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18 de septiembre

Mañana

Gálatas 5:25«Si vivimos en el Espíritu, andemos también en el Espíritu.»

Las dos cosas más importantes de nuestra santa religión son la vida de fe y el andar de fe. Quien entienda bien estas no está lejos de ser un maestro en la teología experimental, pues son puntos vitales para un cristiano. Nunca hallarás la fe verdadera sin que la acompañe la verdadera piedad; por otra parte, nunca descubrirás una vida verdaderamente santa que no tenga por raíz una fe viva apoyada en la justicia de Cristo. ¡Ay de los que buscan lo uno sin lo otro! Hay quienes cultivan la fe y se olvidan de la santidad; estos pueden estar muy altos en ortodoxia, pero estarán muy hondos en condenación, porque «detienen la verdad con injusticia»; y hay otros que se han afanado por la santidad de vida, pero han negado la fe, como los fariseos de antaño, de quienes el Maestro dijo que eran «sepulcros blanqueados». Hemos de tener fe, porque esta es el fundamento; hemos de tener santidad de vida, porque esta es la superestructura. ¿De qué le sirve a un hombre el mero fundamento de un edificio en el día de la tempestad? ¿Puede esconderse en él? Quiere una casa que lo cubra, además de un fundamento para esa casa. Así también necesitamos la superestructura de la vida espiritual si hemos de tener consuelo en el día de la duda. Pero no busques una vida santa sin fe, porque eso sería levantar una casa que no puede dar amparo permanente, pues no tiene fundamento sobre la roca. Júntense la fe y la vida y, como los dos estribos de un arco, harán duradera nuestra piedad. Como la luz y el calor que manan del mismo sol, ambas por igual están llenas de bendición. Como las dos columnas del templo, son para gloria y para hermosura. Son dos corrientes de la fuente de la gracia; dos lámparas encendidas con fuego santo; dos olivos regados por el cuidado celestial. Oh Señor, danos hoy vida por dentro, y ella se revelará por fuera para tu gloria.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

Juan 10:27«y me siguen»

Debemos seguir a nuestro Señor tan sin vacilar como las ovejas siguen a su pastor, porque él tiene derecho a llevarnos adonde le plazca. No somos nuestros: «comprados sois por precio»; reconozcamos los derechos de la sangre redentora. El soldado sigue a su capitán, el siervo obedece a su amo; ¡cuánto más hemos de seguir a nuestro Redentor, del cual somos posesión adquirida! No somos fieles a nuestra profesión de ser cristianos si ponemos en duda el mandato de nuestro Guía y Capitán. La sumisión es nuestro deber; el poner reparos, nuestra necedad. Muchas veces podría nuestro Señor decirnos, como a Pedro: «¿qué á tí? Sígueme tú.» Adondequiera que Jesús nos lleve, él va delante de nosotros. Si no sabemos a dónde vamos, sabemos con quién vamos. Con tal compañero, ¿quién temerá los peligros del camino? El viaje puede ser largo, pero sus brazos eternos nos llevarán hasta el fin. La presencia de Jesús es la seguridad de la salvación eterna, porque él vive, también viviremos nosotros. Debemos seguir a Cristo con sencillez y con fe, porque las sendas por las cuales nos conduce terminan todas en gloria e inmortalidad. Es verdad que pueden no ser sendas llanas: pueden estar cubiertas de pruebas agudas, de pedernal, pero llevan a la «ciudad con fundamentos, el artífice y hacedor de la cual es Dios.» «Todas las sendas de Jehová son misericordia y verdad, para los que guardan su pacto y sus testimonios.» Pongamos plena confianza en nuestro Guía, pues sabemos que, venga prosperidad o adversidad, enfermedad o salud, popularidad o desprecio, su propósito se cumplirá, y ese propósito será bien puro, sin mezcla, para todo heredero de la misericordia. Hallaremos dulce subir la ladera desapacible del collado con Cristo; y cuando la lluvia y la nieve nos den en el rostro, su amor querido nos hará mucho más bienaventurados que aquellos que se quedan en casa y calientan las manos al fuego del mundo. A la cumbre de Amana, a las guaridas de los leones o a los montes de los leopardos, seguiremos a nuestro Amado. Jesús precioso, atráenos, y correremos en pos de ti.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde