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5 de septiembre

Mañana

Salmos 120:5«¡Ay de mí, que peregrino en Mesech, [y] habito entre las tiendas de Kedar!»

Como cristiano has de vivir en medio de un mundo impío, y de poco te sirve clamar «¡Ay de mí!». Jesús no rogó que se te sacara del mundo, y lo que él no rogó, tú no necesitas desearlo. Mucho mejor es, en la fuerza del Señor, salir al encuentro de la dificultad y glorificarlo en ella. El enemigo está siempre al acecho para descubrir inconsecuencia en tu conducta; sé, por tanto, muy santo. Recuerda que los ojos de todos están puestos en ti, y que de ti se espera más que de los demás hombres. Esfuérzate por no dar ocasión de culpa. Que tu bondad sea la única falta que puedan descubrir en ti. Como Daniel, oblígalos a decir de ti: «No hallaremos contra este Daniel ocasión alguna, si no la hallamos contra él en la ley de su Dios.» Procura ser útil tanto como consecuente. Quizá piensas: «Si yo estuviera en una posición más favorable, podría servir a la causa del Señor, pero no puedo hacer bien alguno donde estoy»; pero cuanto peor sea la gente entre la cual vives, tanta más necesidad tiene de tus esfuerzos; si son torcidos, tanta más necesidad hay de que tú los endereces; y si son perversos, tanta más necesidad tienes de volver a la verdad sus corazones soberbios. ¿Dónde ha de estar el médico, sino allí donde hay muchos enfermos? ¿Y dónde ha de ganarse la honra el soldado, sino en el fuego más ardiente de la batalla? Y cuando estés cansado de la contienda y del pecado que te sale al paso por todas partes, considera que todos los santos han soportado la misma prueba. No fueron llevados al cielo en lechos de plumón, y tú no has de esperar viajar con más facilidad que ellos. Tuvieron que exponer su vida a la muerte en las alturas del campo, y tú no serás coronado hasta que también hayas sufrido trabajos como fiel soldado de Jesucristo. Por tanto, «estad firmes en la fe; portaos varonilmente, y esforzaos.»

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

Job 38:16«¿Has entrado tú hasta los profundos de la mar?»

Algunas cosas en la naturaleza han de seguir siendo un misterio para los investigadores más inteligentes y emprendedores. El conocimiento humano tiene límites más allá de los cuales no puede pasar. El conocimiento universal es solo para Dios. Si así es en las cosas que se ven y son temporales, puedo estar seguro de que lo es todavía más en las materias espirituales y eternas. ¿Por qué, entonces, he estado torturando mi cerebro con especulaciones acerca del destino y la voluntad, del hado fijo y de la responsabilidad humana? Estas verdades hondas y oscuras no soy más capaz de comprenderlas que de averiguar «el abismo que abajo yace», del cual el viejo océano saca sus reservas de agua. ¿Por qué tengo tanta curiosidad por conocer la razón de las providencias de mi Señor, el motivo de sus acciones, el designio de sus visitaciones? ¿Podré alguna vez cerrar el sol en mi puño y sostener el universo en la palma de la mano? Y, con todo, estas cosas son como «la gota de un acetre» comparadas con el Señor mi Dios. No pugne yo por comprender lo infinito, sino gaste mi fuerza en el amor. Lo que no puedo ganar con el intelecto lo puedo poseer con el afecto, y básteme eso. No puedo penetrar el corazón del mar, pero puedo gozar las brisas saludables que barren su seno, y puedo navegar sobre sus olas azules con vientos propicios. Si pudiera entrar hasta los profundos de la mar, la hazaña no serviría para ningún propósito útil, ni para mí ni para los demás; no salvaría la barca que se hunde, ni devolvería el marinero ahogado a su esposa y a sus hijos que lloran; tampoco me valdría ni un ápice el resolver misterios profundos, porque el menor amor a Dios, y el acto más sencillo de obediencia a él, son mejores que el conocimiento más profundo. Señor mío, a ti te dejo lo infinito, y te ruego que pongas lejos de mí tal amor al árbol de la ciencia que pudiera apartarme del árbol de la vida.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde