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6 de septiembre

Mañana

Filipenses 2:15«en medio de la nación maligna y perversa, entre los cuales resplandecéis como luminares en el mundo»

Usamos las luces para manifestar. Un hombre cristiano ha de resplandecer de tal modo en su vida, que una persona no podría vivir con él una semana sin conocer el evangelio. Su conducta ha de ser tal que todos los que lo rodean perciban con claridad de quién es y a quién sirve, y vean la imagen de Jesús reflejada en sus acciones de cada día. Las luces están destinadas a guiar. Hemos de ayudar a quienes nos rodean y están en tinieblas. Hemos de presentarles la palabra de vida. Hemos de señalar a los pecadores el Salvador, y a los cansados un lugar divino de reposo. A veces los hombres leen sus Biblias y no logran entenderlas; hemos de estar prontos, como Felipe, para instruir al que pregunta en el sentido de la Palabra de Dios, en el camino de la salvación y en la vida de piedad. Las luces se usan también para advertir. Sobre nuestras rocas y nuestros bajíos de seguro se levanta un faro. Los cristianos han de saber que por todas partes del mundo se muestran muchas luces falsas, y que por eso hace falta la luz recta. Andan siempre sueltos los que hacen naufragar por cuenta de Satanás, tentando a los impíos a pecar bajo el nombre de placer; ellos izan la luz equivocada. A nosotros nos toque alzar la luz verdadera sobre cada roca peligrosa, señalar cada pecado y decir a qué conduce, para que así quedemos limpios de la sangre de todos los hombres, resplandeciendo como luminares en el mundo. Las luces tienen también una influencia que alegra mucho, y así la tienen los cristianos. Un cristiano ha de ser un consolador, con palabras amables en los labios y simpatía en el corazón; ha de llevar sol adondequiera que vaya, y difundir la felicidad a su alrededor.

Espíritu benigno, mora conmigo; yo mismo quisiera ser benigno, y con palabras que ayudan y sanan quisiera revelar tu vida en la mía, y con acciones osadas y mansas quisiera hablar por Cristo, mi Salvador.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

Gálatas 5:18«Mas si sois guiados del Espíritu, no estáis bajo la ley.»

Quien mira su propio carácter y su propia posición desde un punto de vista legal, no solo desesperará cuando llegue al fin de su cuenta, sino que, si es sabio, desesperará al principio; porque, si hemos de ser juzgados sobre la base de la ley, ninguna carne viviente será justificada. ¡Qué bienaventurado es saber que habitamos en los dominios de la gracia y no de la ley! Cuando pienso en mi estado delante de Dios, la pregunta no es: «¿Soy perfecto en mí mismo delante de la ley?», sino: «¿Soy perfecto en Cristo Jesús?». Eso es cosa muy distinta. No hace falta que preguntemos: «¿Estoy yo sin pecado por naturaleza?», sino: «¿He sido lavado en el manantial abierto para el pecado y la inmundicia?». No es: «¿Soy yo en mí mismo agradable a Dios?», sino: «¿Soy acepto en el Amado?». El cristiano mira sus evidencias desde la cumbre del Sinaí, y se alarma acerca de su salvación; mucho mejor sería que leyera su título a la luz del Calvario. «Pues», dice él, «mi fe tiene incredulidad dentro de sí; no es capaz de salvarme.» Supongamos que hubiera considerado el objeto de su fe en lugar de su fe; entonces habría dicho: «En él no hay falta alguna, y por tanto estoy seguro.» Suspira por su esperanza: «¡Ah!, mi esperanza está dañada y empañada por un cuidado ansioso acerca de las cosas presentes; ¿cómo puedo ser acepto?». Si hubiera mirado el fundamento de su esperanza, habría visto que la promesa de Dios permanece firme, y que, sean cuales fueren nuestras dudas, el juramento y la promesa nunca fallan. ¡Ah, creyente!, siempre es más seguro para ti ser guiado del Espíritu a la libertad del evangelio que llevar grillos legales. Júzgate según lo que Cristo es, más bien que según lo que tú eres. Satanás procurará dañar tu paz recordándote tu pecaminosidad y tus imperfecciones: solo puedes hacer frente a sus acusaciones adhiriéndote con fidelidad al evangelio y rehusando llevar el yugo de servidumbre.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde