24 de septiembre
Mañana
Esdras 8:22«Porque tuve vergüenza de pedir al rey tropa y gente de á caballo que nos defendiesen del enemigo en el camino: porque habíamos hablado al rey, diciendo: La mano de nuestro Dios es para bien sobre todos los que le buscan; mas su fortaleza y su furor sobre todos los que le dejan.»Una escolta, por muchas razones, habría sido deseable para la banda de peregrinos; pero una santa vergüenza no permitió a Esdras solicitarla. Temía que el rey pagano tuviera sus profesiones de fe en Dios por mera hipocresía, o imaginara que el Dios de Israel no era capaz de preservar a sus propios adoradores. No podía resolverse a apoyarse en un brazo de carne en un asunto tan evidentemente del Señor; y por eso la caravana partió sin protección visible, guardada por aquel que es la espada y el escudo de su pueblo. Es de temer que pocos creyentes sientan estos santos celos por Dios; aun los que en alguna medida andan por fe empañan a veces el lustre de su vida al ansiar auxilio del hombre. Cosa bienaventuradísima es no tener puntales ni contrafuertes, sino permanecer en pie sobre la Roca de los siglos, con el solo sostén del Señor. ¿Buscaría algún creyente dotaciones del Estado para su Iglesia, si recordara que el Señor es deshonrado cuando pide el auxilio de César? ¡Como si el Señor no pudiera suplir las necesidades de su propia causa! ¿Correríamos tan de prisa a amigos y parientes en busca de socorro, si recordáramos que el Señor es magnificado por nuestra confianza implícita en su brazo solitario? «Alma mía, en Dios solamente reposa». «Pero», dice uno, «¿no han de usarse los medios?» Ciertamente han de usarse; pero nuestra falta rara vez está en descuidarlos: con mucha más frecuencia nace de creer neciamente en ellos, en vez de creer en Dios. Pocos van demasiado lejos al descuidar el brazo de la criatura; pero muchísimos pecan gravemente al hacer de él demasiado caso. Aprende, querido lector, a glorificar al Señor dejando los medios sin probar, si al usarlos deshonraras el nombre del Señor.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana
Tarde
Cantares 5:2«Yo dormía, pero mi corazón velaba»Abundan las paradojas en la experiencia cristiana, y aquí hay una: la esposa dormía, y con todo estaba despierta. Solo puede leer el enigma del creyente quien ha arado con la novilla de su experiencia. Los dos puntos del texto de esta tarde son un sueño lamentable y un velar esperanzado. «Yo dormía.» Por el pecado que mora en nosotros podemos volvernos flojos en los deberes santos, perezosos en los ejercicios religiosos, apagados en los gozos espirituales, y del todo supinos y descuidados. Este es un estado vergonzoso para alguien en quien mora el Espíritu vivificante; y es peligroso en el más alto grado. Aun las vírgenes prudentes a veces se adormecen, pero ya es hora de que todos sacudan las ligaduras de la pereza. Es de temer que muchos creyentes pierdan su fuerza como Sansón perdió sus guedejas, durmiendo en el regazo de la seguridad carnal. Con un mundo que perece a nuestro alrededor, dormir es cruel; con la eternidad tan cerca, es locura. Con todo, ninguno de nosotros está tan despierto como debiera; unos pocos truenos nos harían bien a todos, y puede ser que, si no nos movemos pronto, los tengamos en forma de guerra, o de pestilencia, o de duelos y pérdidas personales. ¡Oh, que dejemos para siempre el lecho de la comodidad carnal, y salgamos con antorchas llameantes al encuentro del Esposo que viene! «Mi corazón velaba.» Esta es una señal feliz. La vida no está extinguida, aunque tristemente sofocada. Cuando nuestro corazón renovado lucha contra nuestra pesadez natural, hemos de estar agradecidos a la gracia soberana por conservar un poco de vitalidad dentro de «el cuerpo de esta muerte». Jesús oirá nuestros corazones, ayudará a nuestros corazones, visitará nuestros corazones; porque la voz del corazón que vela es en realidad la voz de nuestro Amado, que dice: «Abreme.» El celo santo de seguro descorrerá el cerrojo de la puerta.
¡Oh postura encantadora! En pie está él, con corazón que se derrite y las manos cargadas; mi alma abandona cada pecado suyo y deja entrar al forastero celestial.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde