14 de septiembre
Mañana
Marcos 4:36«había también con él otros barquitos»Jesús era aquella noche el Gran Almirante del mar, y su presencia preservó todo el convoy. Bueno es navegar con Jesús, aunque sea en un barquito. Cuando navegamos en compañía de Cristo, no podemos dar por seguro el buen tiempo, porque grandes tormentas pueden sacudir la nave que lleva al Señor mismo, y no hemos de esperar hallar el mar menos embravecido en torno a nuestro bote pequeño. Si vamos con Jesús, hemos de contentarnos con pasarlo como él lo pasa; y cuando las olas sean rudas para él, lo serán para nosotros. Por la tempestad y el vaivén hemos de llegar a tierra, como él llegó antes que nosotros.
Cuando la tormenta barrió el lago oscuro de Galilea, todos los rostros tomaron negrura, y todos los corazones temieron el naufragio. Cuando todo auxilio de criatura era inútil, el Salvador dormido se levantó y, con una palabra, transformó el alboroto de la tempestad en la quietud honda de una calma; entonces los barquitos quedaron en reposo, igual que aquel que llevaba al Señor. Jesús es la estrella del mar; y aunque haya dolor en el mar, cuando Jesús está en él también hay gozo. Hagan nuestros corazones de Jesús su ancla, su timón, su faro, su bote salvavidas y su puerto. Su Iglesia es la nave capitana del Almirante: atendamos sus movimientos, y alentemos a sus oficiales con nuestra presencia. Él mismo es el gran atractivo; sigamos siempre en su estela, observemos sus señales, gobernemos por su carta, y no temamos jamás mientras esté al alcance de la voz. Ni una sola nave del convoy sufrirá naufragio; el gran Comodoro gobernará cada barca, a salvo, hasta el puerto que deseaban. Por la fe largaremos el cable para otra jornada de navegación, y saldremos a navegar con Jesús por un mar de tribulación. Los vientos y las olas no nos perdonarán, pero todos ellos le obedecen; y, por tanto, cualesquiera turbonadas haya afuera, la fe sentirá adentro una calma bienaventurada. Él está siempre en el centro de la compañía azotada por el temporal: regocijémonos en él. Su nave ha llegado al puerto, y así llegará la nuestra.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana
Tarde
Salmos 32:5«Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Confesaré, dije, contra mí mis rebeliones á Jehová; y tú perdonaste la maldad de mi pecado.»Amargo fue el dolor de David por el pecado. Sus efectos se veían en su cuerpo exterior: «envejeciéronse mis huesos»; «volvióse mi verdor en sequedades de estío.» Ningún remedio pudo hallar, hasta que hizo una confesión plena ante el trono de la gracia celestial. Nos dice que por un tiempo guardó silencio, y su corazón se iba llenando más y más de dolor: como laguna de montaña cuyo desagüe está cegado, su alma estaba hinchada de torrentes de pesar. Fabricaba excusas; procuraba apartar sus pensamientos, pero todo era en vano; como llaga que se encona, su angustia se iba juntando, y, como no quería usar la lanceta de la confesión, su espíritu estaba lleno de tormento y no conocía reposo. Al fin vino a reducirse a esto: había de volverse a su Dios en humilde penitencia, o morir sin remedio; así que se apresuró al propiciatorio, y allí desenrolló el volumen de sus iniquidades ante Aquel que todo lo ve, reconociendo todo el mal de sus caminos en un lenguaje como el que lees en el salmo cincuenta y uno y en los demás salmos penitenciales. Hecho esto, obra tan sencilla y, con todo, tan difícil para el orgullo, recibió al punto la señal del perdón divino; los huesos que habían sido quebrantados fueron puestos a regocijarse, y salió de su cámara a cantar la bienaventuranza del hombre cuya transgresión es perdonada. ¡Mira el valor de una confesión del pecado obrada por la gracia! Ha de preciarse sobre todo precio, porque en todo caso en que hay una confesión genuina y llena de gracia, la misericordia se otorga libremente, no porque el arrepentimiento y la confesión merezcan la misericordia, sino por amor de Cristo. Bendito sea Dios: siempre hay sanidad para el corazón quebrantado; la fuente fluye sin cesar para limpiarnos de nuestros pecados. En verdad, oh Señor, tú eres un Dios «de perdones». Por tanto, declararemos nuestras iniquidades.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde