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17 de octubre

Mañana

1 Samuel 27:1«Y dijo David en su corazón: Al fin seré muerto algún día por la mano de Saúl»

El pensamiento del corazón de David en aquel momento era un pensamiento falso, porque ciertamente no tenía fundamento para pensar que la unción con que Dios lo había ungido por medio de Samuel estuviera destinada a quedar como un acto vacío y sin sentido. Ni en una sola ocasión había desamparado el Señor a su siervo; David había sido puesto en situaciones peligrosas muy a menudo, pero no había ocurrido un solo caso en que la intervención divina no lo librara. Las pruebas a las que había estado expuesto habían sido variadas; no habían tomado una sola forma, sino muchas; y, sin embargo, en cada caso, quien enviaba la prueba había también dispuesto por gracia una salida. David no podía poner el dedo sobre ninguna anotación de su diario y decir de ella: «Aquí hay evidencia de que el Señor me desamparará», pues el tenor entero de su vida pasada probaba exactamente lo contrario. Debió haber argumentado, a partir de lo que Dios había hecho por él, que Dios seguiría siendo su defensor. Pero ¿no es precisamente así como dudamos nosotros de la ayuda de Dios? ¿No es desconfianza sin causa? ¿Hemos tenido alguna vez la sombra de una razón para dudar de la bondad de nuestro Padre? ¿No han sido maravillosas sus misericordias? ¿Ha dejado alguna vez de justificar nuestra confianza? ¡Ah, no! Nuestro Dios no nos ha dejado en ningún tiempo. Hemos tenido noches oscuras, pero la estrella del amor ha brillado en medio de la negrura; hemos estado en combates recios, pero sobre nuestra cabeza él ha sostenido en alto el escudo de nuestra defensa. Hemos pasado por muchas pruebas, pero nunca para nuestro daño, siempre para nuestro provecho; y la conclusión de nuestra experiencia pasada es que quien ha estado con nosotros en seis tribulaciones no nos desamparará en la séptima. Lo que hemos conocido de nuestro Dios fiel prueba que nos guardará hasta el fin. No razonemos, pues, en contra de la evidencia. ¿Cómo podremos jamás ser tan poco generosos como para dudar de nuestro Dios? Señor, echa abajo a la Jezabel de nuestra incredulidad, y deja que los perros la devoren.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

Isaías 40:11«en su brazo cogerá los corderos»

Nuestro buen Pastor tiene en su rebaño experiencias diversas: unos son fuertes en el Señor, y otros son débiles en la fe, pero él es imparcial en el cuidado de todas sus ovejas, y el cordero más débil le es tan querido como el más adelantado del rebaño. Los corderos suelen quedarse atrás, son propensos a extraviarse y tienden a cansarse, pero de todo el peligro de estas flaquezas el Pastor los protege con su brazo de poder. Halla almas recién nacidas, como corderitos, a punto de perecer: las nutre hasta que la vida se vuelve vigorosa; halla mentes débiles a punto de desmayar y morir: las consuela y les renueva las fuerzas. A todos los pequeños los recoge, porque no es la voluntad de nuestro Padre celestial que se pierda uno de ellos. ¡Qué ojo tan pronto ha de tener para verlos a todos! ¡Qué corazón tan tierno para cuidar de todos ellos! ¡Qué brazo tan largo de alcance, y tan potente, para recogerlos a todos! En su vida sobre la tierra fue un gran recogedor de los más débiles, y ahora que mora en el cielo, su corazón amoroso anhela a los mansos y contritos, a los tímidos y endebles, a los temerosos y desfallecientes de aquí abajo. ¡Con qué suavidad me recogió hacia sí mismo, hacia su verdad, hacia su sangre, hacia su amor, hacia su iglesia! ¡Con qué gracia eficaz me compelió a venir a él mismo! Desde mi primera conversión, ¡cuántas veces me ha restaurado de mis extravíos, y me ha vuelto a recoger dentro del círculo de su brazo eterno! Lo mejor de todo es que lo hace todo él mismo, personalmente, sin delegar la tarea del amor, sino dignándose él mismo a rescatar y preservar a su siervo más indigno. ¿Cómo lo amaré lo bastante, o le serviré dignamente? De buena gana engrandecería su nombre hasta los confines de la tierra, pero ¿qué puede hacer por él mi debilidad? Gran Pastor, añade a tus misericordias esta otra: un corazón para amarte con más verdad, como debo.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde