salmos 9:1«TE alabaré, oh Jehová»

La alabanza debe seguir siempre a la oración respondida, como se levanta la niebla de la gratitud de la tierra cuando el sol del amor del cielo calienta el suelo. ¿Ha sido el Señor bondadoso contigo, y ha inclinado su oído a la voz de tu súplica? Entonces alábalo mientras vivas. Deja que el fruto maduro caiga sobre el suelo fértil del cual sacó su vida. No le niegues un cántico a quien ha respondido tu oración y te ha dado el deseo de tu corazón. Callar ante las misericordias de Dios es incurrir en la culpa de la ingratitud; es obrar tan vilmente como los nueve leprosos, que, después de haber sido curados de su lepra, no volvieron para dar gracias al Señor que los sanaba. Olvidar alabar a Dios es rehusar beneficiarnos a nosotros mismos; porque la alabanza, como la oración, es un gran medio de promover el crecimiento de la vida espiritual. Ayuda a quitar nuestras cargas, a avivar nuestra esperanza, a aumentar nuestra fe. Es un ejercicio sano y vigorizante, que aviva el pulso del creyente y le da nervio para nuevas empresas en el servicio de su Maestro. Bendecir a Dios por las misericordias recibidas es también el camino para beneficiar a nuestros semejantes: «oiránlo los mansos, y se alegrarán». Otros que han estado en circunstancias semejantes hallarán consuelo si podemos decir: ¡Oh! «Engrandeced á Jehová conmigo, y ensalcemos su nombre á una»; «Este pobre clamó, y oyóle Jehová». Los corazones débiles serán fortalecidos, y los santos decaídos serán reavivados al escuchar nuestros «cánticos de liberación». Sus dudas y sus temores serán reprendidos, mientras nos enseñamos y nos exhortamos unos a otros con salmos, himnos y canciones espirituales. Ellos también «cantarán de los caminos de Jehová», cuando nos oigan engrandecer su santo nombre. La alabanza es el más celestial de los deberes cristianos. Los ángeles no oran, pero no cesan de alabar tanto de día como de noche; y los redimidos, vestidos de ropas blancas, con palmas en las manos, nunca se cansan de cantar el nuevo cántico: «El Cordero que fué inmolado es digno».

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

Cantares 8:13«Oh tú la que moras en los huertos, los compañeros escuchan tu voz: házmela oir.»

Mi dulce Señor Jesús recuerda bien el huerto de Getsemaní y, aunque ha dejado aquel huerto, ahora mora en el huerto de su iglesia: allí abre su corazón a quienes están en su bendita compañía. Esa voz de amor con que habla a su amada es más musical que las arpas del cielo. Hay en ella una profundidad de amor melodioso que deja muy atrás toda música humana. Decenas de miles en la tierra, y millones en lo alto, son favorecidos con sus acentos armoniosos. Algunos a quienes conozco bien, y a quienes envidio en gran manera, están en este momento escuchando la voz amada. ¡Oh, si yo fuese participante de sus gozos! Verdad es que algunos de ellos son pobres, otros están encamados y algunos cerca de las puertas de la muerte; pero, oh Señor mío, con gusto pasaría hambre con ellos, languidecería con ellos o moriría con ellos, si tan solo pudiera oír tu voz. En otro tiempo la oía a menudo, pero he contristado a tu Espíritu. Vuélvete a mí con compasión, y dime una vez más: «Yo soy tu salud». Ninguna otra voz puede contentarme; conozco tu voz, y no puedo ser engañado por otra; déjame oírla, te ruego. No sé qué dirás, ni pongo condición alguna. Oh Amado mío, solo déjame oírte hablar, y si es una reprensión te bendeciré por ella. Quizá limpiar mi oído embotado exija una operación muy penosa para la carne; pero, cueste lo que cueste, no me aparto del único deseo que me consume: hazme oír tu voz. Horádame de nuevo la oreja; traspasa mi oído con tus notas más ásperas; solo no permitas que yo siga sordo a tus llamados. Esta noche, Señor, concede a este indigno tuyo su deseo, porque tuyo soy, y tú me has comprado con tu sangre. Tú has abierto mi ojo para verte, y la vista me ha salvado. Señor, abre tú mi oído. He leído tu corazón; ahora déjame oír tus labios.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde