‹ Devocional

27 de septiembre

Mañana

Deuteronomio 33:29«Bienaventurado tú, oh Israel, ¿quién como tú, pueblo salvo por Jehová?»

El que afirma que el cristianismo hace desdichados a los hombres, es él mismo un completo extraño a él. Extraño sería, en verdad, que nos hiciera miserables, porque mira a qué posición nos exalta. Nos hace hijos de Dios. ¿Supones que Dios dará toda la dicha a sus enemigos, y reservará todo el luto para su propia familia? ¿Han de tener sus adversarios alegría y gozo, y han de heredar sus hijos nacidos en casa la tristeza y la miseria? ¿Ha de llamarse rico en dicha el pecador que no tiene parte en Cristo, y hemos nosotros de andar de luto como si fuéramos mendigos sin un centavo? No: nos gozaremos en el Señor siempre, y nos gloriaremos en nuestra herencia, porque «no habéis recibido el espíritu de servidumbre para [estar] otra vez en temor; mas habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos, Abba, Padre.» La vara del castigo ha de reposar sobre nosotros en la medida que nos toca, pero obra para nosotros los frutos consoladores de justicia; y por eso, con la ayuda del divino Consolador, nosotros, el «pueblo salvo por Jehová», nos gozaremos en el Dios de nuestra salvación. Estamos desposados con Cristo; ¿y permitirá nuestro gran Esposo que su esposa se quede en un duelo constante? Nuestros corazones están entretejidos con él: somos sus miembros, y aunque por un tiempo podamos padecer como una vez padeció nuestra Cabeza, con todo, aun ahora somos bendecidos con bendiciones celestiales en él. Tenemos las arras de nuestra herencia en los consuelos del Espíritu, que no son ni pocos ni pequeños. Herederos del gozo para siempre, tenemos anticipos de nuestra porción. Hay rayas de la luz del gozo que anuncian nuestro eterno amanecer. Nuestras riquezas están más allá del mar; nuestra ciudad con fundamentos firmes yace al otro lado del río; destellos de gloria venidos del mundo del espíritu alientan nuestros corazones y nos urgen a seguir. Con verdad se dice de nosotros: «Bienaventurado tú, oh Israel, ¿quién como tú, pueblo salvo por Jehová?»

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

Cantares 5:4«Mi amado metió su mano por el agujero, y mis entrañas se conmovieron dentro de mí.»

El llamar no bastaba, porque mi corazón estaba demasiado lleno de sueño, demasiado frío e ingrato para levantarse y abrir la puerta; pero el toque de su gracia eficaz ha hecho que mi alma se despabile. ¡Oh, la longanimidad de mi Amado, en quedarse cuando se halló cerrado afuera, y a mí dormido sobre el lecho de la pereza! ¡Oh, la grandeza de su paciencia, en llamar y volver a llamar, y en añadir su voz a sus llamadas, rogándome que le abriera! ¡Cómo pude haberlo rehusado! Corazón vil, sonrójate y queda confundido. Pero la mayor bondad de todas es esta: que él se hace su propio portero y descorre él mismo el cerrojo. Tres veces bendita es la mano que se digna alzar el pestillo y girar la llave. Ahora veo que nada, sino el poder mismo de mi Señor, puede salvar a tal masa perversa de maldad como soy yo; las ordenanzas fallan, aun el evangelio no surte efecto en mí, hasta que su mano se extiende. Ahora también percibo que su mano es buena allí donde todo lo demás fracasa; él puede abrir cuando ninguna otra cosa lo hará. Bendito sea su nombre: siento su presencia llena de gracia aun ahora. Bien pueden conmoverse mis entrañas por él, cuando pienso en todo lo que ha padecido por mí y en mi pago poco generoso. He dejado vagar mis afectos. He levantado rivales. Lo he contristado. Dulcísimo y queridísimo de todos los amados, te he tratado como una esposa infiel trata a su marido. ¡Oh, mis pecados crueles, mi yo cruel! ¿Qué puedo hacer? Las lágrimas son una pobre muestra de mi arrepentimiento; todo mi corazón hierve de indignación contra mí mismo. ¡Miserable de mí, por tratar a mi Señor, mi Todo en todo, mi gozo sobremanera grande, como si fuera un extraño! Jesús, tú perdonas gratuitamente, pero esto no basta: impide mi infidelidad en lo por venir. Besa estas lágrimas hasta quitarlas, y luego purga mi corazón y átalo a ti con cuerdas séptuples, para que nunca más se descarríe.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde