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4 de septiembre

Mañana

Marcos 1:41«Quiero, sé limpio.»

Las tinieblas primitivas oyeron el fiat del Todopoderoso, «Sea la luz», y al instante la luz fue; y la palabra del Señor Jesús es igual en majestad a aquella antigua palabra de poder. La redención, lo mismo que la creación, tiene su palabra de potencia. Jesús habla, y es hecho. La lepra no cedía a remedio humano alguno, pero huyó al instante ante el «Quiero» del Señor. La enfermedad no presentaba señales ni indicios esperanzadores de restablecimiento; la naturaleza no contribuía nada a su propia curación, pero la palabra, sin ayuda alguna, efectuó la obra entera allí mismo y para siempre. El pecador está en una condición más miserable que la del leproso; imite su ejemplo y vaya a Jesús, «rogándole; é hincada la rodilla». Ejerza la poca fe que tenga, aunque no pase de «Señor, si quisieres, puedes limpiarme», y no ha de caber duda alguna en cuanto al resultado de la petición. Jesús sana a todos los que vienen, y a ninguno echa fuera. Al leer el relato en que ocurre el texto de esta mañana, merece notarse con devoción que Jesús tocó al leproso. Esta persona inmunda había traspasado las reglas de la ley ceremonial y había irrumpido en la casa; pero Jesús, lejos de reprenderlo, traspasó él mismo la ley a fin de salir a su encuentro. Hizo un intercambio con el leproso, pues, mientras lo limpiaba, contrajo por aquel toque una contaminación levítica. Así también Jesucristo fue hecho pecado por nosotros, aunque en sí mismo no conoció pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él. ¡Oh, si los pobres pecadores acudieran a Jesús, creyendo en el poder de su bendita obra sustitutiva, pronto aprenderían el poder de su toque lleno de gracia! Aquella mano que multiplicó los panes, que salvó a Pedro que se hundía, que sostiene a los santos afligidos, que corona a los creyentes: esa misma mano tocará a todo pecador que busca, y en un momento lo hará limpio. El amor de Jesús es la fuente de la salvación. Él ama, él mira, él nos toca, nosotros vivimos.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

Levítico 19:36«Balanzas justas, pesas justas, epha justo, é hin justo tendréis»

Las pesas, las balanzas y las medidas habían de ser todas conforme a la norma de la justicia. Ciertamente a ningún hombre cristiano hará falta que se le recuerde esto en sus negocios, pues si la justicia fuera desterrada de todo el resto del mundo, debería hallar abrigo en los corazones creyentes. Hay, sin embargo, otras balanzas que pesan las cosas morales y espirituales, y estas a menudo necesitan que se las examine. Llamaremos esta noche al oficial.

Las balanzas en que pesamos nuestro propio carácter y el de los demás hombres, ¿son del todo exactas? ¿No convertimos nuestras propias onzas de bondad en libras, y las fanegas de excelencia de otras personas en celemines? Atiende aquí a las pesas y a las medidas, cristiano. Las balanzas en que medimos nuestras pruebas y nuestras congojas, ¿están conforme al patrón? Pablo, que tuvo más que sufrir que nosotros, llamó leves a sus aflicciones, y con todo nosotros a menudo tenemos las nuestras por pesadas: ¡sin duda algo ha de andar mal en las pesas! Hemos de atender a este asunto, no sea que se nos denuncie ante el tribunal de arriba por trato injusto. Aquellas pesas con que medimos nuestra creencia doctrinal, ¿son del todo justas? Las doctrinas de la gracia deben tener para nosotros el mismo peso que los preceptos de la Palabra, ni más ni menos; pero es de temer que en muchos uno u otro platillo esté cargado injustamente. Es cosa grande dar medida justa en la verdad. Cristiano, sé cuidadoso aquí. Aquellas medidas con que estimamos nuestras obligaciones y responsabilidades parecen más bien pequeñas. Cuando un rico no da a la causa de Dios más de lo que contribuyen los pobres, ¿es eso un epha justo y un hin justo? Cuando los ministros están medio muertos de hambre, ¿es eso trato honrado? Cuando se desprecia a los pobres, mientras a los ricos impíos se los tiene en admiración, ¿es eso una balanza justa? Lector, podríamos alargar la lista, pero preferimos dejártela como tarea de tu anochecer: descubrir y destruir todas las balanzas, pesas y medidas injustas.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde