29 de septiembre
Mañana
Levítico 13:13«si la lepra hubiere cubierto toda su carne, dará por limpio al llagado»Harto extraña parece esta disposición; y, sin embargo, había sabiduría en ella, pues el echarse fuera la enfermedad probaba que la constitución era sana. Esta mañana bien puede convenirnos ver la enseñanza típica de una regla tan singular. También nosotros somos leprosos, y podemos leer la ley del leproso como aplicable a nosotros mismos. Cuando un hombre se ve del todo perdido y arruinado, cubierto por entero con la inmundicia del pecado, y sin parte alguna libre de contaminación; cuando renuncia a toda justicia propia y se declara culpable delante del Señor, entonces queda limpio por la sangre de Jesús y por la gracia de Dios. La iniquidad escondida, no sentida, no confesada, es la verdadera lepra; pero cuando el pecado es visto y sentido, ha recibido su golpe de muerte, y el Señor mira con ojos de misericordia al alma afligida por ese mal. Nada hay más mortífero que la justicia propia, ni más esperanzador que la contrición. Hemos de confesar que somos «nada más que pecado», porque ninguna confesión que no llegue a esto será toda la verdad; y si el Espíritu Santo está obrando con nosotros, convenciéndonos de pecado, no habrá dificultad en hacer tal reconocimiento: brotará espontáneamente de nuestros labios. ¡Qué consuelo brinda el texto a quienes están bajo un hondo sentido del pecado! El pecado llorado y confesado, por negro e inmundo que sea, jamás excluirá a un hombre del Señor Jesús. «Al que á mí viene, no [le] hecho fuera.» Aunque el hombre sea deshonesto como el ladrón, impúdico como la mujer que era pecadora, fiero como Saulo de Tarso, cruel como Manasés y rebelde como el pródigo, el gran corazón de amor mirará a aquel que siente no tener en sí cosa sana, y lo dará por limpio cuando confíe en Jesús crucificado. Ven, pues, a él, pobre pecador cargado,
Ven necesitado, ven culpable, ven repugnante y desnudo; imposible es venir demasiado inmundo: ven tal como eres.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana
Tarde
Cantares 3:4«hallé luego al que mi alma ama: trabé de él, y no lo dej黿Nos recibe Cristo cuando venimos a él, no obstante toda nuestra pecaminosidad pasada? ¿Nunca nos reprende por haber probado primero todos los demás refugios? ¿Y no hay en la tierra nadie como él? ¿Es el mejor de todos los buenos, el más hermoso de todos los hermosos? ¡Oh, alabémoslo, pues! Hijas de Jerusalén, ensálcenlo con pandero y arpa. Abajo sus ídolos; arriba el Señor Jesús. Sean ahora hollados los estandartes de la pompa y del orgullo, pero sea alzada en alto la cruz de Jesús, a la que el mundo mira con ceño y escarnece. ¡Oh, si hubiera un trono de marfil para nuestro rey Salomón! Sea puesto en alto para siempre, y siéntese mi alma al estrado de sus pies, y bese sus pies, y los lave con mis lágrimas. ¡Oh, cuán precioso es Cristo! ¿Cómo puede ser que yo haya pensado tan poco en él? ¡Cómo es que puedo salir fuera en busca de gozo o de consuelo, cuando él es tan lleno, tan rico, tan satisfactorio! Compañero creyente, haz un pacto con tu corazón de que nunca te apartarás de él, y pide a tu Señor que lo ratifique. Dile que te ponga como anillo de sellar sobre su dedo, y como brazalete sobre su brazo. Pídele que te ate en torno de sí, como la novia se atavía con sus adornos, y como el novio se pone sus joyas. Quisiera vivir en el corazón de Cristo; en las hendiduras de aquella peña querría morar mi alma eternamente. El gorrión ha hecho casa, y la golondrina nido para sí, donde pueda poner sus polluelos, aun tus altares, oh Jehová de los ejércitos, rey mío y Dios mío; y así también quisiera yo hacer mi nido, mi hogar, en ti, y que nunca más salga de ti el alma de tu tórtola, sino que pueda anidarme bien junto a ti, oh Jesús, mi verdadero y único descanso.
Cuando hallo a mi precioso Señor, todas mis ardientes pasiones se encienden; con cuerdas de amor lo ato, lo retengo, y no lo dejaré ir.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde