9 de octubre
Mañana
Judas 1:24«poderoso para guardaros sin caída»En cierto sentido el camino al cielo es muy seguro, pero en otros aspectos no hay senda tan peligrosa. Está cercado de dificultades. Un paso en falso (y qué fácil es darlo si la gracia está ausente), y caemos. ¡Qué resbaladiza es la senda que algunos de nosotros hemos de pisar! ¡Cuántas veces hemos de exclamar con el salmista: «casi se deslizaron mis pies; por poco resbalaron mis pasos»! Si fuéramos montañeses fuertes y de paso seguro, esto no importaría tanto; pero en nosotros mismos, ¡qué débiles somos! En los mejores caminos pronto flaqueamos; en las sendas más lisas enseguida tropezamos. Estas débiles rodillas nuestras apenas pueden sostener nuestro peso tambaleante. Una paja puede derribarnos, y un guijarro puede herirnos; somos meros niños que, temblando, damos nuestros primeros pasos en el andar de la fe; nuestro Padre celestial nos sostiene de los brazos, o pronto estaríamos en el suelo. ¡Oh, si somos guardados sin caída, cómo hemos de bendecir el poder paciente que vela sobre nosotros día tras día! Piensa cuán propensos somos a pecar, cuán dados a escoger el peligro, cuán fuerte es nuestra tendencia a arrojarnos nosotros mismos hacia abajo, y estas reflexiones nos harán cantar con más dulzura que jamás hayamos cantado: «Gloria sea a aquel que es poderoso para guardarnos sin caída». Tenemos muchos enemigos que procuran empujarnos hacia abajo. El camino es áspero y nosotros somos débiles; pero, además de esto, enemigos acechan en emboscada, que se lanzan cuando menos los esperamos y se afanan por hacernos tropezar o por despeñarnos en el precipicio más cercano. Solo un brazo todopoderoso puede preservarnos de estos enemigos invisibles, que buscan destruirnos. Tal brazo está comprometido para nuestra defensa. Fiel es el que prometió, y es poderoso para guardarnos sin caída, de modo que, con un profundo sentido de nuestra absoluta debilidad, podamos abrigar una firme convicción de nuestra perfecta seguridad, y decir, con gozosa confianza:
Contra mí se alían la tierra y el infierno, pero de mi parte está el poder divino; ¡Jesús lo es todo, y él es mío!
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana
Tarde
Mateo 15:23«Mas él no le respondió palabra»Los que buscan de veras, y todavía no han alcanzado la bendición, pueden consolarse con la historia que tenemos delante. El Salvador no concedió la bendición de inmediato, aunque la mujer tenía gran fe en él. Se proponía darla, pero esperó un tiempo. «Él no le respondió palabra.» ¿No eran buenas sus oraciones? Nunca las hubo mejores en el mundo. ¿No era menesteroso su caso? Dolorosamente menesteroso. ¿No sentía su necesidad lo suficiente? La sentía de un modo abrumador. ¿No era bastante fervorosa? Lo era intensamente. ¿No tenía fe? Tenía tal grado de ella que aun Jesús se maravilló, y dijo: «Oh mujer, grande es tu fe». Mira, pues: aunque es verdad que la fe trae paz, no siempre la trae al instante. Puede haber ciertas razones que reclamen la prueba de la fe, antes que la recompensa de la fe. La fe genuina puede estar en el alma como una semilla escondida, pero puede que todavía no haya brotado y florecido en gozo y paz. Un silencio doloroso del Salvador es la penosa prueba de muchas almas que buscan, pero más pesada aún es la aflicción de una respuesta dura y cortante como esta: «No es bien tomar el pan de los hijos, y echarlo á los perrillos». Muchos, al esperar en el Señor, hallan deleite inmediato, pero no es así con todos. Algunos, como el carcelero, pasan en un momento de las tinieblas a la luz, pero otros son plantas de crecimiento más lento. Puede que se te dé un sentido más hondo del pecado en lugar de un sentido del perdón, y en tal caso tendrás necesidad de paciencia para soportar el golpe pesado. ¡Ah, pobre corazón!, aunque Cristo te golpee y te magulle, o aun te mate, confía en él; aunque te diera una palabra airada, cree en el amor de su corazón. No dejes, te suplico, de buscar ni de confiar en mi Maestro, porque todavía no has alcanzado el gozo consciente que anhelas. Échate sobre él, y depende con perseverancia aun allí donde no puedas esperar con gozo.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde