24 de octubre
Mañana
Salmos 104:16«Llénanse de [jugo] los árboles de Jehová»Sin jugo el árbol no puede florecer ni siquiera existir. La vitalidad es esencial para el cristiano. Tiene que haber vida: un principio vital infundido en nosotros por Dios el Espíritu Santo, o no podemos ser árboles del Señor. El mero nombre de ser cristiano no es más que cosa muerta; hemos de estar llenos del espíritu de la vida divina. Esta vida es misteriosa. No entendemos la circulación del jugo, con qué fuerza sube y con qué poder vuelve a descender. Así, la vida que hay dentro de nosotros es un misterio sagrado. La regeneración es obrada por el Espíritu Santo, que entra en el hombre y se convierte en la vida del hombre; y esta vida divina, en el creyente, se alimenta después de la carne y de la sangre de Cristo, y así se sostiene con alimento divino, pero de dónde viene y a dónde va, ¿quién nos lo explicará? ¡Qué cosa tan secreta es el jugo! Las raíces van escudriñando el suelo con sus pequeñas espongiolas, pero no podemos verlas extraer los diversos gases, ni transmutar lo mineral en vegetal; esta obra se hace abajo, en la oscuridad. Nuestra raíz es Cristo Jesús, y nuestra vida está escondida en él; este es el secreto del Señor. La raíz de la vida cristiana es tan secreta como la vida misma. ¡Cuán permanentemente activo es el jugo en el cedro! En el cristiano la vida divina está siempre llena de energía: no siempre en dar fruto, sino en operaciones interiores. No todas las gracias del creyente están, cada una de ellas, en movimiento constante, pero su vida nunca cesa de palpitar por dentro. No siempre está obrando para Dios, pero su corazón siempre vive de él. Así como el jugo se manifiesta al producir el follaje y el fruto del árbol, así, en un cristiano verdaderamente sano, su gracia se manifiesta exteriormente en su andar y en su modo de vivir. Si hablas con él, no puede evitar hablar de Jesús. Si observas sus acciones, verás que ha estado con Jesús. Tiene tanto jugo dentro, que por fuerza ha de llenar de vida su conducta y su conversación.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana
Tarde
Juan 13:5«comenzó á lavar los pies de los discípulos»El Señor Jesús ama tanto a su pueblo, que cada día sigue haciendo por ellos mucho de lo que es análogo a lavarles los pies sucios. Acepta sus acciones más pobres; siente su dolor más hondo; oye su deseo más leve, y perdona cada una de sus transgresiones. Sigue siendo su siervo, además de su Amigo y su Maestro. No solo realiza por ellos hechos majestuosos, como llevar la mitra en la frente y las joyas preciosas que resplandecen en su pectoral, y ponerse en pie para abogar por ellos, sino que, con humildad y paciencia, todavía anda entre su pueblo con el lebrillo y la toalla. Esto lo hace cuando aparta de nosotros, día tras día, nuestras continuas flaquezas y pecados. Anoche, cuando doblaste la rodilla, confesaste con tristeza que gran parte de tu conducta no era digna de lo que profesas; y aun esta noche has de lamentarte de nuevo por haber caído otra vez en la misma necedad y el mismo pecado de los cuales hace mucho te libró una gracia especial; y sin embargo Jesús tendrá gran paciencia contigo; oirá tu confesión de pecado; dirá: «Quiero; sé limpio»; volverá a aplicar la sangre de la aspersión, y hablará paz a tu conciencia, y quitará toda mancha. Es un gran acto de amor eterno cuando Cristo, de una vez para siempre, absuelve al pecador y lo pone en la familia de Dios; pero ¡qué paciencia condescendiente hay cuando el Salvador, con mucha longanimidad, soporta las necedades que una y otra vez se repiten en su discípulo indócil; día tras día, y hora tras hora, lavando las transgresiones multiplicadas de su hijo que yerra, pero que no deja de ser amado! Secar un diluvio de rebelión es algo maravilloso, pero soportar el goteo constante de ofensas repetidas, sobrellevar una prueba perpetua de la paciencia: ¡esto sí que es divino! Mientras hallamos consuelo y paz en la limpieza diaria de nuestro Señor, su influencia legítima sobre nosotros será aumentar nuestra vigilancia y avivar nuestro deseo de santidad. ¿Es así?
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde