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5 de octubre

Mañana

1 Reyes 19:8«Levantóse pues, y comió y bebió; y caminó con la fortaleza de aquella comida cuarenta días y cuarenta noches»

Toda la fuerza que nos suministra nuestro Dios benigno está destinada al servicio, no al desenfreno ni a la jactancia. Cuando el profeta Elías halló la torta cocida sobre las ascuas y el vaso de agua puesto a su cabecera, mientras yacía debajo del enebro, no era un caballero a quien complacer con manjares delicados para que se estirara a sus anchas; muy al contrario, se le encargó ir cuarenta días y cuarenta noches con la fuerza de aquel alimento, caminando hacia Horeb, el monte de Dios. Cuando el Maestro invitó a los discípulos a «Venid, comed» con él, concluido el convite dijo a Pedro: «Apacienta mis ovejas»; y añadió además: «Sígueme». Así también es con nosotros: comemos el pan del cielo para gastar nuestra fuerza en el servicio del Maestro. Venimos a la Pascua y comemos del cordero pascual con los lomos ceñidos y el bordón en la mano, a fin de partir enseguida una vez saciada el hambre. Algunos cristianos quieren vivir de Cristo, pero no andan tan ansiosos de vivir para Cristo. La tierra ha de ser preparación para el cielo; y el cielo es el lugar donde los santos más banquetean y más trabajan. Se sientan a la mesa de nuestro Señor, y le sirven día y noche en su templo. Comen del alimento celestial y rinden un servicio perfecto. Creyente, con la fuerza que cada día recibes de Cristo, trabaja para él. A algunos de nosotros aún nos queda mucho por aprender acerca del designio de nuestro Señor al darnos su gracia. No hemos de retener los preciosos granos de la verdad como la momia egipcia retuvo el trigo durante siglos, sin darle ocasión de crecer: hemos de sembrarlo y regarlo. ¿Por qué hace descender el Señor la lluvia sobre la tierra sedienta, y da el sol benigno? ¿No es para que todo ello ayude a los frutos de la tierra a producir alimento para el hombre? Así también el Señor alimenta y refresca nuestras almas, para que después empleemos nuestra fuerza renovada en promover su gloria.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

Marcos 16:16«El que creyere y fuere bautizado, será salvo»

El señor MacDonald preguntó a los habitantes de la isla de San Kilda cómo ha de ser salvo un hombre. Un anciano respondió: «Seremos salvos si nos arrepentimos, y abandonamos nuestros pecados, y nos volvemos a Dios.» «Sí», dijo una mujer de mediana edad, «y con un corazón verdadero también.» «Sí», replicó un tercero, «y con oración»; y añadió un cuarto: «Ha de ser la oración del corazón.» «Y hemos de ser diligentes también», dijo un quinto, «en guardar los mandamientos.» Así, habiendo aportado cada uno su óbolo, y creyendo haber compuesto un credo muy decente, todos miraron y escucharon en espera de la aprobación del predicador, pero habían despertado su más profunda lástima. La mente carnal siempre se traza para sí un camino en el que el yo pueda obrar y hacerse grande, pero el camino del Señor es del todo al revés. Creer y ser bautizado no son méritos de que gloriarse: son tan sencillos que la jactancia queda excluida, y la gracia gratuita se lleva la palma. Puede que el lector no esté salvo: ¿cuál es la razón? ¿Piensas que es dudoso el camino de salvación, tal como queda establecido en el texto? ¿Cómo puede serlo, si Dios ha empeñado su propia palabra en prenda de su certeza? ¿Te parece demasiado fácil? ¿Por qué, pues, no le prestas atención? Su facilidad deja sin excusa a quienes lo descuidan. Creer es sencillamente confiar, depender, apoyarse en Cristo Jesús. Ser bautizado es someterse a la ordenanza que nuestro Señor cumplió en el Jordán, a la que se sometieron los convertidos en Pentecostés, a la que el carcelero rindió obediencia la misma noche de su conversión. La señal exterior no salva, pero nos pone delante nuestra muerte, sepultura y resurrección con Jesús y, como la Cena del Señor, no ha de descuidarse. Lector, ¿crees en Jesús? Entonces, querido amigo, echa fuera tus temores: serás salvo. Si todavía eres incrédulo, recuerda entonces que no hay más que una puerta, y que si no quieres entrar por ella, perecerás en tus pecados.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde