‹ Devocional

19 de septiembre

Mañana

Gálatas 5:1«la libertad con que Cristo nos hizo libres»

Esta «libertad» nos hace libres para la carta del cielo: la Biblia. Aquí hay un pasaje escogido, creyente: «Cuando pasares por las aguas, yo seré contigo; y por los ríos, no te anegarán.» Eres libre para eso. Aquí hay otro: «los montes se moverán, y los collados temblarán; mas no se apartará de ti mi misericordia»; eres libre para eso. Eres huésped bienvenido a la mesa de las promesas. La Escritura es un tesoro que nunca se agota, lleno de reservas sin límite de gracia. Es el banco del cielo; puedes sacar de él cuanto te plazca, sin estorbo ni impedimento. Ven con fe, y eres bienvenido a todas las bendiciones del pacto. No hay en la Palabra una promesa que haya de serte retenida. En lo profundo de las tribulaciones, que esta libertad te consuele; en medio de olas de angustia, que ella te aliente; cuando las tristezas te rodeen, sea ella tu solaz. Esta es la prenda de amor de tu Padre; eres libre para ella en todo tiempo. También eres libre para el trono de la gracia. Es privilegio del creyente tener acceso en todo tiempo a su Padre celestial. Sean cuales fueren nuestros deseos, nuestras dificultades, nuestras necesidades, tenemos libertad para extenderlo todo delante de él. No importa cuánto hayamos pecado: podemos pedir y esperar perdón. Nada importa cuán pobres seamos: podemos alegar su promesa de que él proveerá todas las cosas necesarias. Tenemos permiso de acercarnos a su trono en todo tiempo: en la hora más oscura de la medianoche, o en el calor más ardiente del mediodía. Ejerce tu derecho, oh creyente, y vive a la altura de tu privilegio. Eres libre para todo lo que está atesorado en Cristo: sabiduría, justificación, santificación y redención. No importa cuál sea tu necesidad, porque hay plenitud de provisión en Cristo, y está allí para ti. ¡Oh, qué «libertad» es la tuya! Libertad de la condenación, libertad para las promesas, libertad para el trono de la gracia y, al fin, libertad para entrar en el cielo.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

1 Samuel 1:27«Por este niño oraba»

Las almas devotas se deleitan en mirar aquellas misericordias que han obtenido en respuesta a la súplica, porque pueden ver en ellas el amor especial de Dios. Cuando podemos llamar a nuestras bendiciones Samuel, esto es, «pedido a Dios», nos serán tan queridas como lo fue su hijo para Ana. Penina tuvo muchos hijos, pero vinieron como bendiciones comunes, no buscadas en la oración; el único hijo que el cielo dio a Ana fue mucho más querido, porque era el fruto de ruegos fervientes. ¡Cuán dulce fue para Samsón aquella agua que halló en «el pozo del que oró»! Las copas de cuasia vuelven amargas todas las aguas, pero la copa de la oración pone dulzura en los tragos que trae. ¿Oramos por la conversión de nuestros hijos? ¡Cuán doblemente dulce es, cuando son salvos, ver en ellos cumplidas nuestras propias peticiones! Mejor es gozarnos en ellos como fruto de nuestros ruegos que como fruto de nuestros cuerpos. ¿Hemos pedido al Señor algún don espiritual escogido? Cuando nos llegue, vendrá envuelto en el paño de oro de la fidelidad y la verdad de Dios, y así será doblemente precioso. ¿Hemos pedido éxito en la obra del Señor? ¡Cuán gozosa es la prosperidad que viene volando sobre las alas de la oración! Siempre es mejor hacer entrar las bendiciones en nuestra casa por el camino legítimo, por la puerta de la oración; entonces son bendiciones de veras, y no tentaciones. Aun cuando la oración no reciba pronta respuesta, las bendiciones se hacen tanto más ricas por la tardanza; el niño Jesús fue tanto más hermoso a los ojos de María cuando lo halló, después de haberlo buscado con dolor. Lo que ganamos por la oración debemos dedicarlo a Dios, como Ana dedicó a Samuel. El don vino del cielo: que vuelva al cielo. La oración lo trajo, la gratitud cantó sobre él: que la devoción lo consagre. Aquí habrá una ocasión especial para decir: «de lo tuyo te he dado.» Lector, ¿es la oración tu elemento o tu fatiga? ¿Cuál?

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde