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7 de septiembre

Mañana

Marcos 2:4«Y como no podían llegar á él á causa del gentío, descubrieron el techo de donde estaba, y haciendo abertura, bajaron el lecho en que yacía el paralítico.»

La fe está llena de invenciones. La casa estaba llena, un gentío obstruía la puerta, pero la fe halló modo de llegar hasta el Señor y poner al paralítico delante de él. Si no podemos llevar a los pecadores adonde está Jesús por métodos ordinarios, hemos de usar los extraordinarios. Parece, según Lucas 5:19, que hubo que quitar unas tejas, lo cual levantaría polvo y causaría cierto grado de peligro a los de abajo; pero, donde el caso es muy urgente, no ha de importarnos correr algunos riesgos y escandalizar ciertas conveniencias. Jesús estaba allí para sanar y, por tanto, cayera lo que cayera, la fe lo aventuró todo para que su pobre encomendado paralítico recibiera el perdón de sus pecados. ¡Ojalá tuviéramos entre nosotros una fe más osada! ¿No podemos, querido lector, buscarla esta mañana para nosotros mismos y para nuestros compañeros de labor, y no intentaremos hoy realizar algún acto gallardo por amor de las almas y para la gloria del Señor?

El mundo está inventando de continuo; el genio sirve a todos los propósitos del deseo humano: ¿no puede la fe inventar también, y alcanzar por algún medio nuevo a los desechados que yacen pereciendo a nuestro alrededor? Fue la presencia de Jesús la que despertó un valor victorioso en los cuatro que llevaban al paralítico: ¿no está el Señor entre nosotros ahora? ¿Hemos visto su rostro por nosotros mismos esta mañana? ¿Hemos sentido su poder sanador en nuestras propias almas? Si es así, entonces, por la puerta, por la ventana o por el techo, rompiendo todos los impedimentos, trabajemos por traer las pobres almas a Jesús. Todos los medios son buenos y decorosos cuando la fe y el amor están de veras puestos en ganar almas. Si el hambre de pan puede romper muros de piedra, ciertamente el hambre de almas no ha de ser estorbada en sus esfuerzos. Oh Señor, haznos prontos para sugerir métodos de alcanzar a tus pobres enfermos de pecado, y osados para llevarlos a cabo a todo trance.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

Jeremías 49:23«derritiéronse en aguas de desmayo, no pueden sosegarse.»

[N. del T.: la RV1909 no dice «hay dolor en el mar»; Spurgeon sigue esa lectura inglesa de Jeremías 49:23.] Poco sabemos qué dolor puede haber en el mar en este momento. Estamos seguros en nuestra alcoba quieta, pero lejos, en el mar salado, el huracán puede estar buscando con crueldad las vidas de los hombres. ¡Oye cómo aúllan los demonios de la muerte entre la jarcia; cómo cada madero salta cuando las olas golpean la nave como arietes! ¡Dios los ayude, pobres empapados y fatigados! Mi oración sube al gran Señor del mar y de la tierra, pidiendo que haga parar la tempestad en sosiego y los traiga al puerto que deseaban. Ni debo ofrecer solamente la oración: he de procurar hacer bien a esos hombres recios que tan constantemente arriesgan la vida. ¿He hecho yo alguna vez algo por ellos? ¿Qué puedo hacer? ¡Cuán a menudo el mar borrascoso se traga al marinero! Miles de cadáveres yacen donde las perlas yacen en lo hondo. Hay dolor de muerte en el mar, que tiene eco en el largo lamento de viudas y huérfanos. La sal del mar está en muchos ojos de madres y de esposas. Olas sin remordimiento, han devorado el amor de las mujeres y el sostén de los hogares. ¡Qué resurrección habrá desde las cavernas del abismo cuando el mar entregue sus muertos! Hasta entonces habrá dolor en el mar. Como si simpatizara con los dolores de la tierra, el mar se agita sin cesar a lo largo de mil orillas, gimiendo con un grito doliente como el de sus propias aves, retumbando con un estrépito hueco de inquietud, delirando con descontento tumultuoso, irritándose con ronca ira, o resonando con las voces de diez mil guijarros murmuradores. El rugido del mar puede ser gozoso para un espíritu que se regocija, pero para el hijo del dolor el ancho, ancho océano es aún más desolado que el ancho, ancho mundo. Este no es nuestro reposo, y las olas sin reposo nos lo dicen. Hay una tierra donde el mar ya no es: nuestros rostros están afirmados hacia ella; vamos al lugar del cual el Señor ha hablado. Hasta entonces, echamos nuestros dolores sobre el Señor, que holló el mar en otro tiempo, y que da camino a su pueblo por las profundidades del mar.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde