26 de septiembre
Mañana
Zacarías 1:8«los mirtos que había en la hondura»La visión de este capítulo describe la condición de Israel en los días de Zacarías; pero, interpretada en su aspecto hacia nosotros, describe a la Iglesia de Dios tal como la hallamos ahora en el mundo. La Iglesia es comparada con un bosquecillo de mirtos que florece en un valle. Está escondida, inadvertida, oculta; no corteja honra alguna ni atrae la atención del observador distraído. La Iglesia, como su Cabeza, tiene una gloria, pero está velada a los ojos carnales, porque aún no ha llegado el tiempo de que ella rompa en todo su esplendor. También se nos sugiere la idea de una seguridad tranquila: pues el bosquecillo de mirtos en el valle está quieto y en calma, mientras la tormenta barre las cumbres de los montes. Las tempestades gastan su fuerza en los picos peñascosos de los Alpes, pero allá abajo, donde corre la corriente que alegra la ciudad de nuestro Dios, los mirtos florecen junto a las aguas quietas, sin que los sacuda en absoluto el viento impetuoso. ¡Cuán grande es la tranquilidad interior de la Iglesia de Dios! Aun cuando es combatida y perseguida, tiene una paz que el mundo no da y que, por tanto, el mundo no puede quitar: «la paz de Dios, que sobrepuja todo entendimiento», guarda los corazones y los entendimientos del pueblo de Dios. ¿No pinta con fuerza la metáfora el crecimiento pacífico y perpetuo de los santos? El mirto no se despoja de sus hojas; está siempre verde; y la Iglesia, en su peor tiempo, tiene todavía en torno suyo un verdor bendito de gracia; es más, a veces ha exhibido el mayor verdor cuando su invierno ha sido más riguroso. Ha prosperado más cuando sus adversidades han sido más severas. De ahí que el texto insinúe la victoria. El mirto es el emblema de la paz, y una señal significativa de triunfo. Las frentes de los conquistadores se ceñían de mirto y de laurel; ¿y no es la Iglesia siempre victoriosa? ¿No hace todo cristiano más que vencer por medio de aquel que lo amó? Viviendo en paz, ¿no se duermen los santos en los brazos de la victoria?
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana
Tarde
Zacarías 11:2«Aulla, oh haya, porque el cedro cayó»Cuando en el bosque se oye el estrépito de un roble que cae, es señal de que el leñador anda por allí, y cada árbol de toda la compañía puede temblar, no sea que mañana el filo agudo del hacha dé con él. Todos somos como árboles marcados para el hacha, y la caída de uno ha de recordarnos que, para cada cual, sea grande como el cedro o humilde como la haya, la hora señalada se acerca a prisa y sin ruido. Confío en que, de tanto oír hablar de la muerte, no nos volvamos insensibles a ella. Nunca seamos como las aves del campanario, que arman sus nidos cuando las campanas están doblando, y duermen tranquilas cuando los solemnes dobles del funeral sobresaltan el aire. Miremos la muerte como el acontecimiento de más peso entre todos, y que su acercamiento nos vuelva sobrios. No nos conviene entregarnos a la diversión mientras nuestro destino eterno pende de un hilo. La espada está fuera de la vaina: no la tomemos a la ligera; está bruñida, y el filo es agudo: no juguemos con ella. El que no se prepara para la muerte es más que un necio ordinario: es un loco. Cuando se oye la voz de Dios entre los árboles del huerto, oigan por igual su sonido la higuera y el sicómoro, el olmo y el cedro.
Estate listo, siervo de Cristo, porque tu Maestro viene de súbito, cuando menos lo espera un mundo impío. Cuida de ser fiel en su obra, porque pronto se cavará la fosa para ti. Estén listos, padres: procuren que sus hijos sean criados en el temor de Dios, porque pronto han de quedar huérfanos; estén listos, hombres de negocios: cuiden de que sus asuntos estén en regla, y de que sirvan a Dios con todo su corazón, porque los días de su servicio terrestre pronto se acabarán, y serán llamados a dar cuenta de lo hecho por medio del cuerpo, ora sea bueno, ora sea malo. Que todos nos preparemos para el tribunal del gran Rey con un cuidado que ha de ser recompensado con el elogio lleno de gracia: «Bien, buen siervo y fiel».
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde