15 de septiembre
Mañana
Salmos 112:7«De mala fama no tendrá temor»Cristiano, no debes temer la llegada de las malas nuevas [N. del T.: la RV1909 vierte «mala fama»; la meditación sigue el sentido de malas nuevas]; porque, si ellas te angustian, ¿qué haces de más que los demás hombres? Los demás hombres no tienen a tu Dios a quien acudir; nunca han probado su fidelidad como tú la has probado, y no es maravilla si se doblan bajo la alarma y se acobardan de miedo; pero tú profesas ser de otro espíritu; has sido regenerado en esperanza viva, y tu corazón vive en el cielo y no en las cosas terrenas; ahora bien, si se te ve tan conturbado como a los demás hombres, ¿qué valor tiene esa gracia que profesas haber recibido? ¿Dónde está la dignidad de esa nueva naturaleza que afirmas poseer?
Además, si llegaras a llenarte de alarma, como los demás, sin duda serías llevado a los pecados tan comunes a otros en circunstancias de prueba. Los impíos, cuando los alcanzan las malas nuevas, se rebelan contra Dios; murmuran, y piensan que Dios los trata con dureza. ¿Caerás tú en ese mismo pecado? ¿Provocarás al Señor como lo hacen ellos?
Aún más, los hombres inconversos a menudo acuden a medios equivocados para escapar de las dificultades, y tú harás lo mismo, de seguro, si tu ánimo cede a la presión presente. Confía en el Señor, y espera en él con paciencia. Tu camino más sabio es hacer como hizo Moisés en el mar Rojo: «estáos quedos, y ved la salud de Jehová.» Porque, si cedes al miedo cuando oyes malas nuevas, no podrás hacer frente a la tribulación con esa serena compostura que da nervio para el deber y sostiene bajo la adversidad. ¿Cómo puedes glorificar a Dios si haces de cobarde? Los santos han cantado muchas veces las altas alabanzas de Dios en el fuego, pero ¿magnificarán al Altísimo tus dudas y tu desaliento, como si no tuvieras a nadie que te ayudara? Cobra, pues, ánimo y, apoyado con segura confianza en la fidelidad de tu Dios del pacto, «No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo.»
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana
Tarde
Salmos 148:14«el pueblo á él cercano»La dispensación del pacto antiguo era la de la distancia. Cuando Dios se apareció aun a su siervo Moisés, dijo: «No te llegues acá: quita tus zapatos de tus pies»; y cuando se manifestó sobre el monte Sinaí a su propio pueblo escogido y apartado, uno de los primeros mandamientos fue: «señalarás término al pueblo en derredor.» Tanto en el culto sagrado del tabernáculo como en el del templo, el pensamiento de la distancia estaba siempre en primer término. El grueso del pueblo ni siquiera entraba en el atrio exterior. En el atrio interior nadie, sino los sacerdotes, osaba entrometerse; mientras que en el lugar más interior, o el lugar santísimo, el sumo sacerdote entraba tan solo una vez al año. Era como si el Señor, en aquellas primeras edades, quisiera enseñar al hombre que el pecado le era tan del todo aborrecible, que había de tratar a los hombres como a leprosos puestos fuera del real; y cuando más cerca se les llegaba, todavía les hacía sentir la anchura de la separación entre un Dios santo y un pecador impuro. Cuando vino el evangelio, quedamos en una condición del todo distinta. La palabra «Vete» se trocó por «Ven»; la distancia hubo de ceder el puesto a la cercanía, y nosotros, que en otro tiempo estábamos lejos, hemos sido hechos cercanos por la sangre de Jesucristo. La Deidad encarnada no tiene muro de fuego en derredor. «Venid á mí todos los que estáis trabajados y cargados, que yo os haré descansar» es la proclamación gozosa de Dios tal como aparece en carne humana. Ya no enseña al leproso su lepra poniéndolo a distancia, sino padeciendo él mismo la pena de su inmundicia. ¡Qué estado de seguridad y de privilegio es esta cercanía a Dios por medio de Jesús! ¿La conoces por experiencia? Si la conoces, ¿vives en el poder de ella? Maravillosa es esta cercanía; con todo, ha de seguirla una dispensación de cercanía todavía mayor, cuando se diga: «el tabernáculo de Dios con los hombres, y morará con ellos.» Apresúralo, oh Señor.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde