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8 de octubre

Mañana

Lucas 5:4«Tira á alta mar, y echad vuestras redes para pescar»

Aprendemos de esta narración la necesidad de la agencia humana. La redada de peces fue milagrosa; sin embargo, ni el pescador, ni su barca, ni sus aparejos de pesca fueron pasados por alto, sino que todos fueron usados para tomar los peces. Así, en la salvación de las almas, Dios obra por medios; y mientras subsista la presente economía de la gracia, agradará a Dios salvar, por la locura de la predicación, a los que creen. Cuando Dios obra sin instrumentos, sin duda es glorificado; pero él mismo ha escogido el plan de la instrumentalidad como aquel por el cual es más magnificado en la tierra. Los medios, por sí mismos, son del todo ineficaces. «Maestro, habiendo trabajado toda la noche, nada hemos tomado». ¿Cuál fue la razón de esto? ¿No eran pescadores que ejercían su oficio propio? En verdad, no eran novatos; entendían el trabajo. ¿Habían acometido la faena sin destreza? No. ¿Les había faltado diligencia? No: habían trabajado. ¿Les había faltado perseverancia? No: habían trabajado toda la noche. ¿Había escasez de peces en el mar? Ciertamente no, porque tan pronto como vino el Maestro, nadaron hacia la red en cardúmenes. ¿Cuál es, pues, la razón? ¿Será porque no hay poder en los medios por sí mismos, aparte de la presencia de Jesús? «Sin él nada podemos hacer». Pero con Cristo todo lo podemos. La presencia de Cristo confiere el éxito. Jesús se sentó en la barca de Pedro, y su voluntad, por un influjo misterioso, atrajo los peces a la red. Cuando Jesús es levantado en su Iglesia, su presencia es el poder de la Iglesia: el grito de un rey está en medio de ella. «Yo, si fuere levantado, á todos traeré á mí mismo». Salgamos esta mañana a nuestra labor de pescar almas, mirando arriba con fe, y en torno nuestro con solemne ansiedad. Breguemos hasta que llegue la noche, y no trabajaremos en vano, porque aquel que nos manda echar la red la llenará de peces.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

Judas 1:20«orando por el Espíritu Santo»

Advierte la gran característica de la verdadera oración: «por el Espíritu Santo». La semilla de la devoción aceptable ha de venir del almacén del cielo. Solo la oración que viene de Dios puede ir a Dios. Hemos de disparar de vuelta hacia él las saetas del Señor. Aquel deseo que él escribe en nuestro corazón moverá su corazón y hará descender una bendición, pero los deseos de la carne no tienen poder alguno ante él.

Orar por el Espíritu Santo es orar con fervor. Las oraciones frías piden al Señor que no las oiga. Los que no suplican con fervor, no suplican en absoluto. Tanto valdría hablar de un fuego tibio como de una oración tibia: es esencial que esté al rojo vivo. Es orar con perseverancia. El verdadero suplicante cobra fuerza a medida que prosigue, y se enardece más cuando Dios tarda en responder. Cuanto más tiempo permanece cerrada la puerta, con más vehemencia usa el aldabón, y cuanto más se demora el ángel, más resuelto está a no dejarlo ir sin la bendición. Hermosa a los ojos de Dios es la importunidad llorosa, agonizante e inconquistable. Significa orar con humildad, porque el Espíritu Santo nunca nos infla de orgullo. Oficio suyo es convencer de pecado, y así postrarnos en contrición y quebrantamiento de espíritu. Nunca cantaremos Gloria in excelsis salvo que oremos a Dios De profundis: desde lo profundo hemos de clamar, o nunca contemplaremos la gloria en las alturas. Es oración amorosa. La oración ha de ir perfumada de amor, saturada de amor: amor a los santos, nuestros hermanos, y amor a Cristo. Además, ha de ser una oración llena de fe. Un hombre prevalece solo en la medida en que cree. El Espíritu Santo es el autor de la fe, y la fortalece, de modo que oramos creyendo la promesa de Dios. ¡Oh, que esta combinación bendita de gracias excelentes, inestimables y dulces como las especias del mercader, sea fragante dentro de nosotros, porque el Espíritu Santo está en nuestros corazones! Consolador benditísimo, despliega tu poderosa energía dentro de nosotros, ayudando nuestras flaquezas en la oración.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde