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22 de septiembre

Mañana

Salmos 149:2«Alégrese Israel en su Hacedor»

Alégrate de corazón, oh creyente, pero cuida que tu alegría tenga su manantial en el Señor. Mucha causa tienes de alegría en tu Dios, porque puedes cantar con David: «Dios, alegría de mi gozo». ¡Alégrate de que el Señor reine, de que Jehová es Rey! ¡Regocíjate de que esté sentado sobre el trono, y gobierne todas las cosas! Cada atributo de Dios ha de volverse un rayo nuevo en la luz del sol de nuestra alegría. Que él sea sabio ha de alegrarnos, pues conocemos nuestra propia necedad. Que él sea poderoso ha de hacernos regocijar a nosotros, que temblamos ante nuestra debilidad. Que él sea eterno ha de ser siempre tema de gozo, cuando sabemos que nos marchitamos como la hierba. Que él sea inmutable ha de darnos perpetuamente un cántico, pues nosotros cambiamos a cada hora. Que él esté lleno de gracia, que rebose de ella, y que esta gracia, en el pacto, nos la haya dado; que sea nuestra para limpiarnos, nuestra para guardarnos, nuestra para santificarnos, nuestra para perfeccionarnos, nuestra para llevarnos a la gloria: todo esto ha de contribuir a alegrarnos en él. Esta alegría en Dios es como un río profundo; hasta ahora apenas hemos tocado su orilla; conocemos un poco de sus corrientes claras, dulces y celestiales, pero más adelante la hondura es mayor, y la corriente más impetuosa en su gozo. El cristiano siente que puede deleitarse no solo en lo que Dios es, sino también en todo lo que Dios ha hecho en el pasado. Los Salmos nos muestran que el pueblo de Dios en los tiempos antiguos solía pensar mucho en los hechos de Dios, y tener un cántico acerca de cada uno de ellos. ¡Así recuente ahora el pueblo de Dios las obras del Señor! Que cuenten sus hechos poderosos, y canten: «Cantaré yo á Jehová, porque se ha magnificado grandemente». Ni cesen jamás de cantar, porque, así como nuevas misericordias fluyen hacia ellos día tras día, así su alegría por los actos amorosos del Señor en la providencia y en la gracia ha de mostrarse en acción de gracias continua. Alégrense, hijos de Sión, y regocíjense en Jehová su Dios.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

Salmos 61:2«cuando mi corazón desmayare: á la peña más alta que yo me conduzcas.»

La mayoría de nosotros sabemos lo que es estar abrumados en el corazón; vaciados como cuando un hombre limpia una escudilla y la vuelve boca abajo; sumergidos y tumbados sobre el costado, como una nave dominada por la tormenta. Los descubrimientos de la corrupción interior harán esto, si el Señor permite que el gran abismo de nuestra depravación se turbe y arroje cieno y lodo. Los desengaños y los quebrantos de corazón harán esto, cuando ola tras ola rueda sobre nosotros, y somos como una concha rota, lanzada de un lado a otro por la resaca. Bendito sea Dios: en tales estaciones no estamos sin un consuelo del todo suficiente; nuestro Dios es el puerto de las velas curtidas por el temporal, el albergue de los peregrinos desamparados. Más alto que nosotros es él; su misericordia, más alta que nuestros pecados; su amor, más alto que nuestros pensamientos. Es cosa lastimosa ver a los hombres poner su confianza en algo más bajo que ellos mismos; pero nuestra confianza está fija en un Señor sumamente alto y glorioso. Roca es él, pues no cambia, y Roca alta, porque las tempestades que nos abruman ruedan muy por debajo, a sus pies; no lo perturban, sino que él las rige a su voluntad. Si nos ponemos al abrigo de esta Roca elevada, podemos desafiar el huracán; todo está en calma al abrigo de aquel risco que se alza. ¡Ay! tal es la confusión en que a menudo queda sumida la mente turbada, que necesitamos que nos piloteen hasta este refugio divino. De ahí la oración del texto. Oh Señor, Dios nuestro, por tu Espíritu Santo, enséñanos el camino de la fe, condúcenos a tu reposo. El viento nos sopla mar adentro; el timón no obedece a nuestra mano endeble; tú, solo tú puedes gobernarnos sobre la barra, entre aquellas rocas hundidas, a salvo hasta el puerto hermoso. Cuán dependientes somos de ti: te necesitamos para que nos traigas a ti. Ser dirigidos con sabiduría y gobernados hasta la seguridad y la paz es don tuyo, y solo tuyo. Esta noche dígnate hacer bien a tus siervos.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde