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7 de octubre

Mañana

Números 11:11«¿Por qué has hecho mal á tu siervo?»

Nuestro Padre celestial nos envía frecuentes aflicciones para probar nuestra fe. Si nuestra fe vale algo, resistirá la prueba. El oropel teme el fuego, pero el oro no; la gema de pasta teme ser tocada por el diamante, pero la joya verdadera no teme prueba alguna. Es una fe pobre la que solo puede confiar en Dios cuando los amigos son leales, el cuerpo está lleno de salud y el negocio es provechoso; pero es fe verdadera la que se aferra a la fidelidad del Señor cuando los amigos se han ido, cuando el cuerpo está enfermo, cuando el ánimo está abatido y está oculta la luz del rostro de nuestro Padre. Una fe que puede decir, en la angustia más extrema: «aunque me matare, en él esperaré», es fe nacida del cielo. El Señor aflige a sus siervos para glorificarse a sí mismo, porque él es grandemente glorificado en las gracias de su pueblo, que son obra de su propia mano. Cuando «la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza», el Señor es honrado por estas virtudes crecientes. Nunca conoceríamos la música del arpa si las cuerdas quedaran sin tocar; ni gozaríamos el jugo de la uva si no fuera pisada en el lagar; ni descubriríamos el dulce perfume de la canela si no fuera prensada y majada; ni sentiríamos el calor del fuego si los carbones no se consumieran por completo. La sabiduría y el poder del gran Artífice se descubren por las pruebas a través de las cuales se permite pasar a sus vasos de misericordia. Las aflicciones presentes tienden también a realzar el gozo futuro. Tiene que haber sombras en el cuadro para hacer resaltar la hermosura de las luces. ¿Podríamos ser tan supremamente bienaventurados en el cielo si no hubiéramos conocido la maldición del pecado y el dolor de la tierra? ¿No será la paz más dulce después del conflicto, y el reposo más bienvenido después de la fatiga? ¿No realzará el recuerdo de los sufrimientos pasados la dicha de los glorificados? Hay muchas otras respuestas consoladoras a la pregunta con que abrimos nuestra breve meditación; meditémosla todo el día.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

Isaías 36:5«Ahora bien, ¿en quién confías que te rebelas contra mí?»

Lector, esta es una pregunta importante. Escucha la respuesta del cristiano, y mira si es la tuya. «¿En quién confías?» «Confío», dice el cristiano, «en un Dios trino. Confío en el Padre, creyendo que me ha escogido desde antes de los fundamentos del mundo; confío en él para que me provea en la providencia, para que me enseñe, para que me guíe, para que me corrija si es necesario, y para que me lleve a casa, a su propia casa, donde están las muchas moradas. Confío en el Hijo. Dios verdadero de Dios verdadero es él: el hombre Cristo Jesús. Confío en él para que quite todos mis pecados mediante su propio sacrificio, y para que me adorne con su justicia perfecta. Confío en él para que sea mi Intercesor, para que presente mis oraciones y mis deseos ante el trono de su Padre, y confío en él para que sea mi Abogado en el último gran día, para que abogue por mi causa y me justifique. Confío en él por lo que es, por lo que ha hecho y por lo que ha prometido hacer todavía. Y confío en el Espíritu Santo: él ha comenzado a salvarme de mis pecados innatos; confío en que los echará a todos fuera; confío en que refrenará mi genio, someterá mi voluntad, alumbrará mi entendimiento, contendrá mis pasiones, consolará mi desaliento, socorrerá mi flaqueza, iluminará mis tinieblas; confío en que morará en mí como mi vida, reinará en mí como mi Rey, me santificará por completo, espíritu, alma y cuerpo, y luego me llevará arriba a morar con los santos en luz para siempre.»

¡Oh, confianza bienaventurada! ¡Confiar en aquel cuyo poder nunca se agotará, cuyo amor nunca menguará, cuya benignidad nunca cambiará, cuya fidelidad nunca faltará, cuya sabiduría nunca quedará perpleja, y cuya perfecta bondad jamás podrá conocer disminución! ¡Dichoso tú, lector, si esta confianza es tuya! Confiando así, gozarás dulce paz ahora, y gloria después, y el fundamento de tu confianza nunca será movido.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde