11 de octubre
Mañana
Lamentaciones 3:41«Levantemos nuestros corazones con las manos á Dios en los cielos.»El acto de la oración nos enseña nuestra indignidad, lección muy saludable para seres tan orgullosos como nosotros. Si Dios nos diera favores sin constreñirnos a orar por ellos, nunca sabríamos cuán pobres somos; pero una oración verdadera es un inventario de carencias, un catálogo de necesidades, una revelación de pobreza escondida. En tanto que es una solicitud a la riqueza divina, es una confesión del vacío humano. El estado más sano de un cristiano es estar siempre vacío de sí mismo y depender constantemente del Señor para las provisiones; ser siempre pobre en sí mismo y rico en Jesús; débil como el agua en lo personal, pero poderoso por medio de Dios para hacer grandes proezas; y de ahí la utilidad de la oración, porque, mientras adora a Dios, pone a la criatura donde debe estar: en el polvo mismo. La oración es, en sí misma, aparte de la respuesta que trae, un gran beneficio para el cristiano. Como el corredor cobra fuerza para la carrera con el ejercicio de cada día, así para la gran carrera de la vida adquirimos energía mediante la labor santificada de la oración. La oración empluma las alas de los aguiluchos de Dios, para que aprendan a remontarse por encima de las nubes. La oración ciñe los lomos de los guerreros de Dios y los envía al combate con los tendones tensos y los músculos firmes. El que suplica con fervor sale de su aposento así como el sol sale de las cámaras del oriente, regocijándose como un hombre fuerte para correr su carrera. La oración es aquella mano alzada de Moisés que pone en fuga a los amalecitas más que la espada de Josué; es la saeta disparada desde la cámara del profeta, que presagia derrota a los sirios. La oración ciñe la debilidad humana con fuerza divina, convierte la necedad humana en sabiduría celestial y da a los mortales atribulados la paz de Dios. ¡No sabemos qué no pueda hacer la oración! Te damos gracias, gran Dios, por el propiciatorio, prueba escogida de tu maravillosa misericordia. ¡Ayúdanos a usarlo rectamente a lo largo de este día!
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana
Tarde
Romanos 8:30«á los que predestinó, á éstos también llamó»En la segunda epístola a Timoteo, capítulo primero y versículo noveno, están estas palabras: «Que nos salvó y llamó con vocación santa». Ahora bien, aquí hay una piedra de toque con la cual podemos probar nuestra vocación. Es «vocación santa, no conforme á nuestras obras, mas según el intento suyo y gracia». Esta vocación prohíbe toda confianza en nuestro propio obrar, y nos conduce a Cristo solo, para la salvación, pero después nos purga de las obras muertas para servir al Dios vivo y verdadero. Como aquel que te ha llamado es santo, así has de ser santo tú. Si vives en pecado, no has sido llamado; pero si eres verdaderamente de Cristo, puedes decir: «Nada me duele tanto como el pecado; deseo librarme de él; Señor, ayúdame a ser santo». ¿Es este el jadeo de tu corazón? ¿Es este el tenor de tu vida para con Dios y su divina voluntad? Asimismo, en Filipenses 3:13 y 14, se nos habla de «la soberana vocación de Dios en Cristo Jesús». ¿Es, pues, tu vocación una vocación soberana? ¿Ha ennoblecido tu corazón y lo ha puesto en las cosas celestiales? ¿Ha elevado tus esperanzas, tus gustos, tus deseos? ¿Ha alzado el tenor constante de tu vida, de modo que la empleas con Dios y para Dios? Otra prueba la hallamos en Hebreos 3:1: «participantes de la vocación celestial». Vocación celestial significa un llamado desde el cielo. Si solo el hombre te llama, no has sido llamado. ¿Es de Dios tu vocación? ¿Es un llamado al cielo tanto como desde el cielo? A menos que seas extranjero aquí, y el cielo tu hogar, no has sido llamado con vocación celestial; porque los que así han sido llamados declaran que esperan una ciudad con fundamentos, cuyo artífice y hacedor es Dios, y que ellos mismos son peregrinos y advenedizos sobre la tierra. ¿Es tu vocación así santa, soberana, celestial? Entonces, amado, has sido llamado por Dios, porque tal es la vocación con que Dios llama a su pueblo.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde