12 de septiembre
Mañana
Nahúm 1:2«Dios celoso»Tu Señor es muy celoso de tu amor, oh creyente. ¿Te escogió? No puede soportar que tú escojas a otro. ¿Te compró con su propia sangre? No puede sufrir que pienses que eres tuyo, o que perteneces a este mundo. Te amó con un amor tal que no quiso permanecer en el cielo sin ti; antes moriría que dejar que tú perecieras, y no puede sufrir que cosa alguna se interponga entre el amor de tu corazón y él mismo. Es muy celoso de tu confianza. No te permitirá confiar en un brazo de carne. No puede soportar que caves cisternas rotas, cuando la fuente que rebosa está siempre libre para ti. Cuando nos apoyamos en él, se alegra; pero cuando trasladamos nuestra dependencia a otro, cuando fiamos de nuestra propia sabiduría, o de la sabiduría de un amigo —peor que todo, cuando confiamos en obras nuestras—, se desagrada, y nos castigará para traernos a sí mismo. Es también muy celoso de nuestra compañía. No ha de haber nadie con quien conversemos tanto como con Jesús. Permanecer únicamente en él: esto es el verdadero amor; pero tener comunión con el mundo, hallar solaz suficiente en nuestros consuelos carnales, preferir aun la sociedad de nuestros hermanos cristianos al trato secreto con él: esto es penoso para nuestro Señor celoso. Quisiera él que permaneciéramos en él y gozáramos de comunión constante consigo; y muchas de las pruebas que nos envía tienen por fin destetar nuestros corazones de la criatura y fijarlos más estrechamente en sí mismo. Sea también consuelo para nosotros este celo que quiere mantenernos cerca de Cristo, porque, si nos ama tanto como para cuidar así de nuestro amor, podemos estar seguros de que no permitirá que nada nos dañe, y nos protegerá de todos nuestros enemigos. ¡Oh, que tengamos gracia en este día para guardar nuestros corazones en sagrada castidad solo para nuestro Amado, cerrando los ojos, con santo celo, a todas las fascinaciones del mundo!
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana
Tarde
Salmos 101:1«MISERICORDIA y juicio cantaré»La fe triunfa en la prueba. Cuando la razón es arrojada a la cárcel de más adentro, con los pies bien apretados en el cepo, la fe hace resonar los muros del calabozo con sus notas alegres, mientras clama: «MISERICORDIA y juicio cantaré: á ti cantaré yo, oh Jehová.» La fe arranca la máscara negra del rostro de la tribulación, y descubre debajo al ángel. La fe mira hacia la nube, y ve que
Preñada va de misericordia, y ha de romperse en bendiciones sobre su cabeza.
Hay materia de cántico aun en los juicios de Dios para con nosotros. Porque, primero, la prueba no es tan pesada como podría haber sido; luego, la tribulación no es tan severa como merecíamos haber llevado; y nuestra aflicción no es tan aplastante como la carga que otros han de llevar. La fe ve que en su peor dolor no hay nada de carácter penal; no hay en él ni una gota de la ira de Dios; todo es enviado en amor. La fe discierne el amor brillando como una joya sobre el pecho de un Dios airado. De su pena dice la fe: «Esta es una insignia de honor, porque el hijo ha de sentir la vara»; y luego canta el dulce resultado de sus dolores, porque le obran bien espiritual. Aún más, dice la fe: «Estas leves tribulaciones, que son solo por un momento, obran para mí un sobremanera alto y eterno peso de gloria.» Así la fe sale cabalgando sobre el caballo negro, victoriosa, para que también venza, hollando la razón carnal y el sentido de la carne, y entonando notas de victoria en lo más espeso de la refriega.
Cuanto encuentro, hallo que me asiste en mi senda hacia el gozo celestial: adonde, aunque ahora me acompañan pruebas, las pruebas ya nunca más molestan.
Allí, bendito con un peso de gloria, con todo, la senda no olvidaré; antes, exultante, clamaré: me condujo al asiento de mi bendito Salvador.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde