16 de septiembre
Mañana
2 Pedro 1:4«participantes de la naturaleza divina»Ser participante de la naturaleza divina no es, por supuesto, llegar a ser Dios. Eso no puede ser. La esencia de la Deidad no ha de ser participada por la criatura. Entre la criatura y el Creador ha de quedar siempre un abismo fijo en cuanto a la esencia; pero, así como el primer hombre Adán fue hecho a la imagen de Dios, así nosotros, por la renovación del Espíritu Santo, somos hechos, en un sentido aún más divino, a la imagen del Altísimo, y somos participantes de la naturaleza divina. Somos, por gracia, hechos semejantes a Dios. «Dios es amor»; llegamos a ser amor: «Cualquiera que ama, es nacido de Dios.» Dios es verdad; llegamos a ser verdaderos, y amamos aquello que es verdadero. Dios es bueno, y nos hace buenos por su gracia, de modo que llegamos a ser los de limpio corazón, que verán a Dios. Además, llegamos a ser participantes de la naturaleza divina en un sentido aún más alto que este: en verdad, en un sentido tan elevado como pueda concebirse, sin llegar a ser absolutamente divinos. ¿No llegamos a ser miembros del cuerpo de la persona divina de Cristo? Sí: la misma sangre que corre en la cabeza corre en la mano, y la misma vida que vivifica a Cristo vivifica a su pueblo, porque «muertos sois, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios.» Aún más, como si esto no bastara, estamos casados con Cristo. Él nos ha desposado consigo en justicia y en fidelidad, y «el que se junta con el Señor, un espíritu es.» ¡Oh, misterio maravilloso! Nos asomamos a él, pero ¿quién lo entenderá? Uno con Jesús: tan uno con él, que el pámpano no es más uno con la vid de lo que nosotros somos parte del Señor, nuestro Salvador y nuestro Redentor. Mientras nos gozamos en esto, recordemos que quienes son hechos participantes de la naturaleza divina manifestarán su alta y santa relación en su trato con los demás, y harán evidente, por su diario andar y su conducta, que han huido de la corrupción que está en el mundo por concupiscencia. ¡Ojalá hubiera más santidad divina de vida!
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana
Tarde
Job 7:12«¿Soy yo la mar, ó ballena, que me pongas guarda?»Extraña pregunta fue esta para que Job se la hiciera al Señor. Se sentía demasiado insignificante para ser tan estrechamente vigilado y castigado, y esperaba no ser tan indómito como para necesitar que se le refrenara así. La pregunta era natural en quien estaba rodeado de miserias tan insoportables; pero, con todo, admite una respuesta muy humillante. Es verdad que el hombre no es el mar, pero es aún más turbulento y más indómito. El mar respeta con obediencia su límite y, aunque este no sea más que una faja de arena, no lo salta. Por poderoso que sea, oye el divino «Hasta aquí», y cuando más brama con la tempestad respeta la palabra; pero el hombre voluntarioso desafía al cielo y oprime la tierra, y no hay fin a esta furia rebelde. El mar, obediente a la luna, fluye y refluye con regularidad incesante, y así rinde una obediencia activa tanto como pasiva; pero el hombre, inquieto más allá de su esfera, duerme dentro de las líneas del deber, indolente donde debería estar activo. Ni viene ni va al mandato divino, sino que con hosquedad prefiere hacer lo que no debe, y dejar sin hacer aquello que se le exige. Cada gota del océano, cada burbuja perlada y cada copo de espuma fermentada, cada concha y cada guijarro, sienten el poder de la ley, y ceden o se mueven al instante. ¡Oh, si nuestra naturaleza estuviera siquiera en una milésima parte tan conformada a la voluntad de Dios! Llamamos al mar veleidoso y falso, pero ¡qué constante es! Desde los días de nuestros padres, y desde el tiempo antiguo anterior a ellos, el mar está donde estaba, golpeando los mismos acantilados con el mismo son; sabemos dónde hallarlo, no abandona su lecho y no cambia en su incesante bramido; pero ¿dónde está el hombre, el hombre vano e inconstante? ¿Puede el sabio adivinar con qué necedad será seducido la próxima vez para apartarlo de su obediencia? Necesitamos más guarda que el mar undoso, y somos mucho más rebeldes. Señor, gobiérnanos para tu propia gloria. Amén.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde