13 de octubre
Mañana
2 Corintios 7:10«el dolor que es según Dios, obra arrepentimiento»El duelo genuino y espiritual por el pecado es obra del Espíritu de Dios. El arrepentimiento es flor demasiado exquisita para crecer en el jardín de la naturaleza. Las perlas se forman de modo natural en las ostras, pero la penitencia jamás aparece en los pecadores, salvo que la gracia divina la obre en ellos. Si tienes siquiera una partícula de odio verdadero al pecado, Dios tiene que habértela dado, porque las espinas de la naturaleza humana nunca produjeron un solo higo. «Lo que es nacido de la carne, carne es».
El verdadero arrepentimiento apunta de manera clara al Salvador. Cuando nos arrepentimos del pecado, hemos de tener un ojo en el pecado y otro en la cruz; o será mejor todavía si clavamos ambos ojos en Cristo y vemos nuestras transgresiones solo a la luz de su amor.
La verdadera tristeza por el pecado es eminentemente práctica. Nadie tiene derecho a decir que odia el pecado si vive en él. El arrepentimiento nos hace ver la maldad del pecado no meramente como teoría, sino por experiencia: como el niño quemado teme el fuego. Le temeremos tanto como teme al ladrón del camino el hombre a quien hace poco asaltaron y robaron; y lo rehuiremos —lo rehuiremos en todo—, no solo en las cosas grandes, sino también en las pequeñas, como los hombres rehuyen las víboras pequeñas tanto como las serpientes grandes. El verdadero duelo por el pecado nos hará muy celosos de nuestra lengua, no sea que diga una palabra indebida; vigilaremos mucho nuestras acciones de cada día, no sea que ofendamos en algo; y cada noche cerraremos el día con dolorosas confesiones de nuestras faltas, y cada mañana despertaremos con oraciones ansiosas de que, en ese día, Dios nos sostenga para que no pequemos contra él.
El arrepentimiento sincero es continuo. Los creyentes se arrepienten hasta el día de su muerte. Este pozo que gotea no es intermitente. Cualquier otra tristeza cede ante el tiempo, pero esta tristeza querida crece con nuestro crecimiento, y es un amargo tan dulce que damos gracias a Dios porque se nos permite gozarla y padecerla hasta que entremos en nuestro descanso eterno.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana
Tarde
Cantares 8:6«fuerte es como la muerte el amor»¿De quién puede ser este amor, poderoso como el conquistador de los monarcas, el destructor del género humano? ¿No sonaría a sátira si se aplicara a mi amor pobre, débil y apenas vivo hacia Jesús, mi Señor? Yo sí lo amo, y tal vez, por su gracia, hasta podría morir por él; pero mi amor, en sí mismo, apenas soporta una burla, cuanto menos una muerte cruel. Ciertamente es el amor de mi Amado el que aquí se menciona: el amor de Jesús, el amante incomparable de las almas. Su amor fue de veras más fuerte que la muerte más terrible, porque soportó triunfante la prueba de la cruz. Fue una muerte lenta, pero el amor sobrevivió al tormento; una muerte afrentosa, pero el amor menospreció la vergüenza; una muerte penal, pero el amor cargó con nuestras iniquidades; una muerte abandonada y solitaria, de la cual el Padre eterno escondió el rostro, pero el amor soportó la maldición y se glorió sobre todo. Nunca hubo tal amor, nunca hubo tal muerte. Fue un duelo desesperado, pero el amor se llevó la palma. ¿Qué, pues, corazón mío? ¿No se te despierta ninguna emoción al contemplar afecto tan celestial? Sí, Señor mío: anhelo, jadeo por sentir tu amor ardiendo como un horno dentro de mí. Ven tú mismo y enciende el ardor de mi espíritu.
Por cada gota de sangre carmesí así derramada para hacerme vivir, oh, ¿por qué, por qué no tengo yo mil vidas que dar?
¿Por qué habría de desesperar de amar a Jesús con un amor tan fuerte como la muerte? Él lo merece; yo lo deseo. Los mártires sintieron tal amor, y no eran sino carne y sangre: ¿por qué no yo? Lamentaron su debilidad y, con todo, de la debilidad fueron hechos fuertes. La gracia les dio toda su constancia inquebrantable: la misma gracia hay para mí. Jesús, amante de mi alma, derrama este amor, tu mismo amor, en mi corazón esta tarde.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde