10 de octubre
Mañana
Judas 1:24«delante de su gloria irreprensibles»Da vueltas en tu mente a esa palabra admirable: «¡irreprensibles!». Ahora estamos muy lejos de ello; pero, como nuestro Señor nunca se detiene antes de la perfección en su obra de amor, un día lo alcanzaremos. El Salvador que guardará a su pueblo hasta el fin también los presentará al fin a sí mismo como «gloriosa para sí, una iglesia que no tuviese mancha ni arruga, ni cosa semejante; sino que fuese santa y sin mancha». Todas las joyas de la corona del Salvador son de primera agua y sin un solo defecto. Todas las damas de honor que acompañan a la esposa del Cordero son vírgenes puras, sin mancha ni mácula. Pero ¿cómo nos hará Jesús irreprensibles? Nos lavará de nuestros pecados en su propia sangre hasta que estemos blancos y hermosos como el ángel más puro de Dios; y seremos vestidos de su justicia, esa justicia que hace positivamente irreprensible al santo que la viste; sí, perfecto a la vista de Dios. Seremos inculpables e irreprochables aun ante sus ojos. Su ley no solo no tendrá cargo alguno contra nosotros, sino que será magnificada en nosotros. Además, la obra del Espíritu Santo dentro de nosotros será del todo completa. Nos hará tan perfectamente santos, que no nos quedará ninguna tendencia persistente al pecado. El juicio, la memoria, la voluntad: toda facultad y toda pasión serán emancipadas de la esclavitud del mal. Seremos santos así como Dios es santo, y en su presencia habitaremos para siempre. Los santos no estarán fuera de lugar en el cielo; su hermosura será tan grande como la del lugar preparado para ellos. ¡Oh, el arrobamiento de aquella hora en que sean alzadas las puertas eternas, y nosotros, hechos aptos para la herencia, habitemos con los santos en luz! Ido el pecado, excluido Satanás, pasada para siempre la tentación, y nosotros «irreprensibles» delante de Dios: ¡esto sí será el cielo! Alegrémonos ahora mientras ensayamos el cántico de alabanza eterna que muy pronto ha de resonar en coro pleno, desde toda la hueste lavada con sangre; copiemos los júbilos de David delante del arca como preludio de nuestros éxtasis delante del trono.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana
Tarde
Jeremías 15:21«Y librarte he de la mano de los malos, y te redimiré de la mano de los fuertes.»Nota la gloriosa personalidad de la promesa. Yo haré, yo haré. El Señor Jehová mismo interviene para librar y redimir a su pueblo. Se compromete personalmente a rescatarlos. Su propio brazo lo hará, para que él tenga la gloria. Aquí no se dice una sola palabra de esfuerzo alguno nuestro que pudiera necesitarse para ayudar al Señor. Ni nuestra fuerza ni nuestra debilidad entran en cuenta, sino que el Yo, solo, como el sol en los cielos, brilla resplandeciente en toda suficiencia. ¿Por qué, pues, calculamos nuestras fuerzas y consultamos con carne y sangre, para nuestro grave daño? Jehová tiene poder de sobra sin tomarlo prestado de nuestro brazo enclenque. Paz, pensamientos incrédulos: estén quietos, y sepan que el Señor reina. Tampoco hay indicio alguno de medios secundarios y causas secundarias. El Señor no dice nada de amigos ni de ayudadores: emprende la obra solo, y no siente necesidad de brazos humanos que lo ayuden. Vanas son todas nuestras miradas en derredor hacia compañeros y parientes; son cañas quebradas si nos apoyamos en ellas: a menudo no quieren cuando pueden, y no pueden cuando quieren. Puesto que la promesa viene únicamente de Dios, bueno sería esperar solo en él; y cuando así lo hacemos, nuestra expectación nunca nos defrauda. ¿Quiénes son los malos, para que los temamos? El Señor los consumirá del todo; han de ser compadecidos más bien que temidos. En cuanto a los fuertes, solo son terror para quienes no tienen un Dios al cual huir, porque cuando el Señor está de nuestra parte, ¿a quién temeremos? Si corremos al pecado para agradar a los malos, tenemos motivo para alarmarnos; pero si nos aferramos a nuestra integridad, la furia de los tiranos será enderezada para nuestro bien. Cuando el pez tragó a Jonás, halló en él un bocado que no pudo digerir; y cuando el mundo devora a la iglesia, se alegra de verse libre de ella otra vez. En todo tiempo de prueba de fuego, en paciencia poseamos nuestras almas.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde