‹ Devocional

21 de septiembre

Mañana

Jeremías 32:41«Y alegraréme con ellos haciéndoles bien»

¡Qué aliento para el corazón del creyente es el deleite que Dios tiene en sus santos! No podemos ver en nosotros mismos razón alguna por la que el Señor haya de complacerse en nosotros; no podemos deleitarnos en nosotros mismos, pues a menudo tenemos que gemir, agravados, conscientes de nuestra pecaminosidad y lamentando nuestra infidelidad; y tememos que el pueblo de Dios no pueda deleitarse mucho en nosotros, porque ha de percibir tanto de nuestras imperfecciones y de nuestras locuras, que más bien lamente nuestras flaquezas que admire nuestras gracias. Pero nos encanta detenernos en esta verdad trascendente, este misterio glorioso: que, como el esposo se goza sobre la esposa, así se goza el Señor sobre nosotros. En ninguna parte leemos que Dios se deleite en los montes coronados de nubes, ni en las estrellas centelleantes; pero sí leemos que se huelga en la parte habitable de la tierra, y que sus delicias son con los hijos de los hombres. No hallamos escrito que ni siquiera los ángeles den deleite a su alma; ni dice él, acerca de los querubines y de los serafines: «serás llamada Hephzibah, porque el amor de Jehová [será] en ti». [N. del T.: Spurgeon cita el inglés «el Señor se deleita en ti»; la RV1909 dice «el amor de Jehová».] Pero sí dice todo eso a pobres criaturas caídas como nosotros, envilecidas y depravadas por el pecado, pero salvas, exaltadas y glorificadas por su gracia. ¡Con qué lenguaje tan fuerte expresa su deleite en su pueblo! ¿Quién habría podido concebir al Eterno prorrumpiendo en un cántico? Y, con todo, está escrito: «gozaráse sobre ti con alegría, callará de amor, se regocijará sobre ti con cantar.» Cuando miró el mundo que había hecho, dijo: «he aquí que era bueno en gran manera»; pero cuando contempló a los que son la compra de la sangre de Jesús, sus propios escogidos, pareció como si el gran corazón del Infinito ya no pudiera contenerse, sino que se desbordara en exclamaciones divinas de gozo. ¿No habremos de dar nosotros nuestra respuesta agradecida a tan maravillosa declaración de su amor, y cantar: «yo me alegraré en Jehová, y me gozaré en el Dios de mi salud»?

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

Salmos 26:9«No juntes con los pecadores mi alma»

El temor hizo orar así a David, porque algo le susurraba: «Quizá, después de todo, seas juntado con los malos.» Ese temor, aunque estropeado por la incredulidad, brota, en lo principal, de una santa inquietud, nacida del recuerdo del pecado pasado. Aun el hombre perdonado preguntará: «¿Qué, si al fin fueran recordados mis pecados, y yo quedara fuera del catálogo de los salvos?» Recuerda su infructuosidad presente: tan poca gracia, tan poco amor, tan poca santidad; y, mirando hacia el futuro, considera su debilidad y las muchas tentaciones que lo asedian, y teme caer y volverse presa del enemigo. Un sentido del pecado y del mal presente, y de sus corrupciones que prevalecen, lo obliga a orar, con temor y temblor: «No juntes con los pecadores mi alma.» Lector, si has hecho esta oración, y si tu carácter queda bien descrito en el Salmo de donde está tomada, no has de temer que seas juntado con los pecadores. ¿Tienes las dos virtudes que tuvo David: el andar exterior en integridad, y el confiar interior en el Señor? ¿Descansas sobre el sacrificio de Cristo, y puedes andar alrededor del altar de Dios con humilde esperanza? Si es así, ten por seguro: con los malos nunca serás juntado, porque esa calamidad es imposible. En el juicio se junta lo semejante con lo semejante. «Coged primero la cizaña, y atadla en manojos para quemarla; mas recoged el trigo en mi alfolí.» Si, pues, eres semejante al pueblo de Dios, estarás con el pueblo de Dios. No puedes ser juntado con los malos, porque has sido comprado demasiado caro. Redimido por la sangre de Cristo, eres suyo para siempre, y donde él está, allí ha de estar su pueblo. Eres amado demasiado como para ser desechado con los réprobos. ¿Perecerá uno que es caro a Cristo? ¡Imposible! ¡El infierno no puede retenerte! ¡El cielo te reclama! ¡Confía en tu Fiador, y no temas!

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde