4 de octubre
Mañana
Zacarías 14:7«al tiempo de la tarde habrá luz»Muchas veces miramos hacia adelante con sombríos presentimientos al tiempo de la vejez, olvidados de que al tiempo de la tarde habrá luz. Para muchos santos, la vejez es la estación más escogida de sus vidas. Un aire más balsámico abanica la mejilla del marinero cuando se acerca a la orilla de la inmortalidad; menos olas encrespan su mar; reina la quietud, profunda, inmóvil y solemne. Del altar de la vejez se han ido los destellos del fuego de la juventud, pero permanece la llama más real del sentimiento ferviente. Los peregrinos han llegado a la tierra de Beulah, aquel país dichoso, cuyos días son como los días de los cielos sobre la tierra. Los ángeles la visitan, ráfagas celestiales soplan sobre ella, crecen en ella flores del paraíso, y el aire está lleno de música seráfica. Algunos moran aquí durante años, y otros llegan a ella apenas unas horas antes de su partida, pero es un Edén en la tierra. Bien podemos anhelar el tiempo en que nos reclinaremos en sus arboledas sombrías y quedaremos satisfechos con la esperanza hasta que llegue el tiempo de la fruición. El sol que se pone parece más grande que cuando está en lo alto del cielo, y un esplendor de gloria tiñe todas las nubes que rodean su ocaso. El dolor no rompe la calma del dulce crepúsculo de la vejez, porque la fuerza perfeccionada en la flaqueza sobrelleva con paciencia todo ello. Se recogen frutos maduros de experiencia escogida, como el raro convite de la tarde de la vida, y el alma se prepara para el reposo.
El pueblo del Señor gozará también de luz en la hora de la muerte. La incredulidad se lamenta: caen las sombras, viene la noche, la existencia se acaba. ¡Ah, no!, clama la fe: la noche está muy avanzada, el verdadero día está cerca. La luz ha llegado: la luz de la inmortalidad, la luz del rostro de un Padre. Encoge tus pies en la cama; ¡mira las compañías de espíritus que aguardan! Los ángeles te llevan en volandas. Adiós, amado: ya te has ido, agitas la mano. Ah, ahora hay luz. Las puertas de perla están abiertas, las calles de oro resplandecen con la luz del jaspe. Nosotros nos cubrimos los ojos, pero tú miras lo que no se ve; adiós, hermano, tienes luz al tiempo de la tarde, como nosotros aún no la tenemos.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana
Tarde
1 Juan 2:1«si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, á Jesucristo el justo»«Si alguno hubiere pecado, abogado tenemos». Sí: aunque pecamos, todavía lo tenemos. Juan no dice: «Si alguno peca, ha perdido a su abogado», sino: «abogado tenemos», aunque seamos pecadores. Todo el pecado que un creyente haya cometido jamás, o que se le pueda permitir cometer, no puede destruir su interés en el Señor Jesucristo como abogado suyo. El nombre que aquí se da a nuestro Señor es sugerente. «Jesús.» ¡Ah! entonces es un abogado tal como lo necesitamos, porque Jesús es el nombre de quien tiene por oficio y por deleite el salvar. «Llamarán su nombre JESUS, porque él salvará á su pueblo de sus pecados.» Su nombre más dulce implica su éxito. Luego es «Jesucristo»: Christos, el ungido. Esto muestra su autoridad para abogar. El Cristo tiene derecho de abogar, porque es el abogado designado por el Padre mismo, y sacerdote elegido. Si él fuera de nuestra elección, podría fallar; pero si Dios ha puesto el socorro sobre uno que es poderoso, bien podemos poner con seguridad nuestra aflicción allí donde Dios ha puesto su socorro. Es Cristo, y por tanto autorizado; es Cristo, y por tanto idóneo, porque la unción lo ha capacitado plenamente para su obra. Puede abogar de modo que mueva el corazón de Dios y prevalezca. ¡Qué palabras de ternura, qué frases de persuasión usará el ungido cuando se levante a abogar por mí! Queda todavía una letra más de su nombre: «Jesucristo el justo». Esto no es solo su carácter, sino su alegato. Es su carácter; y si el Justo es mi abogado, entonces mi causa es buena, o él no la habría abrazado. Es su alegato, porque responde a la acusación de injusticia contra mí con el alegato de que él es justo. Se declara mi sustituto, y pone su obediencia a mi cuenta. Alma mía, tienes un amigo del todo apto para ser tu abogado; no puede sino salir victorioso; déjate por entero en sus manos.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde